VHS enrarecidos

ilustración egoyan

Somos quienes somos por nuestra memoria. Actuamos condicionados por nuestra particular genética y también conforme a la cultura que nos fue permeando a lo largo del tiempo. Pensamos al sabor de lo que consumimos y todo lo que fuimos consumiendo que -sin necesariamente haberse echado a perder- se ha transmutado ya, inexorablemente.

Todos los días somos diferentes. Es probable que no tanto por una nueva generación de memorias como por el cambio de percepción que fue enrareciendo todo cuanto creyéramos ser. Las nuestras, son memorias preñadas de vida, no inmutables como las que se les implanta a los replicantes. Cuando revisamos nuestro desván, le añadimos un olor inusitado… y quizá no pase del desodorante que nos pusimos ese día, dispuestos a sumergirnos en la memoria…

A las memorias les restamos dolor. Las lustramos con una luz peculiarmente bella o las relegamos al sótano más oscuro. Les quitamos el polvo y de paso cambiamos una ínfima coma. Le acrecentamos un punto y un nuevo renglón idealizado que diga que aquel día llevábamos puesto nuestro jersey preferido… pero en realidad (y para más inri) constatamos que todo ocurrió mientras soñábamos y descubrimos que aquella que jurábamos ser una de nuestras mejores memorias en realidad no pasa de una producción de calidad completamente diversa.

Me acuerdo como si hubiese ocurrido ayer, pero lo cierto es que ayer nuestra composición era otra. Nuestro ser aún no se había complejizado hasta este punto. Por muy vivida que sea una memoria, no pasa de un registro que con el paso del tiempo perdió calidad, ganó textura. Cada vez más distante, adviene objeto crítico de auto-análisis.

Puede parecerlo pero no estamos hablando de pequeñeces para el olvido -como la máxima que dice que la esencia permanece inalterable- no hablamos de eso, sino que hay tal cantidad de elementos traspasándonos a cada instante, estamos tan sobrexpuestos a todo esto de lo cual se nos hace imposible aislarnos, que es inevitable la transformación. Evolución, quizás.

El oxigeno nos consume tanto como nos posibilita vivir. Y tengamos por seguro que nunca fue ni será el mismo oxigeno el que consumamos, el que nos consuma.

En gran medida, podemos deslizarnos por los recovecos de estas reflexiones dada la eclosión tecnológica que nos posibilitó tener más presente nuestro pasado, nuestra historia. Seguramente antes del advenimiento del fonógrafo y de la fotografía, nuestros antepasados se reviesen en su propia memoria del modo más clásico, el cual aún no se nos extirpó del todo. La imaginación pura tampoco deja de encerrar sus propios reflejos de distorsión -tal vez aquellas hayan sido épocas menos convulsas e invasivas, quizá la memoria entonces gozase de mejor estado de conservación- pero ya detentaba traumas imborrables y confusiones capitales.

Frenando cada posible olvido, hoy día una foto nos retrotrae, un vídeo nos permite volver en un análisis asaz más preciso, alterando nuestro comportamiento, condicionándonos. Ahhh, pero el tiempo imparable que todo lo va borrando a su paso y que dice de esta fragilidad nuclear: ¡Qué sabemos nosotros de todo esto! A veces es el tiempo el que agria la memoria…

Seguro que ayer no hubiésemos reflexionado de este modo. Aunque tratáramos este asunto como teníamos planificado, sabemos que fue un cúmulo de cosas que nos hizo tomar esta decisión precisa. Ayer tal vez hubiésemos empezado con una frase del director que hoy nos ocupa, mayor responsable por hacernos reflexionar de esta guisa, Atom Egoyan:

“Empezaba a sospechar un poco de mi propia atracción por lo grotesco. Es un elemento presente en todas mis películas anteriores y llegué a preguntarme la causa, si quizá no estaría ocultando algo. ¿Hasta que punto son reales los temas que me preocupan? Me di cuenta de que debía probar otras cosas y ver si podía tratar esos temas en un contexto más banal (…)” (Antonio Weinrichter en entrevista con el autor en’ Teorema de Atom el cine según Egoyan, 2010, pp. 88-89).

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A pesar de las dudas patentes y la necesidad de nuevas perspectivas para cualquier creador, este canadiense anglófono de origen Armenio, parece haberse trazado desde el principio todo su recorrido cinematográfico. Como si hubiese sido tocado por una utópica memoria anticipada. Sus increíbles películas, tan contenidas y cerebrales como emocionalmente intensas y sutiles, muestran el profundo interés que nutre por los mecanismos de la memoria. Los cuales maneja desde puntos muy concretos, desde las más variadas vertientes y apelativos enfoques.

