Realismo elíptico

ilustración Puiu

Uno de los más fascinantes golpes de magia que el cine presentó a lo largo del siglo -y casi dos décadas- de vida que lo conforma, fue su inmensa capacidad para la prestidigitación de la verosimilitud. Capaz de hacer creíble -casi tangible- lo que de realidad puede que tenga muy poquito. No obstante, el debate a cerca de la capacidad del medio jamás se redujo a la oscura sala mágica y desde sus comienzos también salió a la calle capturando la vida misma, sin artificios. Esta extraña mezcla entre magia y realidad dio origen a infinidad de híbridos: entre la atracción que suscita lo imposible -con sus mundos y situaciones totalmente inventadas- y una clara determinación por recabar datos in situ y hacer con ellos el más fidedigno retrato de lo que uno creyó haber percibido.

Pero finalmente, el cine documental retrata la realidad tanto como cierto cine de ficción, el cual no por serlo, deja de ser menos humano y menos real. Hay veces que la realidad se te presenta delante sin tan siquiera haber sido convocada, pasible de volverse importante, revelador y emotivo documento robado al tiempo. Otras veces se requieren elementos de recreación, reinvención y reelaboración tratando de dejar plasmada una realidad que ya se diluyó inexorablemente y de cuyo testimonio parece justificable el uso del teatro, del truco y de todo el montaje que necesite.

El azar quizá sea ese elemento imprescindible, común a ambos métodos de captación de la vida. Existen muy buenos documentales porque dio la casualidad que la realidad se presentó como un sortilegio, exponiéndose sin pudor delante de la cámara, descarnada -fascinando- a pelo y sin máscara. Y también hay obras de ficción detentoras de una sobrecogedora realidad porque sus autores tuvieron ese golpe de inspiración, esa claridad mental fundamental para ordenar una realidad inaplazable… suerte que solamente premia al que rebusca en su corazón.

Ciertos autores, profundamente sensibilizados e inmersos en la vida real -autores atentos a los movimientos sociales y a cuestiones tan humanas -y tan inhumanas- que finalmente terminan tocándonos a todos en este inabordable presente que nos acecha- se han entregado a la realidad más contundente inventando situaciones, exponiendo y denunciando noticias encontradas en el periódico, descifrando historias que escucharon de oídas y prestándole una atención máxima a los pálpitos de sus propios corazones. Definitivamente, la ficción no es sinónima de irrealidad y fantasía. Y quizás la ficción, precisamente por beber de las profundas reflexiones mantenidas en soledad delante de la hoja en blanco, por convenir en las singularidades íntimas de su creador, logre desarrollarse hacia los recovecos que la realidad misma no alcanza desvelar.

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En Bucarest, Rumanía, en 1967 nació Cristi Puiu, uno de estos escritores / directores / contadores de historias, que da la casualidad de estar totalmente volcado hacia la realidad misma, con lo bueno y lo malo que ello conlleva. Cometido que desarrolla desde la ficción más realista.

Aparte de dar clases de dirección cinematográfica en la Universidad Nacional de Teatro y Cine ‘I.L. Caragiale’ (U.N.A.T.C.) hace relativamente poco tiempo nos sorprendió con su especial cine elíptico. Puiu colocó a Rumanía en el marco de las filmografías más interesantes de la actualidad -con esa ráfaga de aire fresco que supone un mundo tan próximo y a la vez tan desconocido, ese idioma tan extrañamente familiar al que no estamos nada acostumbrados- y sus historias comunes y mundanas y también de profundo arraigo. Mini-tragedias que no saldrían ni en verano en el telediario. Micro estremecimientos de indignación, humor y etnografía que nos cuentan de su corazón más íntimo, de su ser desnudo e impúdicamente despojado.

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Su primer largo ‘Bienes y dinero’ (2001), road movie muy realista y bastante movidita, relata el periplo de un joven de Constanţa (ciudad del mar muerto que se encuentra a unas 4 horas de Bucarest) que vive con sus padres.

El chico tiene intención de abrir su propio negocio y dejar de trabajar en el quiosco de comestibles que regenta su madre. Como aún no tiene dinero para su propia empresa, decide aceptar el trabajo que le propone el grangur local. Por si no lo tenéis presente, nosotros llegamos a la conclusión que ‘grangur’ es una especie de benefactor interesado -a modo de padrino con rolex de oro- un estafador con credenciales suficientes para seguir siendo bien visto por sus vecinos, pese a todo… En otras acepciones que encontramos está también la de la oropéndola, un ave del tamaño del mirlo, de origen tropical y vistoso color amarillo.

