Fuerzas telúricas

ilustración Llosa

En buena verdad, el conocimiento siempre provino de las más variadas clases de aproximaciones. A una parte sustancial de estos saberes no podríamos considerarlos como tal por estar basados en la pura especulación, superstición, creencia y otros tipos de leyendas producidas por el hombre. Por tanto, difícilmente demostrables y probablemente derivando en falso conocimiento (lastres para el conocimiento mismo) precisamente debido a sus carencias, a saber: la falta de métodos adecuados en la recolección de datos, realización de análisis -mayormente tendenciosa en su empeño por demonstrar ambiguas hipótesis- y de conclusiones forzadas.

Por supuesto que la ciencia contempla los movimientos antropológicos que habrían estado en el origen de ciertos reflejos, destellos y espejismos… creencias arraigadas que se siguen repitiendo después de muchos siglos y que forman parte intrínseca de los comportamientos y forma de vida de tanta gente. Pero es evidente que no porque aquellos se estudien con los métodos científicos más fiables, adquieren cualquier tipo de veracidad en sus supuestas acciones.

El complejo ‘Ciencia’, investiga desde varias de sus ramas los fenómenos humanos y sociales y poco a poco también se va encargando de introducir aquellos aspectos biológicos, culturales y otros conocimientos propios de las ciencias naturales, para llevar a cabo abordajes más complejos -en aproximaciones de cariz holístico- procurando ser lo más fiel posibles a la realidad humana insertada en sus propios contextos. Siempre teniendo en cuenta todos los factores envueltos en la ecuación, todos en los que se pueda llegar a pensar. A todos se debería aludir al menos… La ciencia no se detiene ante la verdad y como tal, sus premisas deben considerar y expresar sus propias limitaciones e incapacidades. El hecho de no poder dar cuenta de la totalidad, pero dejándola patente, la acerca más a sus objetivos.

Hasta la fecha no se ha probado por la ciencia que los seres humanos provengamos de otros planetas, y se nos haría harto complicado rastrear nuestro sentimiento hacia la tierra si de pronto se descubriese que en realidad esta nos hubiese adoptado. Al respecto no solamente podríamos tomar la sensación de extrañeza de pertenecer sin saber decir porqué/en su defecto, pensar en nuestra incapacidad para pertenecer, sintiéndonos de hecho extraños en tierra extraña -por tanto justificando así toda nuestra falta de apego-/y en última instancia y por descontado, deberíamos pensar en nuestra madre adoptiva, la cual nos habría acogido en su seno estando posiblemente varados en el cosmos inmedible.

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No obstante, la tierra -adoptiva o natural- no está exenta de perjudicar sus propios habitantes tratando de expulsarlos. No toda madre, por serlo, está exenta de acoger en contra de su voluntad, de desterrar a dado momento o incluso atentar contra sus propios hijos. Quizá no sea la regla que justificaría sus más directas acepciones -una madre supuestamente es todo lo contrario- pero el conocimiento para hacerse cabal, debe proveer también las excepciones. Toda excepción tiene que formar parte de la compleja ecuación, sino no estaremos hablando de ciencia en la más pura de sus definiciones.

En la actualidad, cualquier tipo de conocimiento que no se encuentre recogido dentro de los amplios cánones de la ciencia cumplimentada podría advenir brujería, magia o incluso desvarío de quienes tratan de patentarlo como tal. Por eso hay disciplinas que, fuera de los paradigmas científicos ordinarios, se insieren en circuitos conocidos como paraciencia (para: al margen de); pseudociencia (pseudo: falso); y aún fuera, esforzándose dentro de los paradigmas científicos para existir como tal, aquél conocimiento establecido como protocientifico (proto: primero) es decir, que está en vías de poder establecerse como científico pero aún no lo es.