De su inusual nombre Atom (Átomo), no se agota la idea sobre la cual sus padres emigrados en Egipto -en dónde él nacería- le bautizasen así por aquello de la energía nuclear, que emergente en el país, suponía toda una revolución. El cine de Egoyan, dentro del mundo del cine de autor más innovador e identificable, es un inmenso puzle atómico. En las extrañas estructuras de sus películas, sus preocupaciones derivan como granitos de arena que luego vuelven a unirse para nuestro deleite y edificante descubierta. Siempre personal, e íntima, aunque siempre conlleven un cierto desconcierto. Alarmantes realidades que negaríamos negociar de buenas a primeras, no fuese su talento para describirnos los bizarros mundos que también nos habitan.

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Conscientes de la fragilidad del castillo de arena fundacional y fundamental que os proponemos, no podemos dejar de persistir en nuestra propia memoria. ¿Qué nos quedaría sino?

Atrás quedan los primeros visionados de películas que jamás se repetirán. Sorpresas que ahora ya han adquirido nuevos estatutos. Atrás quedan las grabaciones, los retratos, las fotos que hicimos y que no tendremos tiempo de ver ni en nuestra vejez… conscientes del peligroso círculo de la nostalgia. Para entonces estaremos tan agotados de imágenes que se nos habrá olvidado como recordar lo que en la foto no pudimos captar, lo que el vídeo ya no pudo recoger.

Crecimos con la tele puesta y nuestro primer contacto con el mundo de ensueño que nos labramos provino directamente de ella. Nos acordamos de nuestras primeras cámaras de vídeo prestadas. Todo el experimento y pasión puesta en cautivantes e irrepetibles ademanes, como en ámbar para toda la eternidad. O eso creímos. Nos acordamos de nuestra inmensa colección de cintas VHS que ocupaban un sitio desproporcionado en la habitación para que luego fuésemos sustituyéndolas por finos DVD e inmateriales formatos digitales.

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La trama insomne de sábado sobre las doce, seduciendo abstracta en Canal Plus. El vídeo, de una marca irreconociblemente mala tragándose nuestras memorias. La pequeña cámara de cintas de 8mm, que no era mala sino pésima y todo un lujo también. El lujo de poder guardarlo todo y la sensación de estar así extendiendo nuestro ser.

Ojo, que no hablamos de contenidos, no hay fondos más que intuidos en lo que tratamos de expresar. Como la peli porno codificada de Canal Plus, aquí tampoco se ve nada más allá que no sean bosquejos de un ser que ya no existe. Pero que de otro modo, sin el medio, sin tecnología, sin el soporte, sería menos aún que la rareza de reconocernos en aquellas ralas imágenes.

Cuando con dos añítos sus padres se trasladasen al septentrional Canadá occidental desde Egipto, Atom iría a la guardería para que -ya con cinco años de edad- se rebelase con su mamá un día al llegar a casa y tajante afirmase que jamás volvería a hablar armenio. Los niños se metían con él y le llamaban pequeño árabe… lo tenían harto, harto. ¡Lo típico cuando no te toman como suyo! Cuando no encajas no encajas. Y aunque pueda parecerte lo peor del mundo en ese momento, ello puede advenir algo sustancialmente importante en tu proceso. En el mejor de los casos, puede servirte para aprender a ser todos cuantos quieras, aunque en el caso de Atom probablemente aquello le llevase a indagar en la represión de la memoria, las causas de la alienación y la soledad. Y como no, en las conductas desviadas.

Como estaba harto de su condición de exótico y extraño personaje, el armenito se empaparía de la emergente cultura canadiense de moda y pasaría a crecer como wasp, o como le dirían los gitanos en caso de haber venido a España, payo.

Tan solo cuando fuese a Toronto a estudiar -en principio con la intención de hacer la carrera de Relaciones Internacionales- solo entonces se daría cuenta de la importante herencia cultural latente en su memoria. Por ventura comatosa en sus propios genes. En la facultad se integraría en una comunidad armenia compuesta por un grupo de inteligentes estudiantes profundamente sensibilizados con la diáspora de su pueblo.

Diezmados y deportados entre 1915 y 1923, se calcula que en el genocidio del pueblo armenio -o Holocausto Armenio- fueron asesinados de un millón y medio a dos millones de personas afincadas en territorio turco (hoy Anatolia) por parte del gobierno de los Jóvenes Turcos del Imperio Otomano.

Rememorando aquella terrible historia cuya autoría, a día de hoy, aún no fue reconocida por parte del gobierno turco y que por lo tanto sigue levantando infundadas sospechas sobre si habrá ocurrido realmente, el joven Atom restauraría sus memorias borradas por el choque cultural entrevisto de pequeño y su tesis doctoral terminaría abordando la importante revisión del tema. Años más tarde, cuando emprendiese la producción de la que se convertiría en su obra más polémica, ‘Ararat’ (2002), Atom ya habría atomizado del todo el terrible argumento al que Hitler jocosamente aludiría -recogido en su película- ¿Quién recuerda el exterminio armenio?

