Orlando

ilustración Potter

Dedicándose de cuerpo y alma a su poema ‘El roble’, Orlando se detiene en la más pura contemplación. Bien alimentado, con cultura y una niñera, sin una única preocupación en la vida, el joven y bello Orlando ha crecido libre entre las fronteras de su casa. Pronto aprendió a tomarse el mundo entero como la extensión natural de su enorme mansión. El herrero y las lavanderas en el río, el panadero silbando y la lechera ordeñando su vaca en la fresca mañana, los niños en el parvulario, todos ellos viven en su casa enorme. Por eso corre por entre el gentío sin pararse ni para saludar, le ha asaltado una idea que no quiere dejar escapar, y tiene prisa por llegar al roble, bajo el cual suele sentarse a escribir su poema.

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Guardando el aspecto femenino que las modas de la época ayudan a disimular y los jóvenes desean, desde muy temprana edad se quiso dedicar a la literatura, empeñado en retratar lo más hondo de los hombres, lo más bello de la naturaleza, la existencia en su máximo esplendor. Expresión máxima de su poema ‘El roble’. Así, se decantará por largos periodos de aislamiento y soledad durante toda su vida.

Cuando estamos habituados a escribir con cierta frecuencia sabemos que las palabras no nos serán sopladas al oído por una fuerza divina y tenemos que insistir. Sabemos que una y otra vez tendremos que retomar el texto para hacerlo más claro y sucinto, para enriquecerlo, dotándolo así de integral pasión. Las palabras en este sentido son harto difíciles, escurridizas y caprichosas. Por eso requieren más tiempo de lo que aparentan. Cuando el texto realmente logra sus propósitos, se le pasará volando al lector, quien contagiándose pronto tendrá que dedicar horas y más horas de su propia imaginación en posibles secuelas.

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La gloriosa adaptación cinematográfica de la obra original de Virginia Woolf ‘Orlando: una biografía’ (1928) por la directora inglesa Sally Potter, es precisamente el tipo de lectura que deja un indiscutible poso de generatividad. Un amor increíble hacia las generaciones futuras y también, una enorme comprensión de la historia y del legado de dónde bebe todo su ser. Imposible es ver ‘Orlando’ (1992) y quedarse sin ganas de rastrear la obra original de Virginia.

Aquél pequeño librito lo escribió a su novia Vita Sackville-Wes, quien de la noche a la mañana se vería desposeída de sus bienes a menos que se casase con un hombre -en los albores del siglo veinte las mujeres aún no podían heredar sin demostrar su valía procreativa-. Virginia abordaría la biografía descarada de su histórico personaje como un pasatiempo de verano -menor en el conjunto de su obra- ‘Orlando’, por su tono jocoso, ligero y poético devendría en uno de sus trabajos más populares y con él se jactaría tanto de la mentalidad machista en el transcurso de varias épocas como de las propias ridiculeces del género biográfico al uso. Tan rígido como irreal. Por eso la historia de Orlando abarca casi 4 siglos, habiendo sido el destacado protegido real de más de tres monarcas… la reina Isabel I y la edad de oro de Inglaterra, el rey D. Carlos II y la época de la restauración. La reina Victoria y la revolución industrial y mucho más allá -hasta la actualidad- en su adaptación al cine por parte de Potter.

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A lo largo de la historia, el papel desempeñado por la mujer y el mismo feminismo que terminaría despertando, se transformaría con el tiempo en pesado referente de coletilla. Por eso, harta de escuchar soplar cuando argüía algún deje feminista, Sally Potter decidió llevar a la gran pantalla esta obra de Woolf, que es todo menos una obra empeñada en los gestos propios de la cabezonería, en la flema despectiva e insultante y en las nefastas consecuencias de algunas riñas mantenidas en nombre de una igualdad, que así, neutraliza su imprescindible reivindicación.