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Reservado y muy esquivo, su precioso canto claro y definido encandila como el del grangur de Constanţa que le encarga un trabajito al chico con la promesa de dinero fácil: Tan solo tiene que depositar una bolsa en una dirección concreta de la capital Rumana. Hacer el viaje él solo -sin detenerse por el camino ni para mear- y partir a las 10 en punto para llegar a la hora acordada con quienes recibirán la bolsa.

En realidad las indicaciones del grangur le traen bastante sin cuidado y el chaval se vuelve a la cama así que aquel se da la vuelta. Es casi la hora de ponerse en marcha pero a él le da igual. Desconfiado, el grangur vuelve y le escarmienta haciéndole apuntar en una lista las indicaciones precisas que debe seguir a rajatabla. El grangur se va y al rato llega su colega estrenando novia. Saltándose la primera regla -viajar él solo- se ponen en marcha los tres, camino a Bucarest.

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Después de un buen rato en la carretera son asediados por unos que viajan en una jeep rojo. Primero les hacen señas para que detengan la furgoneta y luego prácticamente les empujan a la cuneta. En el momento en que deciden detenerse por si están tratando de alertarles de alguna fuga de aceite que puedan tener (santa ingenuidad)… en ese momento los atolondrados chavales se dan cuenta que ni siquiera saben qué contiene la bolsa que llevan a la capital.

El grangur le dijo que eran medicamentos, pero el chaval no le dio ninguna importancia, con tal de conseguir su dinero fácil, no hace falta saber nada… Junto a su amigo y a la novia de aquel, cuando los del jeep salen disparados hacia ellos y les rompen el cristal del coche, parecen despertar y darse cuenta que no será tan fácil ganar el dinero que ya creían haber conseguido.

Lo más interesante es el cabreo que coge el chico con su vecino -el generoso grangur- quién a través del móvil le va dando indicaciones para que la mercancía llegue intacta a su destino. Caminos redefinidos a lo largo del viaje tratando de despistar a los del jeep…

Lo más interesante es que al parecer el vanidoso grangur va todo el rato sermoneando al chico por no haber seguido al pie de la letra sus indicaciones. Lo más interesante es todo lo que no se ve ni se escucha y sabemos que está ahí -presente- en la película que nosotros mismos nos montamos por nuestra cuenta, por supuesto, dada la propia perplejidad que desprenden las actuaciones y por la propia situación generada… porque aunque al grangur no podamos verlo, de nuestra memoria no se ausenta ni un segundo… las bellas y vistosas oropéndolas amarillas no se dejan ver fácilmente, son esquivas y van a lo suyo. En nuestra imaginación sin embargo, hay realidades más potentes que perderían su sugerente intensidad si enseñadas de forma explícita.

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Las elipsis de Cristi Puiu pertenecen a esta clase de recursos que queremos encontrarnos todos a quienes nos gusta participar de la vida real, aún si la experiencia proviene de un reducto tan circunscrito como da en ser el mero rectángulo plateado. Queremos experimentarlo lo más próximo posible, acercar la silla y tocarlo hasta que mamá nos grite que vamos a quedarnos ciegos. Rechazamos alimentos regurgitados, totalmente masticados, hechos puré. Sin tropezones nuestra participación es poco menos que nula, y sorber o beber no deja de ser importante pero si podemos hacerlo nosotros mismos y no como con el suero clavado en vena, mejor que mejor.

Como sabéis, las elipsis en la narración cinematográfica toman diferentes acepciones conforme a su forma e intención. Se les llama así a aquellos momentos que aún ilustrados de algún modo, ocurren al margen del campo de visión o se diseccionan del conjunto del metraje. Aquellos momentos que no hace falta remachar para ponernos en marcha las neuronas y dejarnos crear a nosotros mismos… íntima experiencia ¡cómo tiene que ser!