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En la facultad, Atom habría empezado a hacer teatro, a escribir sus propias obras y a publicar sus impresiones sobre cine en el periódico estudiantil. También por aquella época participaría en películas de corte amateur. Y cuando una de sus obras teatrales fuese rechazada la transformaría en su primer corto. Así descubriría el potencial del nuevo medio, perfecto lienzo sobre el cual desprender todas sus inquietudes. Aprendería a tocar la guitarra y volvería a aprender armenio:

‘Aprendí que se puede usar tu propia nacionalidad como excusa. Puedes representar un papel. Yo exageré mi armenianismo. Lo utilicé para fabricarme una identidad. Lo utilicé para disimular mi inseguridad’ (recogido por Antonio Weinrichter en el libro antes citado p. 24).

Si es cierto que de las primeras películas de Atom se destacan actuaciones de una calidad poco común, ello se debe a las precisas indicaciones proporcionadas por el director a sus actores, previamente exploradas en sus ejercicios escénicos. El cariz hierático de aquellas puestas en escena reducidas a la mínima emoción, minimalistas, jeroglíficas y deshumanizadas, en ‘Speaking parts’ (1989) por ejemplo, la dotarían de un curioso y eficaz halo fantasmagórico, tan propio de los amenazantes temores que trata -que aún futurísticos- ya empezaban a traspasar la fina membrana de la realidad.

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En aquella película del 89, los personajes hablaban por videoconferencia y se enamoraban a través de la pantalla de televisión y la moderna utilización de las alienantes cintas de vídeo. A través de la pantalla se relacionaban sumergiéndonos en el terrible vaticinio de un futuro excitante pero a la vez potencialmente cargado de ausencia y soledad. Las imágenes grabadas se irían corrompiendo y degradando a medida que se multiplicaban en su desnaturalización hacia otros territorios, llegando incluso a invadir los sueños de sus protagonistas. Como si armados de cámaras de vigilancia omniscientes, espiando interdichos secretos.

Todo el mundo sabe que las salas de chat hoy día están rebosantes. El mundo se ha vuelto a complejizar y estamos mucho más cerca los unos de los otros, con lo cual, también más aislados que nunca. Hay quienes nos leéis desde Filipinas, Israel y los Países Bajos, pero la paranoia se instaló a sus anchas para atenazarnos los sentidos. Aunque parezca apagada, no es tan descabellado que puedan estar vigilándote por la cámara de tu propio ordenador en este mismo instante. La tecnología llegó para transformar nuestra existencia y suplantar nuestras memorias.

Acabamos de hablar con nuestras madres por Skype y no tuvimos que pasar el apuro de poder quedarnos sin monedas en medio de algo importante, ya ni hay cabinas telefónicas en la calle. Esta tarde en lugar de tener que ver ‘Sálvame’, gozaremos de una flamante edición en bluray de la magnífica película ‘Exótica’ (1994), ni siquiera hay que salir de casa para ir a verla al cine:

Leonard Cohen lo habrá dicho ciento de veces: Todo el mundo sabe que a las niñas que nos bailan en el regazo no se les puede tocar (licencia poética), pero aún sabiendo estas reglas, los personajes que frecuentan aquel club de striptease tan especial, ‘Exótica’, una y otra vez las tratan de burlar.

Los guardias de aduanas te pueden registrar y espiar. Esas son sus hazañas, pero a ti ni se te ocurra tocar. Ni siquiera si tu intención se prende con razones totalmente ajenas al sexo. Aunque no todo el mundo lo sepa, como en la vida misma, el cine de este autor no es exactamente lo que aparenta ser.

De los vídeos y otras tecnologías utilizadas estética e innegablemente de forma prodigiosa en su exponencial temática, como decíamos, Atom empezaría a dudar. Temiendo una posible pantomima de su innovadora idiosincrasia en obras como la anterior o como en ‘Family Viewing’ (1987), en la cual su encabronado protagonista borraría los recuerdos de familia capturados en vídeo grabando encima los encuentros sexuales con su nueva amante…

…en su siguiente y compleja película: ‘El liquidador’ (1991), sustituiría el vídeo -como mediador de la memoria- por fotografías, necesarias para que su protagonista lleve a cabo su trabajo evaluando las pérdidas de sus clientes en siniestros hogareños, para luego reclamárselas al seguro. En esta nihilista propuesta sobre el vacío existencial, Atom también descubre la figura del censor como mediador (clásico supresor de erecciones) juez mediador de una realidad que nunca se nos enseña del todo. Lo cual devendría en las más rocambolescas teorías de la conspiración, por ejemplo, pero también en pertinentes críticas a un tipo de acoso que -de su carácter omiso y prohibitivo- se permea en nuestras vidas por entre velos para despuntar en forma de taras y otras desviaciones.