Respecto al feminismo, dice Sally que: ‘He llegado a la conclusión que no puedo usar el término en mi trabajo. No porque desapruebe los principios que originaron el término -el compromiso con la liberación, la dignidad y la igualdad- pero porque se ha vuelto una palabra que detiene el pensamiento de las personas. Literalmente ves como las miradas se dispersan cuando la palabra surge en la conversación’… de todas formas: (…) ‘la historia enseña las dificultades de ser de ambos, de ser hombres y de ser mujeres’.

Orlando tiene una vida larguísima preñada de momentos ridículos, pero su intensa pasión por la vida, su sabia búsqueda constante y curiosidad innata no permitirían socavar lo más mínimo su enorme belleza. Para verificar su particular empuje literario haría contratar a un auténtico poeta, tan solo para darse cuenta de las dificultades que atravesarían los artistas en la época. Viviría la gran helada del invierno de 1607-1608 -en la cual los pájaros se congelaban en pleno vuelo para desplomarse como piedras- y se enamoraría perdida y melancólicamente de la princesa Marusha Stanilovska Dagmar Iliana Romanovitch -a quién sus amigos llamaban Sasha- quién al volver a Moscovia se llevaría con ella los hielos del Támesis, poniéndole así fin al onírico invierno inglés. Más tarde, como emisario especial del rey Carlos II, Orlando se iría a Constantinopla en calidad de embajador. Y un pelín cambiado, volvería años más tarde a su tierra natal tan solo para darse cuenta de los litigios que le estarían esperando. Durante su larga ausencia nada había cambiado en Inglaterra, y Orlando tampoco. Bueno, solo un poquito…

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El secreto de este hombre tan especial, en parte se debió al hecho de haberle caído especialmente bien a la reina Isabel I.

Cuando tan solo era aún un chavalito inocente y virginal, la reina se fijó en él y lo adoptó como mascota. Le regaló un envidiable patrimonio en el cual se incluía una mansión inmensa y muchas tierras, pero solo si le prometía que su luz jamás se desvanecería. Si permitiese que su belleza permaneciese intacta. Y Orlando cumpliría a rajatabla su promesa y jamás envejecería un ápice, incluso despertaría un buen día con otro sexo. La misma persona, un cuerpo diferente.

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Por eso al regresar de su viaje a oriente se diría de todo de -la ahora- lady Orlando: que si el embajador Orlando habría muerto, que si al ser una mujer no tenía derecho legal sobre sus propiedades. Que probablemente había sido toda su vida una mujer y que los privilegios que había gozado hasta entonces iban en contra de la ley, a menos que se casase y tuviese hijos…

Ridiculeces de los tiempos a través de los cuales tanta lucha -y una innegable dosis de obviedad- iría poniendo las cosas en su sitio. Aunque a día de hoy quizá aún no lo estén del todo y el phalocentrismo siga imperando de algún modo, sin embargo, la grandeza de la película de Sally Potter y su sabia enseñanza de base, reside precisamente en ese inmenso desapego por las diversas formas de lucha a que estamos tan acostumbrados. Precisamente en ese punto en el cual la belleza pura -sin teoría ni estrategia- deviene inmediata y fehaciente revelación. Síndrome de Sthendal vivido en primera persona cuando Orlando se dirige a ti directamente y no das crédito a tu dicha. Sí. A ti, lector enamorado de la belleza sin subterfugios.

El buen humor nunca es tan solo una cuestión de humor. Entrañado en sus raíces subyace el substrato de la inteligencia y la verificación de ciertas morales que necesariamente tendrán que invalidarse antes o después. Quizá eso no pase del punto de vista de quien mire, podrás decir tú, caro lector. En tal caso, ten por seguro que si el humor así no lo entiendes, no te compensará seguir leyendo lo que aquí expondremos a continuación, porque simplemente, ‘Orlando’ no es para ti.