Las elipsis son esas omisiones que nos permiten dar saltos en el tiempo y obviar trechos que no aportarían nada -permitiendo así acelerar el ritmo del metraje- pero también lo son en cuánto subjetiva estratagema para mantenernos en la oscuridad, en vilo, en busca de respuestas… Los planos cortos que se suelen utilizar permiten deshacernos de información innecesaria ¿para qué tenemos que estar pendientes de la carretera si el actor que va conduciendo logra expresar todo el paisaje? Además del paisaje que intuido e imaginario discurre en nuestro pensamiento, es el pensamiento de la acción lo que más importa, el paisaje interior de quien nos conduce. El destino incierto que nos suspende.

Después de lanzar esta pérdida de la inocencia, este final del sonambulismo como un auténtico sopapo híper-realista, Puiu sorprendió a propios y extraños con el spoiler a voces que supuso su premiadísimo siguiente largo: ‘La muerte del señor Lazarescu’ (2005). Puro cine social plagado de cáustica realidad. Su propósito por hacerse con los rasgos propios de cierto tipo de cine documental logró darnos un vuelco al corazón. Aquí Puiu se acerca con un amago de parábola -frustrada- como indica el título de la película. La vida real es demasiado dura para todo el mundo para que aún tengamos que mirar por aquellos que no quieren aprender a mirar por si mismos… Mis propios sufrimientos y mi moral ¿si no me los miro al espejo quién me los va a mirar?

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Lazarescu, encarnado por el impecable Ioan Fiscuteanu (fallecido dos años después de esta magistral interpretación) vive solo con sus tres gatos, Mirantolina, Nusu y Fritz.

En lo que parece haber sido la habitación de una quinceañera (en las paredes siguen colgados los posters de la cantante pop de los ochenta Kim Wilde) ahora duermen sus gatitos, su única compañía. Aquella habitación habrá vivido momentos de mayor alegría pero su hija Bianca hace mucho que se fue a vivir a Canadá y su única hermana vive en Targu Mures -ciudad muy en el interior- en Rumanía. Hace dos días que un terrible dolor de cabeza le invadió y aparte el dolor de estómago, los vómitos y la fiebre no ha podido probar bocado. Cuando finalmente siente que la cosa no tiene pinta de mejorar pide una ambulancia por teléfono, pero como se ha quedado sin pastillas para el dolor de cabeza, mientras espera la urgente ambulancia -que en Rumanía como en cualquier otra parte, cuando se las necesita parece que aún las estén fabricando- mientras espera, baja al piso de los vecinos a por algún tipo de analgésico que le puedan dar para paliar el dolor. Al abrir la puerta, el gesto reflejo de los vecinos es echarse hacia atrás por el olor que desprende el señor Dante.

Aparte de su convivencia con los gatos y una higiene precaria, al señor Dante Remus Lazarescu le gusta inclinar la botella y claro… eso produce la repulsa inmediata de todo aquel que se le acerque.

El señor Lazarescu presenta un cuadro clínico polisintomático que requiere una intervención urgente según la enfermera que finalmente llega en la ambulancia. La maravillosa actriz Luminita Gheorghiu -antes vista en ‘Código desconocido’ (2000) de Michael Haneke- no podría estar más realista. La única persona que en la gradual bajada a los infiernos del sr. Dante, se encarga de cuidarle y buscarle ayuda. Porque aparte de ser fin de semana, Lazarescu ha elegido el peor día para ponerse enfermo, esa misma noche, debido a un accidente múltiple, están todos los hospitales a tope… consecuentemente, siempre que llega su urgente turno, al anciano borracho le llueven reproches de desprecio por su olor.

La falta de paciencia de los profesionales sanitarios es comprensible, tienen cosas más importantes en qué pensar y en qué ocuparse que en un anciano maloliente. Parábola, porque aunque el suplicio de Lazarescu parezca eterno y no se pueda resumir en pocas palabras, no hay nada más dignificante que tomar consciencia de nuestra propia capacidad empática, o en su defecto, de su indigna ausencia.

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En ‘Aurora’ (2010), siguiente largo en la dirección del responsable por los títulos anteriores, Cristi Puiu además decide hacerse con todo el protagonismo. Quizá porque si en su anterior título la muerte venía anunciada desde el comienzo, dios nos libre de lanzar el primer spoiler en esta… aquí sí que seria una desfachatez de muy mal gusto porque toda la película está construida desde un increíble movimiento de traslación imposible de alcanzar. ¡Vaya Elipsis!