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Atom habría embarcado así en la investigación de nuevas formas de mediación de la memoria. En realidad, su recurso al vídeo nunca había consistido en declararse juez de sus retorcidas posibilidades sino que le habría servido como metáfora, medio narrativo para sus más hondas preocupaciones. Como la memoria que por su naturaleza no puede suprimirse simplemente grabando encima y que a menudo nos obliga a encontrar otros senderos como forma de mitigar el dolor de insistentes traumas. A veces incluso los más inverosímiles y bizarros senderos nos vemos obligados -tentados- a cruzar como en ‘Éxotica’, cuyo nuevo mediador -paliativo del trauma que expone- es el laberintico y extraño recurso del baile en el regazo (prohibido tocar). El cual ofrecería un amplio abanico de hipótesis para nuestra evaluación, para nuestras mentes pervertidas y sedientas de acción en el reclamado olvido de cuestiones a las que no daríamos nuestra mejor bienvenida. Inesperadamente, la intención de la laberíntica propuesta de Egoyan es otra, diferente a todas cuanto sexuales se nos pudiesen haber ocurrido. Antojos que aunque quizá medio sugeridos, nos hacen tropezar con la fina línea que nuestra mente prejuiciosa, morbosa y mal pensada no quiere ver. Fina y tenue línea.

Como la censora d‘El liquidador’, los caminos mediados por la burocracia son insondables también en ‘Exótica’, aunque en este caso el censor de turno -el protagonista auditor de hacienda- termine pidiéndole un favor al contribuyente investigado a cambio de hacer la vista gorda a sus irregulares fuentes de ingreso -siempre jugando con nuestra percepción y una supuesta humanidad intrínseca en las leyes comunes de nuestra cultura- Atom, más implacable que la justicia misma, nos muestra que el censor aquí es otro y no podemos identificarle. Estamos tan absortos que ni nos enteramos… Aquí el censor adquiere una materialidad -que precisamente por exótica- nos resulta difícilmente reconocible. El dueño de -la también exótica- tienda de animales, se entrega a lujuriosos devaneos y oblitera el hecho de que si él puede burlar la ley, también ella puede burlarle a él. Y a nosotros, que nos inventamos infinidad de burradas con tal de no ver lo que se nos está contando.

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Quizá tales laberintos no sean tan inescrutables después de todo. Si en tus premisas e indagaciones no olvidas incluir la vida pulsante que la obra te reclama es probable que todo ello gane una dimensión que -precisamente por irregular- podrá dotar de veracidad la más extraña de las historias. Arsinée Khanjian, la esposa de Atom, quién habrá aparecido en mayor o menor medida en la práctica totalidad de su filmografía, en ‘Exótica’ está esperando el hijo de ambos, Ashile. Su barriga de siete meses es increíblemente real en aquel entorno plasticoso y quizá por ello, en el laberinto repleto de espejos y espejismos que nos muestra Atom para nuestra ilustración crítica, quizá sea ingrediente imprescindible, aunque podamos también ajuiciar que no viene a cuento…

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Más tarde, Arshile nacerá y crecerá, y papá le hará un doble retrato en ‘Portrait de Arshile’ (1995) para explicarle el exacto origen de su nombre, el cual adquirirá por el pintor Arshile Gorky, uno de los personajes centrales del imprescindible tapiz que conformará ‘Ararat’. Y también dirigido a su hijo Arshile, grabará con una modesta cámara de vídeo el documental ‘Citadel’ (2006) en una visita al Líbano, de dónde es originaria Arsinée. Aquella también, documento fidedigno para que el propio Ashile al crecer tenga acceso directo a su propia memoria familiar. En la misma línea estaría ‘Calendar’ (1993), aunque ciertamente esta no fuese la más indicada para enseñarle a un hijo. El propio Atom, persiguiendo sus propias raíces, se interpretaría a si mismo incapaz de sentir afinidad con las localizaciones armenias que le habrían encargado fotografiar para un calendario, totalmente ajeno a aquel mundo. Mientras tanto, en su proceso filosófico perdería a su esposa, quién se enrollaría con el guía de la expedición. No. Definitivamente esta es mejor que no la vea el niño.