En ocasiones se requieren enormes esfuerzos por parte de los estudiosos de extraños fenómenos para acertar sus conocimientos dentro de los cánones. Dedicados investigadores que tienen delante una serie de datos -a todas luces- definitivos, y que a veces por cuestiones económicas, políticas o sociales no se les permite investigar, contrastar y compulsar sus hallazgos. Demasiado disruptivos, aunque de su ética busquen respuestas en beneficio de un mundo mejor. A veces, el capital habla más alto.

En todo caso, hay que poner en causa todo lo que no se conoce a ciencia cierta, y evidentemente también habrá que mantener una postura crítica, poner en cuarentena los motivos que promueven ciertas investigaciones científicas en detrimento de otras. Hay que verificar cada decisión, analizar cada paso… la ciencia es un aparato inmerso en las múltiples realidades -esquizofrénicas- de nuestro propio mundo. Y aún lidiando en los albores de la física cuántica, tan solo puede dar cuenta de una parte ínfima de todo cuanto existe.

A veces por convención, la ciencia es incapaz de albergar realidades menos dadas a sus fundamentos físicos genéricos y otras cuestiones propias de sus metodologías cumplimentadas. Otras veces, sus tribunales se demoran horrores hasta aseverar determinado conocimiento como válido, más de lo que tarda el papa en canonizar a un controvertido exorcista.

Este podría ser el caso de los conocimientos recogidos por la Geobiología, la cual se encarga de verificar los efectos de las energías telúricas en la vida de animales, plantas y seres humanos.

Parece evidente que, por ejemplo la radiación -pese a que no podamos verla- es ya un hecho consumado que todos tenemos presente. Quizá la energía producida por nuestro móvil al colocarlo en la oreja no sea significativa y la alarma desatada sea excesiva tan solo en el intuito de vender noticias, quizá provoque cáncer de verdad y quizá no tengamos más alternativa -en este orden de factores- que desarrollar enfermedades ficticias como la del Chuck McGuill, hermano de nuestro abogado favorito Jim McGuill a.k.a. futuro Saul Goodman, protagonista de la precuela/spin-off de ‘Breaking Bad’ (2008-2013), ‘Better call Saul’ (2015- ):

Como decíamos, disciplinas como la Geobiología, siguen en entredicho por ciertos estudios mantenidos en nombre de la ciencia, que por cuestiones relativas a lo métodos empleados en la recabación de datos y ciertos conflictos en el entrecruce de las varias disciplinas que contempla, no ha logrado probar sus hipótesis como válidas y fidedignas. Aunque no deje de parecer verosímil que las energías producidas por la propia tierra pueblan nuestro entorno tanto como los vientos invisibles, los huracanes destructores que tampoco se ven más que en su acción asesina. O la luna y su influencia en las mareas, en los alumbramientos, en estos nuestros cuerpos compuestos casi en su totalidad por agua.

¿Pero cómo afectan las fuerzas telúricas a los seres humanos, a los animales y a la flora de nuestro planeta?

Las Redes de Hartmann, los Gases Radioactivos, la Red Diagonal de Curry, los puntos estrellas, y todos aquellos sitios en los cuales se percibe una notable actividad energética en el subsuelo, o procedente del cosmos -verificadas en determinadas localizaciones que serían más propensas a su absorción por el propio plantea- fuerzas que emergen cerca de ciertas fisuras, en cámaras subterráneas o inmensas grutas. Lagos y corrientes de agua subterráneas que desde tiempos ancestrales serían descubiertos por la sensibilidad y perspicacia de reconocidos zahoríes. Ranuras a través de las cuales el planeta va soltando sus impurezas en forma de gases, fuerzas magnéticas, y otras extrañas energías difíciles de clasificar y que estarían en el enclave de determinados fallos rocosos, en las intersecciones de placas tectónicas. Magma latente comunicando directamente con el mundo que habitamos.