Si en la muerte del Sr. Lazarescu es imposible dejar de mantener un sarcástica sonrisa boquiabierta durante todo el metraje sabiendo lo que ocurrirá, aquí, su inmensa elipsis -o anti-elipsis, según se mire- parece revolotear en torno a nuestra cabeza, astro reluciente que ilumina toda la pantalla con nuestros ojos brillantes y abiertos de par en par. ¿A dónde nos lleva y a qué está jugando?

Su inquieta cámara le persigue por las afueras destartaladas de la ciudad y luego le lleva a ese apartamento que está reformando y dónde todo está manga por hombro. Y además luego visita su lugar de trabajo pero en realidad no va a trabajar sino a saldar viejas deudas… Quizá a dado momento nos subamos a su elipsis como si aupados a los anillos de Saturno para contemplar nuestros propios ojos atónitos. Mirando embobados desde nuestro sillón sin entender ni pizca. Haciendo un esfuerzo sobrehumano… nos fijamos como por fin cerramos la boca y simplemente no se nos ocurre en qué momento se ha quedado abierta del todo, y sobre todo, no sabemos por qué…

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En ningún momento sabemos exactamente qué estamos viendo ni a dónde nos dirigimos, no sabemos nada. La elipsis que se ha quedado afuera -con todo el contexto de lo que estamos viendo- es todo cuánto anhelamos. En esta anti-elipsis inmensa, hiato que parece no contener nada -no aportarnos absolutamente nada- sin embargo, Puiu, se da incluso al lujo de incluir elipsis de contenido -que lo fueron en otras épocas- como aquellas que los censores cortaban cuando el desnudo era impúdico –Puiu en la bañera– cuando la violencia era inmoral –Puiu midiendo el cañón de su escopeta– elipsis que lo fueron y que aquí son todo lo que queda… elipsis que ahora retoma cuando la cámara se cansa de perseguirle, o cuando nos cierra la puerta y no podemos ver qué ocurre al otro lado.

La imaginación se dispara.

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Después de conocer el cine de John Cassavetes, el ‘direct cinema’ en los documentales de Frederick Wiseman y Raymond Depardon, Cristi se propuso ponerse a hacer cine. Sus películas tienen un aspecto crudo y frío, están como sucias, raspadas y rasgadas. Tienen ese halo de dejadez y falta de cuidado propio de las casas de aquellos solteros sin nadie a quien rendir cuentas. Y a pesar de su toque tan realista utilizado como aspecto formal, la vehemencia vital sin atrezos ni vanos y decorativos entretenimientos, en el cine de Puiu, se transforma en vida pura sin amaneramientos. A su operador de cámara le dice que se olvide del encuadre y deje de pensar en términos de composición, lo que importa es que mire a la gente.

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Para este hombre que le importa mucho más la vida que el arte, el cine es menos una forma artística que una técnica para investigar la realidad. A veces se nutre de la poesía de su país para inspirarse… en el teatro de lo absurdo de su conterráneo Eugène Ionesco, por ejemplo. ‘Las películas deben transformarse en grandes interrogantes sino seguramente estarán tratando de manipularte de algún modo’, por eso ‘es mucho más importante confesarse que decir la verdad’, diría.

Con su primera película, aquella road movie despertadora, se inició la nueva ola rumana -posible al fin después del asesinato de Ceaușescu- en un país dónde la existencia del cine se había limitado a la pura propaganda.

Puiu tiene intención de hacer una especie de mural de seis películas que se centren en la actualidad para documentar seis historias de amor diferentes, algo así como los ‘Seis cuentos morales’ de Éric Rohmer, pero que transcurran a las afueras de Bucarest. ‘La muerte del Sr. Lazarescu’ habría sido la primera, seguida de ‘Aurora’, y la última en ser presentada ‘Sieranevada’ (2016):

Después de dejar a la niña en casa de la otra abuela, una pareja se dirige en coche a la casa de la madre de él. Es el aniversario de su padre, quién murió hace poco y según la tradición ortodoxa de su país, la familia debe reunirse para el almuerzo.

En dicha reunión se revivirán extrañas normas y otras tradiciones, propias del pueblo rumano de dónde era el fallecido. Y prácticamente nada saldrá como previsto.