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Entregándose a sucesivos e indispensables cambios en su modo de trabajar, variantes para seguir investigando en su incesante abordaje a la memoria, en ‘El dulce porvenir’ (1997) por primera vez Atom adaptaría una obra ajena, cuyos derechos serían un curioso regalo de Arsinée. Y como no podía ser de otra manera, en lugar de acortarla como suele pasar con la mayor parte de la literatura adaptada al cine, sería tan fiel a su enrevesada forma de educarnos la percepción que la alargaría, ensanchando así el marco de sus diferentes puntos de vista. Inesperadamente, esto le valdría dos nominaciones al óscar, aunque ese año se lo llevase James Cameron por ‘Titanic’ (1997).

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Un autobús escolar tiene un accidente en el cual mueren todos los niños de un pequeño pueblo rural. Las únicas que logran salir con vida del siniestro son la conductora y la adolescente Sarah Polley que se queda paralítica, abortando de golpe todos sus sueños de convertirse en cantante pop.

Un abogado buscapleitos enseguida se presenta en el pueblo tratando de armar un litigio que pueda beneficiar de algún modo los apesadumbrados padres de los niños fallecidos. A modo de ejemplo, la novela de Russell Banks adaptada, se sigue estudiando en Estados Unidos hoy día en las facultades de derecho -tanto para enseñar como un abogado logra crear una historia dominante (no necesariamente verdadera) como para demonstrar como aquel no puede distanciarse de sus propias vicisitudes-.

Pero lo más importante de esta joya reside en el hecho de que la adolescente, a través del tremendo trauma que desencadena el accidente, toma consciencia de si misma y de su entorno. Y acto seguido, toma partido. Crece de golpe, perdiendo su inocencia de forma abrupta y desde su nueva condición decide el justo desenlace. El subrepticio ademán de la película, cavila en las nefastas idealizaciones del recuerdo que una vez sean despojadas de falso oropel pueden dejarnos de ojos muy abiertos tratando de entrever algún atisbo de razón en ello. Y querremos negárnoslo, aunque resulte ya demasiado obvio ¿Cómo permitimos tan abyectas injerencias en nuestra psique?

Atom logró mantener intacto el mismo equipo artístico con el que trabajó siempre, su fotógrafo Paul Sarrossi y su músico de cabecera Mychael Danna, ambos esenciales a la hora de dar cuerpo a sus inusuales ideas… incluso cuando se le negase rodar en Canadá la que se convertiría en su siguiente adaptación, no dejaría de viajar a Irlanda sin prescindir de ellos -exigencias del autor de la novela, William Trevor- para ‘El viaje de Felicia’ (1999). En ella, volvería sobre el recurso de los viejos vídeos y los maleficios de su abigarrado consumo. En este caso, souvenirs de la malograda infancia del protagonista, amable serial killer -Bob Hoskins- cuyos obsesivos visionados de la extensa colección que posee del programa de cocina que presentaba su madre cuando él era tan solo un niño, nos permiten intuir motivos para la eclosión de tan extraño ser. El delicado y enternecedor monstruo en que se convirtió quizá tenga cierta razón de ser.

Felicia es la segunda parte de la ecuación, quizás un poquito más volcada hacia el mundo real, sin embargo parece provenir de otra época y también equivoca su lugar en el mundo. Felicia se pierde y el amable monstruo la acoge.

Aprovechando el viaje de Felicia y su viaje a Irlanda, Atom realizaría una versión de la obra de teatro que sería el germen de su pensamiento y el punto de partida de todo su empuje acerca de la memoria. La podemos encontrar en una genial antología sobre el dramaturgo irlandés Samuel Beckett: ‘Becket on film’ (2003), realizada por varios directores desde las más diversas áreas y aproximaciones:

https://en.wikipedia.org/wiki/Beckett_on_Film En el caso de Atom, el protagonista de su monólogo sería el maravilloso John Hurt.

Máxima influencia para todo su cine, Beckett sería determinante en la progresión de toda su carrera y forma de pensar. Ya en sus primeros cortos podemos intuir claramente el doble del dramaturgo irlandés. La obra que dirigiría para televisión, ‘Krapp’s last tape’ (1958) cuenta la historia de un anciano, Krapp (que suena a Mierda) que a lo largo de su vida ha grabado un diario en cintas magnetofónicas. En su cumpleaños las escucha tratando de reconocerse en su pasado. En la caja nº3, cinta nº5 encuentra la grabación correspondiente a un yo más joven pensando sobre otro yo aún más joven y no le gusta nada lo que escucha. Piensa que su ególatra persona de antaño es realmente desagradable y graba su última cinta en dónde relata la experiencia de haber escuchado su yo del pasado pensando en su yo aún más pasado.

El modo fragmentario de auscultar nuestra propia historia no logra encontrar asidero en la situación actual y por tanto, muchos de los documentos desactualizados de nuestra memoria nos resultan vanos por no lograr iluminar nuestra realidad, la única verdadera, la actual.