Si es cierto que desde la Geobiología se asevera que hay determinados sitios que deberíamos evitar como residencia o campo de cultivo por todo lo que en ellos subyace -y que aún pudiendo no verse a vista desarmada influye enormemente en nuestra salud y en nuestro comportamiento- también es cierto que muchas de sus premisas asientan en bases directamente conectadas con la superstición. Como por ejemplo, el hecho de que aseveren que los gatos (clásicamente aliados de las brujas y mediúmnicos mensajeros de los dioses) tengan especial propensión a la absorción de estas energías que serían nocivas para el hombre. Qué las abejas encuentren más motivación para la fabricación de miel en determinadas confluencias de fuerzas ocultas o que los perros, por otro lado, jamás busquen sitios poco aconsejables para dormir.

Sabemos que los delfines tienen un sonar -como los murciélagos- que les permiten guiarse en el espacio, que las abejas liban el alcohol de ciertas flores tan solo por el mero placer de emborracharse. Probablemente, hasta que la biología no se hubiese detenido en la investigación de estos fenómenos, a tales se les habrá atribuido un significado religioso, oculto, exotérico.

Es probable que todo ello se pueda verificar de forma plausible a través de la ciencia, pero es difícil separar el grado de creencia adherido a ciertos ademanes, el arraigo ancestral contenido en aquellos y sobre todo, cuando ciertos ejemplos se extrapolan a la influencia ejercida por las fuerzas telúricas sobre el ser humano de forma directa.

Quizá se traten de investigaciones ejecutadas sin contar con suficientes factores en la ecuación total que pudiesen desmentir otras hipótesis para excluir posibles escollos. Quizá investigarlo con todas las de la ley supondría una catástrofe en la economía mundial. Nosotros no tenemos las respuestas.

Soil, not dirt

Pero no deja de ser interesante puntualizar que disciplinas como la Homeopatía, el Feng Shui o la Ufología se encuentren dentro de los sectores considerados pseudo o paracientíficos. Todos estos conocimientos en el mismo saco no habiendo logrado concluir las bases generales que la ciencia requiere. Y sin embargo, no deja de ser menos interesante constatar que desde la ciencia, cada vez se hace un esfuerzo mayor tratando de investigar algunos de los principales resultados patentados desde aquellas. Que cada vez sean más populares ciertas prácticas consideradas menos ortodoxas en vista a los resultados alcanzados por la propia ciencia, clásica. Por ejemplo, en los conocimientos recibidos de ciertos chamanes.

Hechiceros profundamente interconectados con la naturaleza, conocedores de primera mano de sus beneficios y maleficios, detenedores de una sabiduría ancestral pasada de generación en generación que han probado las enormes ventajas de sus prácticas entre prestigiosos psicólogos y otros científicos. Aunque luego, sobre aquellos recaiga la coletilla de lo psicosomático… ¿Pero por ventura no habrán los indios chamanes pasado mucho más tiempo perfeccionando sus conocimientos sin haberse contaminado con los avatares de la modernidad, sin haber tenido que recurrir a excluyentes experimentos de laboratorio, etc.?

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No dejará de parecer extraño porqué nos adentramos en estas cuestiones en nuestro blog de cine, y porqué hacemos hincapié en ellas sin tan siquiera haber justificado su pertinencia dentro de nuestro propio contexto temático habitual. La explicación no dejará de ser simple aunque todas las respuestas se alejen diametralmente de ello… Hoy os traemos cine de tierra y en él las fuerzas telúricas parecen haberse puesto más en evidencia que nunca.

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Cuando nos acercamos al cine de la peruana Claudia Llosa -sobrina del famoso premio nobel de literatura Mario Vargas Llosa- lo primero que nos recorre por dentro es la extrañeza que retrata en sus inclasificables películas.

Epíteto del Premio Eloy de la Iglesia, que en la pasada edición del festival de Málaga se le atribuiría precisamente por ello – el suyo es un cine que no entra dentro de ningún género ni posible categoría, es totalmente inclasificable.