Nada más empezar la película, en esa época de la reina Isabel I, hacia el final del 1500, aparece Jimmy Somerville (icono gay de finales de los 80/principios de los 90) haciendo un cameo, con su voz angelical, cantando:

Eliza es la reina más justa… Así, definidos los caminos de la belleza en aquel mundo remoto que tanto nos cuesta imaginar, nos sumergimos en el negro Támesis con la sensación de que la película probablemente transcurra hacia los márgenes del decoro y de los buenos modales. De que es muy posible que se entregue a excesivos devaneos y a las excéntricas provocaciones tan recurrentes a principios de los noventa, aún siendo la época retratada algo con un fortísimo olor a naftalina. Sin embargo, los menos dados a la provocación quizá empiecen a sentir los pálpitos propios del Stendhal ya desde el comienzo. Los fácilmente provocables quizá jamás lo admitan, pero considerad que la piel de gallina no se trata de un sarpullido, aunque tristemente, es probable que os dure menos y podáis seguir ocultándola.

Luego viene la reina, el maravilloso Quentín Crisp interpretando la adorable reina Isabel I. Aquel que habrá sido el icono gay por excelencia durante los setenta y que persistiría en no ocultar su abierta homosexualidad. Suya es aquella memorable cita: “No hay ninguna necesidad de hacer limpieza en casa. Después de 4 años el polvo no empeorará”.

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Y entonces todo se abre. La reina le regala para siempre la casa inmensa a Orlando y a sus herederos bajo la condición de que no se consuma, no se marchite ni nunca envejezca. Y como ya sabemos -primero él y luego ella- [una única persona] cumplirá a rajatabla dicha condición viviendo, quizás para toda la eternidad…

Aunque el humor se nutra de una inestimable dosis de inteligencia, habría que darle cabida a una cierta ingenuidad y aprender a abrir los ojos -incrédulos pozos infinitos- como hace Tilda Swinton, alma máter de la película, dueña de una belleza insoslayable e indiscutible.

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Más que de androginia, el aire que desprende Tilda, es una especie de halo de pureza prístina, imposibilidad intocable que nos transporta más allá de las estrellas, como si de un alado ángel se tratase. Un ser llegado de otro planeta precisamente con la misión de confundirnos. Aupándonos más allá de todas las dimensiones, capaz de provocar infartos tan solo dejándose mirar.

A Tilda la pudimos ver recientemente hasta de superhéroe, como antiguo maestro(a) de Benedict Cumberbatch en el ‘Dr. Extraño’ (2016). En ‘Rompenieves’ (2013) y ‘Okja’ (2016) de Bong Joon-ho. En ‘El gran hotel Budapest’ (2014) de Wes Anderson. ‘Solo los amantes sobreviven’ (2013) de Jim Jarmush, con quién ya había trabajado en una serie de ocasiones.

Junto a su amigo David Bowie protagonizaría el videoclip ‘The Stars (are out tonight)’ (2013):

Nos acordamos de ella en ‘Tenemos que hablar de Kevin’ (2011) de la magnífica directora Lynne Ramsay, en ‘Julia’ (2008) de Eric Zonca. En ‘Adaptation (el ladrón de orquídeas’ (2002) de Spike Jonze, y en ‘Vanilla Sky’ (2001) de Cameron Crowe. ‘La playa’ (2000) de Danny Boyle, ‘Eduardo II’ (1991), ‘Caravaggio’ (1986) y muchas otras películas de Derek Jarman, con quién habría debutado precisamente en esta última como modelo del pintor barroco.

Con ‘Orlando’, Sally Potter no solamente firmaría su obra más conocida -tal y como Virginia habrá hecho en su día- sino que les serviría de digno ejemplo a un creciente número de mujeres con la necesidad de expresarse a través de un medio tan taimadamente machista. Y lo haría con redoble de carcajada, saliendo airosa y con un considerable lote de premios bajo el brazo. Además, Sally no solamente dirigió y firmó la maravillosa adaptación de este sabio cuento sino que junto a su amigo David Motion hizo una banda sonora inolvidable.