Más adelante, y debido al enorme éxito alcanzado con su obra cumbre, ‘Ararat’ -que reservamos para el final- Atom sería invitado a probar suerte en Hollywood (al comienzo de su carrera habría dirigido en California unos cuantos trabajos de encargo para la televisión: ‘Alfred Hitchcock presenta’ (1987-88), ‘Twiligt zone’ (1985-89) ‘Friday the 13th’ (1987-90) pero este proyecto sería mucho más ambicioso y gozaría de todo el glamour que se gasta en California.

‘Where the truth lies’ (2005), que traducido sería: Dónde yace la verdad, pero que también podría leerse como Dónde la verdad miente… cuenta la historia de una pareja de viejas glorias de la televisión de los 50/60 cuyas vidas están encumbradas por una típica leyenda negra de Hollywood. Entre otros secretos, tan propios de la investigación de Egoyan -como daría en ser el caso del secreto auto-inducido- se encontraría la molesta referencia a la homosexualidad de uno de los protagonistas -tendencia muy mal vista en la época en que transcurre la película y que lamentablemente probaría su doble actualizado en 2005, cuando la cinta tan solo pudiese estrenarse para un público restringido-. Atom se habría negado a cortar escenas de sexo homosexual subidas de tono que serían innegablemente el meollo de toda la cuestión propuesta.

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La verdad se escabullía también en una realidad altamente inverosímil en otra de sus incursiones estadounidenses, ‘Devil’s Knot’ (2013). Basada en el devastador caso del asesinato de unos niños al oeste de Michigan, volvía sobre la mediación burocratica, en este caso, la interpuesta por la justicia. La cual aludiría a pies juntillas a los macabros rituales satánicos en que se habría implicado un grupo de adolescentes asesinando y mutilando a tres niños. Los supuestos satánicos serían encarcelados y esperarían en el corredor de la muerte para que finalmente se descubriese que la causa de la muerte de los niños se habría debido a un accidente y que las escabrosas pistas a debate no pasaban de una natural paradoja. Casi siempre la realidad encierra más inverosimilitud que cualquier ficción. Como en ‘Remember’ (2015) -hasta la fecha su última película- en la cual reflexiona sobre lo sorpresiva y desconcertante que puede resultar la falta de memoria.

En el desarrollo de esta road-movie tan particular, se cuenta como con la ayuda telefónica de su viejo compañero de celda y una carta recordatoria de los pasos necesarios para cumplir su misión, Zeb -el anciano protagonista con una aguda demencia senil- recorre la geografía norteamericana en busca de su carcelero nazi para matarle. Tal y como prometió a su mujer en su lecho de muerte, Zeb logra totalmente su cometido. Y aunque la película se detenga en ese punto dejándonos con la boca totalmente abierta porque la memoria puede llegar a prepararnos las más rocambolescas de las jugarretas, no podemos abstenernos tratar de remontar toda la memoria perdida -aunque la película no la aborde- no podemos dejar de tratar de imaginar cómo habrá sido la larga vida de aquel hombre en América desde el final de la segunda guerra…

Como en todas las películas de Egoyan, ninguna de las varias tramas abiertas tienden a agotarse en una resolución totalmente esclarecedora. Caleidoscópicamente, sus estructuras siempre nos empujan más allá de sus múltiples posibilidades, más allá de sí mismas. Más allá del átomo.

Inevitablemente se nos quedan unos cuantos experimentos de Atom en el tintero: Su delicada revisión de las nuevas tecnologías de la comunicación a través de las cuales uno puede hacerse pasar por otro e ir así aplazando el cara a cara de la vida real desprovista de tales intermediarios -modernos mecanismos de autodefensa- como en ‘Adoration’ (2008). El imprescindible espacio de soledad que en una relación de pareja se tiene que negociar de manera a no perder el otro en el intento, en ‘Chloe’ (2009). O por ejemplo, el sobrecogedor planteamiento de ‘Captive’ (2014) de cuyo enrevesado Síndrome de Estocolmo descrito, al no ser típico y lineal podría revelarse aún más aterrador, con lo cual perdería así su clínico estatuto de síndrome. Y siempre las cámaras vigilantes, el secreto patente, los monstruos acechando. La memoria cada vez más y más enrarecida.

No podemos extendernos ya hacia sus especiales cortos repletos de dobles metáforas u otras obras fílmicas, que aunque muchas de ellas hayan sido realizadas para la tele por encargo, siempre detentarían su reconocible sello. No podemos discurrir hacia sus otras ocupaciones, como director de ópera o escritor. O como artista plástico en interesantes reflejos objetual-espaciales de sus temas de siempre. Los cuales en su translado al museo adquirirían una nueva dimensión; y a su vez, de la interesante lectura extendida de su obra plástica en la posibilidad de también poder percibirse sus películas como instalaciones psicológico-espaciales.