A través de sus películas, Claudia puso de manifiesto una serie de energías -quizá fantasmales quizá tangibles- que por sus características no podríamos más que acacharlas a la fuerzas exhaladas de la tierra misma. Nada tan extraño como lo que ella nos cuenta puede provenir de la nada o del mero libre albedrío de los hombres. Y la tierra, aunque no hayamos aún logrado saber bien cómo, emana fuerzas que dictan más fuertes sobre la vida y la voluntad de los hombres, a veces empujándonos bien lejos de ella…

Claudia cuenta en su haber con tres largometrajes en los cuales se adentra en prácticas espirituales y arraigadas creencias de comunidades profundamente dadas al folclor, a los ritos religiosos y a los fenómenos naturales en su más profunda expresión. Todos temerosos de dios y entregados a extrañas invenciones condicionadas por vivencias extremas, en esta -a veces- tan inexplicable como proverbial cosa a la que llamamos vida.

Es tanta la profundidad inmersa en aquellos pueblos, el arraigo telúrico de aquellas gentes y sus extrañas prácticas… que dentro del sugerente marco de incredulidad que nos regala Claudia, no podríamos más que reflexionar acerca de su posibilidad exacta. En su ausencia, quizá el arte sea el medio a través del cual aún podamos arrojar cierta luz sobre lo que no podemos explicar.

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En ‘La teta asustada’ (2009), Fausta -impresionante Magali Solier- escucha atentamente las canciones y letanías inventadas por su madre antes de morir. En el ancestral idioma quechua de aquellas regiones andinas de dónde procede su desubicada familia -habiendo huido de los conflictos desplegados en su región originaria- su mamá le canta como fue violada y como su hija (Fausta) ha sido víctima de la enfermedad de la teta asustada, habiéndole pasado así todos sus temores a través de la leche, dejándola irremediablemente desprovista de alma.

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Fausta tiene que encontrar la forma de enterrar a su madre, devolver su cuerpo al pueblo de donde provienen. Sin embargo resulta evidente que en aquel sitio a las afueras de Lima, en aquella paupérrima localidad en pleno desierto creada por los asustados clanes huidos desde las montañas, no hay quién tenga medios para poder ayudarla y en el autobús se le niega transportar el cadáver.

El tiempo va pasando y Fausta, sin alma, le va cantando sus propias canciones inventadas a su madre muerta -quién eventualmente, mucho más tarde será amortajada por las vecinas-. Su soledad y tristeza infinita se revela desde dimensiones muy distantes, difíciles de identificar. Fausta no llora, pero la cámara sabia de Claudia nos relata lo que seguramente le está recorriéndo por dentro.

Sangra de la nariz y por eso su tío la lleva al médico. El diagnóstico es simple y aterrador: Fausta tiene un tubérculo en la vagina. Su mamá le habrá enseñado a protegerse así de los agresores sexuales. También le habrá enseñado a andar pegada a la pared para que las almas no la cojan y la maten, pero Fausta tiene que ir a trabajar a la casa de una señora rica para conseguir el dinero que necesita para darle sepultura a su madre.

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Tímida y dolorosamente, Fausta va tratando de adaptarse a las costumbres de su señora y un día hace un trato con ella: quién le regalará una perla de su malogrado collar por cada una de las bellísimas y extrañas canciones que se invente.

A pesar de que las suyas se traten de melodías inventadas, parece que a la señora le gustan -dice- porque resulta que la señora es pianista y tiene buen oído. Así Fausta va haciéndose con todo el collar. Aunque quizá no sea un trato demasiado justo después de todo…