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El hermano mayor, médico de formación pero que se dedica a la venta de medicamentos, es quién conduce mientras su mujer le replica que no ha comprado el vestido adecuado para la obra de teatro del colegio en que estará a punto de debutar la niña. En la obra, Blancanieves visita a la Bella Durmiente, Mulan, Cenicienta… a la Bella de ‘La bella y la Bestia’… al parecer el hombre le ha comprado el vestido de Bella durmiente porque era el más bonito, pero es ridículo, porque no puede haber dos Bellas en el escenario. La mujer arguye más que enfadada que no las habrá si la Sra. Oprescu hace un vestido de Blancanieves, el que le había encargado.

Encima de esta ridícula discusión, cuando llegan a casa es nuevamente ella quien no se calla con la compra que quiere ir a hacer al Carrefour antes de la celebración familiar, está segura que el padre tardará en llegar y le dará tiempo…

En casa parece estar toda la familia encerrada en la cocina preparando todo tipo de platos típicos, pero el almuerzo se enfriará varias veces a lo largo de la tarde… La mujer tenía razón, el Padre va a tardar en llegar mucho más de lo que se creen y no van a poder comer hasta que él haga sus rezas, cánticos y bendiciones.

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Mientras esperan, el hambre aumenta y el ambiente se caldea en diferentes frentes a la vez.

En medio del pasillo está colocada la cámara que no se está quieta ni un instante. De habitación en habitación -en una casa que es casi tan pequeña como la de Carmen Maura en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984)- va recogiendo los testimonios de la hermana que llora porque la tía dice que vivía mejor en los tiempos del comunismo, que era todo mucho mejor. Indignada, la chica no puede parar de sollozar.

La hermana adolescente llega con una colega serbia que está completamente borracha y no hace más que vomitar. El primo que no deja el tablet y ha descubierto en internet todas las indignantes teorías de la conspiración relacionadas con el 11 de septiembre. La tía que ha descubierto las infidelidades de su marido al que sus alegadas amantes llaman ‘el mejicano’. La pobre no se lo quiere creer, está devastada.

El padre que no llega y el hambre que aprieta más y más. A dado momento todas estas situaciones parece que nos van a hacer estallar la cabeza. Todo se parece demasiado a cuando por navidad vienen todos los familiares a cenar y todos tienen algo que aportar y nada que escuchar, sin embargo huele bien. Huele a casa.

Una de las extrañas tradiciones rescatadas por Puiu es precisamente aquella que se nos antoja la cosa más ridícula del mundo… aunque bien pensado ¿no es toda ficción la cosa más ridícula del mundo?:

Uno de los comensales, en este caso el primo que está obsesionado con la conspiración del 11 de septiembre -en lugar de hacer una lectura crítica de lo ocurrido y aportar sus propias conclusiones- es el encargado de ponerse un traje bendecido para la ocasión, como forma de honrar al muerto. Extraño y bizarro, sí, pero estas cosas nos descubre la etnografía… en otras regiones del planeta las mujeres se siguen poniendo anillos al cuello y platos en los labios, nosotros seguimos esperando a Papá Noel y a los reyes magos… por navidad siempre vienen cargaditos de regalos.

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Finalmente llega el padre y los cánticos ortodoxos son la cosa más bella del mundo. Te ponen la piel de gallina, aunque luego el padre confiese su crisis de fe y los cielos se hagan en la tierra con la verdad más límpida, más pura. La ficción más desgarradora en su credulidad restaurada.

Y el traje en honor del muerto, el que tiene que vestirse el primo -que a ver quién se habrá encargado de comprarlo- tiene al menos unas cinco tallas de más y tendrá que arremangarlo y ponerse una cuerda a la cintura… posiblemente, después de todo lo ocurrido -que aquí solo contamos una infinitésima parte- quizá no puedan ya comer ni nada… con el hambre que tienen.

¿Qué es la tradición sino una ficción que fue pasando de generación en generación? ¿Será la realidad que tanto nos empeñamos en encontrar, algo tan opuesto a estos cuentos que mamamos y que año tras año repetimos hasta el infinito? ¿Podríamos vivir sin tradiciones, sin ficción?

El cine de Cristi Puiu es deslumbrante precisamente por esto, por todas estas preguntas. Ansiosos por encontrarles respuesta… tantas preguntas que no dejan de reverberar en todo nuestro ser.

Y quizá la ficción pueda ser finalmente toda nuestra existencia.

 

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2 respuestas a “Realismo elíptico

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