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Con su primer largo, ‘Next of kin’ (1984) Atom inauguraba su carrera a través de una novedosa monitorización psicoanalítica, brillante metáfora para contar de nuestro rol predefinido en una sociedad que espera de nosotros asumiendo premisas que serían de todo menos lógicas. En aquel caso convertiría el fantasma de un hijo dado para adopción en la escusa encontrada por su protagonista para buscar una familia más de su agrado. Hastiado de sus controladores padres -aparentemente irremplazable familia impuesta- decide suplantar al ausente hijo de la otra familia. En aquella ciertamente encaja mejor que entre sus congéneres consanguíneos.

Hay cosas que asumimos lógicamente y que aún siendo tendencialmente naturales, no harán más que probar ser el motivo de nuestras más terribles e impostadas angustias, naturales zancadillas autoimpuestas a nuestro propio ser. Tal vez a falta de una creatividad más activa, como la de la memoria que no le hace ascos a una pequeña tergiversación, como en el caso de los saudosos padres del hijo ausente. Aunque este que se les presenta sea rubio y no se les parezca en nada, no puede ser otro que su hijo añorado…

Quizá las sucesivas y alternativas composiciones de nuestra historia vital -esto a que llamamos memoria- nos esté más vedada de lo que creíamos. Parece que de ella no logramos aprender demasiado. Tal vez algún día podamos recurrir a ella de forma plena por medio de alguna clase de artilugio a punto de salir al mercado. Seguramente lo haremos tan solo para constatar lo que ya no somos. Como a Krapp, tampoco a nosotros nos reconfortará analizar quienes fuimos y finalmente no nos sirva para nada. Quizá tal aparato tenga un doble interruptor y también pueda borrar molestas memorias. Seguro que a los apologistas del anti-spoiler les haría mucha ilusión.

En los ochenta, cuando nos contaban con enorme pasión una película que habían visto, un libro que habían leído, lo que traspasaba y absorbíamos como agua-miel era precisamente esa emoción que luego tú querías igualar en tu propia experiencia. Hoy día se ha popularizado la eyaculación precoz -tanta prisa- se ha prohibido poner hipótesis de lo que realmente importa en los entremeses, en el hecho de que cada uno interpretará algo radicalmente diferente de lo planteado en aquello que califican como exposición-denuncia y tildan poco menos que de -CRIMEN- y que no es otro que el terrorífico SPOILER. ¿Habrá que seguir remachando que hay obras que no viven exactamente por y para su desenlace? ¿Qué hay un tipo de cine diverso -más escaso- que no juega en la liga del entretenimiento? Se trata de un tipo de arte que proviene directamente de la sangre, de la necesidad de exponer personales traumas y que desesperado busca imprescindibles purgas. Incluso alguna utópica catarsis. Y sobre todo, dialoga con toda clase de espectadores… porque aunque parezca un delirio de los ochenta, a través de la pantalla de cine se comunica en una dirección muy concreta pero no por ello queda invalidada la hipótesis de devolverle nuestra importante respuesta.

A raíz de la profusión de mensajes entrelazados en el cine de Atom, y las inescrutables ramificaciones por desbrozar de sus intachables remolinos estructurales, nos encantaría gritar el fin de la era anti-Spoiler. Exponer asimismo su turbia moral y mezquina marcha atrás. Nos gustaría destruir, demoler sus reclamos plagados de reglas e inútiles requisitos de pureza.

Si hoy día tenemos que andarnos con estratagemas para adaptarnos al crepitar de los tiempos, si tenemos que darnos al hermetismo en tristes descripciones amputadas, es precisamente porque quizá se haya dejado de ver un cine hecho para la edificación y necesidad crítica del espectador.

De las estructuras del cine de Egoyan, que en la primera media hora de sus películas no tenemos ni idea hacia dónde nos dirige, solo podemos indiciar meras lecturas básicas, pero cuando nos sumergimos podemos ir hacia dónde toda posibilidad en ellas inmersa nos induzca. Su forma de narrar crece a los ojos de cada espectador de forma singular. Y eso es algo sobre lo cual, el más acérrimo de los anti-spoilers no puede rebelarse.

‘Ararat’, como decíamos, se trató de su película más polémica y probablemente por la cual se hizo más conocido. Pese a no ser la película que el pueblo armenio estaría esperando, el resultado es mucho más sincero que un abordaje al tema con un carácter más convencional.

Dentro de la película se rueda la película que todo el mundo estaría esperando ver, tratando de denunciar una realidad negada infinidad de veces por las autoridades perpetradoras del genocidio armenio. No obstante, la película que se filma dentro de la película de Egoyan es una obra plagada de utilería, escenarios pintados, manidas sobreactuaciones -devota de la típica espectacularidad épica característica de esta clase de acontecimientos tantas veces llevados al cine- necesariamente, así, su real necesidad solo podría devenir vano intento -falso abordaje ilusorio- incapaz de retratar los terribles sucesos ocurridos en la vida real.