“San Agustín en la Ciudad de Dios lamenta la similitud entre la acción y la peste que mata sin destruir los órganos y el teatro que, sin matar, provoca, no solamente en el espíritu del individuo como en el de toda la población, las mas misteriosas alteraciones. / ‘Sabed’ dice, ‘vosotros que sois ignorantes, que estas representaciones, espectáculos pecaminosos, fueron establecidas en Roma, no por los vicios de los hombres, pero por ordenanza de vuestros dioses. ¡Sería más razonable prestar honras divinas a Cipión (Cipión Nasica- Gran Pontífice, ordenó que los teatros de Roma fuesen arrasados y que sus sótanos fuesen atollados) que a dioses que no son por cierto merecedores de tal pontífice!’ (…) Antes de nada, tenemos que reconocer que el teatro, tal como la peste, es un delirio y que también es comunicativo. / El espíritu cree en lo que ve y hace lo que cree; y en esto reside el secreto de la fascinación. Y ni tan siquiera el texto de San Agustín se demora un solo minuto a dudar la realidad de esta fascinación. Hay, pese a todo, condiciones que tienen que ser redescubiertas para que engendren en el espíritu un espectáculo capaz de fascinar, y que tal descubierta no es cosa que respecte solamente al arte. / Pues si el teatro se asemeja a la peste, no es apenas por afectar colectividades importantes y por perturbarlas de forma idéntica. En el teatro tal y como en la peste, hay algo simultáneamente victorioso y vengativo; nos damos cuenta que la conflagración espontánea que la peste prende, por donde quiera que pase, nada más es que una inmensa liquidación” (A. Artaud, El teatro y su doble, 1996: p. 27-28, traducción nuestra).

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En ‘Madeinusa’ (2006), de analogía en analogía, no podemos dejar de identificar la descripción que hace Artaud de su emergente teatro de la crueldad, análogo a los delirios entrevistos en la deflagración de la peste. Cuando los códigos morales se subvierten y los que eran buenos pasan a dar rienda suelta a todo lo que habrán estado reprimiendo, y los que eran malos se vuelven súbitamente buenos, tratando de luchar por un cielo que se aleja más que nunca, en una vida que se agota más rápido de lo habitual, y un ser que aún no logró manifestarse en toda su plenitud.

De la ruptura cultural interpuesta por el catolicismo en los Andes, es interesante verificar las arraigadas fuerzas telúricas originando frutos híbridos de un sincretismo adaptativo muy llamativo. Los dioses autóctonos de la cultura andina, como Pachamama -no creadora pero sí protectora y proveedora en contacto natural y directo con sus devotos- ella y otras deidades, sufrirían sucesivas adaptaciones al cristianismo, y pronto empezarían a representarse a través de la imagen de la virgen María y sus rituales. Así se formarían elementos bizarros, monstruosas imágenes difíciles de asimilar, extrañas yuxtaposiciones en brillantes y destacadas figuras que aparte de gran belleza cargarían toda la fuerza de la tierra impregnada.

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En su argumento simple, en esta película Claudia Llosa cuenta como un gringo (forastero) viaja a Manayaycuna (en su quechua original, significa literalmente ‘el pueblo al que nadie puede entrar’) en aquel lugar los forasteros no son bien venidos y menos durante sus peculiares festividades de semana santa, que allí se desarrollan a rajatabla.

En ellas, Madeinusa, una chica que vive con su papá (el alcaide del pueblo) y su hermana, es elegida para encarnar la virgen ese mismo año. Muy guapa -también interpretada por la actriz Magali Solier- con todo el oropel, la sacralidad colorista local, y una devoción a prueba de tentaciones, Madeinusa encarna a la santa con orgullo, detenedora de gran pureza. Se la aúpa al trono de procesión a sabiendas de su virginidad y todo el mundo la adora a su paso.

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Más de una vez, después de haberle estado quitando los piojos a su hermana se han acostado en la misma cama los tres -el papá incluido-. Más de una vez, Madeinusa ha rechazado los calentones de su papá -borracho e incestuosos- alegando pecado en su rechazo somnoliento. Ella no es pecadora, eso es lo peor del mundo.