Sally, además de directora de cine ha tenido varios grupos musicales, como Feminist Improvising Group y The Film Music Orchestra, para los cuales ha escrito letras e interpretado varios temas de viva voz. Ha colaborado con Lindsay Cooper en la canción ‘Oh Moscow’, con muchísimo éxito durante los ochenta. También escribió la música de su película ‘La lección de Tango’, en la cual canta el tema ‘I am You’ en la escena final. Y más recientemente, junto a Fred Frith ha compuesto las bandas sonoras originales de ‘Yes’ (2004) y ‘Rage’ (2009). Películas por otra parte, mucho más experimentales, que nos remontarían en gran medida a sus inicios, en cortos como ‘Jerk’ (1969), ‘Play’ (1979), ‘Thriller’ (1979), o su primer largo feminista, ‘The Gold Diggers’ (1983), duramente criticado por el New York Times.

Al comienzo de su carrera, Sally combinó su actividad como directora de cortos y directora teatral con otra de sus grandes pasiones, la danza. Aparte de sus performances musicales, teatrales y coreográficas, junto a Jacky Lansley fundó la compañía Limited Dance, y muchos años más tarde, después del éxito que supuso ‘Orlando’, ella misma interpretó la profesora de su película ‘La lección de Tango’ (1996), explicando que sabía que tenía que actuar en ella porque el ímpetu de la película surgió de su propio deseo de bailar. Su colaborador, el famoso bailarín Pablo Veron, también trabajaría con ella en su siguiente producción ‘The man who cried’ (2000), con Johnny Depp, Christina Ricci, Cate Blanchet y John Turturro.

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La sinopsis de su penúltima película, ‘Ginger y Rosa’ (2012) dice de dos adolescentes que son inseparables. Juntas hacen novillos, discuten religión, política y peinados y sueñan con tener una vida más especial que las de sus frustradas madres. Cuando la Guerra Fría se encuentra con la revolución sexual y la amenaza nuclear, la eterna amistad de las chicas se rompe por el choque entre el deseo y la determinación de sobrevivir. En el 2017, Sally Potter estrenó ‘The party’, una comedia con tintes de tragedia, que empieza como una celebración y termina con sangre por el suelo.

Cuando confrontada con el hecho de que tan solo una mujer haya ganado un óscar como mejor directora, Sally explica que aunque sutiles, son reales los impedimentos que encuentra la directora femenina. ‘Dirigir es puro liderazgo y a menudo envuelve mucho dinero. También es una forma artística que refleja quienes somos: la resistencia de enseñar un reflejo que es diferente es extremadamente fuerte y además, los obstáculos también son internos: las mujeres jóvenes pueden no sentirse suficientemente fuertes para aceptar las críticas.

La danza, el teatro y la música a veces tan solo buscan recalcar la importancia de aprender a perder la cabeza. Que simplemente uno se deje llevar, incluso saludando lo kitsch y lo hortera. Esta a veces puede ser la forma más sana de comprender épocas de gran insensatez y ridículas convenciones. Esa es la actitud en la obra de Sally, cuidada irreverencia cara a superficiales maneras, a obsoletos conceptos y toda clase de estereotipos. Política pertinaz apoyada en un humor impregnado de un amor consagrado a toda la humanidad. Abrazo enorme a toda la historia que en lugar de rebelarse cavernícola, da las gracias por haber podido conocer el periplo que nos hizo llegar hasta aquí. Quizás porque tenemos que mantenernos impolutos y sin la más ínfima arruga, procuremos no alterarnos por nada…

En la transmutación de Orlando hay una profunda sacralidad que evoca el misterio de la vida. Y sabemos que hay historias que transcienden el amor verdadero, que hay maravillas ocultas en el viaje y aprendizajes fundamentales en la ciencia y en las artes. Hay fascinación en la habilidad y en el talento y un rascar de brillantes aleteos en todo sentimiento. Por eso abrirle nuestras puertas de par en par nos hace dichosos. Gloriosa sin embargo, puede ser la pura belleza. Tan enigmática y compleja como todo lo anterior. La simple belleza, profunda y magníficamente compuesta. Tan milimétricamente delineada… se convierte en ideal del sublime desmayo.

 

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