Siempre tratando de defender su tesis de una lectura crítica de las imágenes por parte del espectador, enseñándonos a mirar y a poner en cuarentena lo que hemos visto. Tratando de hacernos reflexionar sobre lo que es capaz de guardar nuestra memoria y buscando la verdad, tan compleja como deudora de mil lecturas… Atom nos hace tropezar en las finas líneas que no queremos ver y en las cuales siempre terminamos cayéndonos una y otra vez. Egoyan sabe que de aquel modo, el cine -con todo su artificio- jamás lograría emular una verdad negada y por tanto inexistente. A no ser que contase desde diversos puntos de vista subjetivos, la realidad vivida en las propias carnes de sus protagonistas, solo posibles en cuanto descendientes de aquellos que en el pasado lo habrán vivido. Ahora realidad remota e inalcanzable. A no ser que proyectase directamente en la piel de las generaciones posteriores de aquellos que lograron sobrevivir y escapar a la carnicería de su pueblo, y que pese a todo siguen teniendo grabados a fuego -en su sangre- cuantos en el infundado genocidio perecieron.

Para ello, Atom nos cuenta los pensamientos y la necesidad de Raffi -un joven descendiente armenio- que quiere entender el estatuto fantasmal de su padre en su propia memoria. De él habrá oído que fue un suicida terrorista muerto en un atentado. Raffi quiere entender los motivos de la conducta de su padre, la amargura incubada a lo largo de tanto tiempo por un hecho que de algún modo siente como ajeno. Por ello, trabaja en la insatisfactoria película que se prepara sobre el genocidio. Tratando de encontrar respuestas sobre su propia sangre, sobre su propia memoria familiar.

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Sin encontrar respuestas convincentes, decide viajar a Turquía para adivinarse a sí mismo en los paisajes reales en dónde todo aquello tuvo lugar. Buscando alguna clase de relación en la reverberación de sus sentidos que justifiquen el dolor percibido por su inconcebible fantasma. Ya de vuelta de su viaje, aún medio ausente y aturdido en sus reflexiones -mediado por la autoridad en aduanas- el propio Raffi cuenta al aduanero la naturaleza de su viaje y toda la historia que -no reconocida- puede no pasar de una trola. Y es precisamente la típica burocracia (que no entiende de condescendencias y estricta sigue a rajatabla sus propias reglas unívocas) quién en la figura de aquel aduanero a punto de jubilarse -burlando sus propias funciones y leyes- excepcionalmente atiende los matices de la historia de Raffi, con atención y ojo clínico.

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Al relatar de viva voz su profundo e íntimo interés en el tema, Raffi es pillado. Se revela y es puesto en evidencia a un tiempo. Totalmente vulnerable, Raffi siente mágicamente el abrazo de su padre, desvaneciéndose así su fantasma. El aduanero por su parte también saca una importante lección en claro, pero esa es otra de aquellas historias que se quedarán en el tintero.

En el pequeño monitor de la cámara de vídeo de Raffi, pudimos ver por primera vez el monte Ararat, símbolo de la terrible injusticia y terriblemente pintado en el falso escenario de la gran producción en la que había estado trabajando el chico. Ninguna de las dos imágenes es real, pero aunque se nos presente así, como imagen recogida en una vulgar cámara de vídeo, aquella es mucho más verdadera que la otra. El enrarecido vídeo atestigua la verdad que Raffi lleva impregnada en sus huesos.

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En su primera película, ‘Next of kin’, Atom nos cuenta de aquel hijo que encuentra una familia más adecuada que la suya propia, y en ello deja entrever -en doble lectura- que sus nuevos padres -pese a ser postizos- ni siquiera se fijan en que él tiene los ojos azules y tiene el pelo claro y seguramente hasta podría ser chino, porque la necesidad de volver a tenerlo entre sus brazos es preponderante, más que cualquier ordinaria verdad o realidad compulsada. Una doble lectura es esencial para dar cuenta de otras realidades entrañadas en la falsa apariencia de todas las cosas. Para ello ya nos había alertado Artaud en ‘El teatro y su doble’ (1938), a quien también Atom rendiría homenaje en el pequeño segmento ‘Artaud doublé Bill’ perteneciente a la maravillosamente plural: ‘Chancun son cinema ou Ce petit coup au coeur guard la lumière s’éteint et que le film commence’ (2007) organizada y producida por el festival de Cannes de aquel año.

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No hay nada linear en la memoria y Atom no es linear. No existiríamos sin memoria…

 

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2 thoughts on “VHS enrarecidos

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