La ausencia de mamá viene indicada por una caja de madera, en dónde nuestra protagonista guarda a escondidas un montón de estampas y recortes de viejas revistas. En alguno de aquellos papelillos su mamá habrá encontrado el nombre ideal con el cual bautizar a su niña y con ellos, Madeinusa se permite soñar más allá de su mundo. Pero un día papá descubre el escondrijo de su caja de madera y tira todas sus cosas al fuego. La chica se pone muy triste. Sin rechistar parece quedarle más claro que nunca que se quiere largar del pueblo e irse a Lima, a dónde precisamente se habrá ido su mamá hace tiempo.

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El consejo autárquico dictaminará que al gringo hay que encerrarlo, al menos durante las festividades. Y por eso, bajo llave, el alcaide lo encierra en su granero.

No extraña que sean tan celosos de sus fiestas, puesto que aquellas son poco menos que el resultado de la deflagración de la peste declarada en el símil encontrado por Artaud como ejemplo de su teatro.

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Cuando se celebra la muerte de Jesús en Manayaycuna, el pecado -al cual son todos tan temerosos- deja de tenerse en cuenta durante los tres días en que Cristo permanece muerto. Dios no puede verles y por eso pueden robar, fornicar a diestro y siniestro y cometer todo tipo de tropelías. Por eso Madeinusa libera al gringo del granero para con él perder su virginidad, y acto seguido pedirle que la lleve consigo a Lima.

“En el teatro autentico, una obra perturba el reposo de los sentidos, libera el inconsciente recalcado, estimula una especie de revuelta virtual (que, además, solo resultará plenamente si permanece virtual), y que impone a la colectividad reunida una actitud simultáneamente difícil y heroica. (…) Si el teatro esencial se compara a la peste no es por ser contagioso pero por, tal como la peste, ser la revelación, la presentación, la exteriorización de un profundo íntimo de crueldad latente, por medio del cual todas las potencialidades perversas del espíritu se fijan, ya sea sobre el individuo, ya sea sobre un pueblo (…) El teatro tal como la peste es la imagen de esta carnicería y de esta separación esencial. Desencadenando conflictos, soltando poderes, liberando posibilidades y, si estas posibilidades y estas fuerzas son negras, la culpa no cabe ni a la peste ni al teatro, sino a la vida” (A. Artaud, 1996, El teatro y su doble, p. 31-32, traducción nuestra).

Es por ello que la proverbial vida se pone en entredicho como tal, como cuando Fausta, en ‘La teta asustada’, conoce la ausencia de su alma y en lugar de vivir tan solo puede vagar en este mundo, taponada con su patata, a la cual de vez en cuando tiene que cortar los hirientes brotes que le van saliendo. Es por ello que las decisiones que toma Madeinusa no provienen directamente de ella, sino del entorno que las posibilita, que las patenta desde lo más hondo de la tierra.

“Tal vez el veneno del teatro, inyectado en el cuerpo social, lo desintegre, como dice san Agustín; siendo así lo hará como la peste, como un flagelo vengador, una epidemia redentora en la cual las épocas de credulidad quisieron ver la mano de Dios, y que después de todo no es más que, la aplicación de una ley de la naturaleza por la cual cada gesto es contrabalanceado por otro, y cada acción por su respectiva reacción./El teatro como la peste, es una crisis que se resuelve o por la muerte o por la cura. (…) La acción del teatro, tal como la de la peste, es benéfica, pues, al compeler los hombres a verse tal y como son, hace con que la máscara se derrumbe, pone al desnudo la mentira, el relax, la bajeza, la hipocresía de nuestro mundo (A. Artaud, 1996, El teatro y su doble, p. 32, traducción nuestra).

Hasta ahora, la última propuesta de Llosa, ‘Aloft’ (2014) (en español ‘No llores, vuela’) se trata de una película de aspecto bien distinto a las dos anteriores, aunque nos desconcierte en igual medida y una vez más, tengamos que poner nuestra propia hipocresía en tela de juicio.

Rodada en los inmensos campos nevados de Canadá e interpretada por Jennifer Connelly y Cillian Murphy, relata la historia de una madre tratando de curar a su hijo pequeño con un inoperable tumor cerebral y un pronóstico garantizado de muy poco tiempo de vida.

En busca de soluciones alternativas, viaja con sus dos hijos en busca de un hombre al que llaman ‘El arquitecto’, el cual fabrica delicadas estructuras con ramas en medio de la nada nevada para luego introducirse en ellas con sus pacientes en el intuito de curar sus afecciones a través del poder sanador de la naturaleza… se da un extraño cruce entre arte, naturaleza y sanación que en sí mismo resulta extremadamente apelativo.

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El hijo mayor de Jeniffer en aquellos momentos tendrá 10 añitos si tanto, y tiene un halcón que suelta nada más llegar a la extrema localización elegida a dedo por el arquitecto. El sanador estará tratando de restituirle la visión a un niño cuando el halcón penetra en la delicada construcción quedándose atrapado. Jeniffer corre hacia a aquella tratando de liberar el animal, pero finalmente el ave termina destruyéndola irremediablemente. Las ramas soltándose de su sutil entramado les caen encima y por eso ella intenta proteger al niño y le toca. Milagrosamente, el niño se cura.

Gradualmente, Jeniffer deja de negarse a sí misma sus capacidades curativas, aunque no logra hacer nada por su niño más pequeño. A pesar de su impotencia, un día, habiendo dejado los dos pequeños en el coche, realiza una performance en el bosque bajo las directrices del arquitecto. Un terrible accidente se opera mientras ella sana a una niña a través del telúrico ritual y su hijo enfermo termina muriendo.

A raíz de aquel horrible accidente, toma la drástica decisión de dedicarse exclusivamente a su arte e irse, abandonando así a su hijo mayor.

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Como espectadores, se nos ofrece un terrible dilema. Nos será prácticamente imposible aceptar la postura de una madre que abandona a un hijo, aunque sea por una cuestión de aparente fuerza mayor (supuestamente tratando de mejorar las vidas de los demás). Por otra parte, el hijo -habiendo crecido con los traumas del pasado y el abandono de su madre- es retratado por Claudia como el personaje débil de la historia y por eso no nos queremos identificar con él.

Dudando de todo y embrutecido por los golpes de la vida, no nos merece cualquier tipo de confianza. Pero conscientemente, sabemos que esta línea divisoria entre los personajes es trazada por nosotros mismos, indecisos espectadores escépticos y al mismo tiempo embelesados con el arte de Jennifer. Único asidero que encontramos al margen de toda moral. Al margen de la lógica y del sentido común.

A nivel simbólico, parece que somos incapaces de establecer la espiritualidad, las fuerzas telúricas y generativas de la naturaleza como antítesis de los ademanes naturales de la maternidad. Hecho supuestamente inaplazable. Decisión terrible, moral y éticamente cuestionable frente a una inmensidad que no somos capaces de sopesar ni entender.

Preguntas para las cuales ni la ciencia ni la paraciencia, la protociencia o la pseudociencia tienen respuesta. Fuerzas que a través del cine de Claudia Llosa, sentimos al estrujar un buen puñado de tierra, aunque no podamos explicar porqué…

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“Mi historia comenzó cuando llevaba meses sufriendo depresión. Mucha gente conoce ese lugar sin vida, en el que cada camino que miras parece cerrado a ti: el No está escrito en todos sitios, en todos los caminos. Estaba perdido en aquel vacío inhóspito, hueco, obsesionado con pensamientos suicidas, toda mi vitalidad había desaparecido. Entonces, un día, dentro de este abismo inerte, alguien me lanzó una cuerda, un salvavidas. Un antropólogo que conocía mi problema me llamó y me invitó a acompañarle al Amazonas peruano para visitar a chamanes que trabajaban con increíbles medicinas para la mente sacadas de los bosques. Tuve que aceptar el viaje y la historia, porque a veces el árbol de la vida puede ser algo literal (J. Griffiths, 2011, en The Universal Sigh, periódico gratuito presentado como parte de la promoción del álbum de Radiohead, King of Limbs).

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