Chantal Akerman allá arriba

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Si queremos que se nos lea quizá debamos empezar por el final en este caso. Quizá en este caso sea muy importante que se nos lea. De todas formas, la primera parte del texto -que no completo- lo podéis escuchar en su vídeo correspondiente:

Con 65 años de edad -el 5 de octubre de 2015- se suicidaba en París, Chantal Akerman. Pionera de un determinado tipo de cine experimental, su trabajo influiría enormemente en un montón de directores y otros artistas y pese a no habérsele hecho toda la justicia que su cine le merecía, ella tenía claro cuál era su arte y hacia dónde se dirigía. Jamás se rendiría a las exigencias de las estupidificantes masas aunque hubiese probado algunos de sus códigos. ¡Hay que probar de todo! Pero jamás se traicionaría a sí misma y el suyo sería un cine integralmente humano.

En el segundo número de la revista La Revolution Surréalist del 15 de enero de 1925, se abriría un famoso debate sobre el suicidio de esta guisa:

“Se vive, se muere. ¿Qué parte desempeña la voluntad en todo eso? Se diría que uno mata igual que sueña. No plantearemos un problema moral: ¿El suicidio es una solución?”

Además de las opiniones expresadas en la encuesta y que seleccionadas por Artaud saldrían a la luz, entre otras, podríamos encontrar la suya propia:

“No, el suicidio aún es una hipótesis. Yo pretendo tener el derecho de dudar del suicidio como de todo el resto de la realidad” (Artaud citado en J.L. Brau, 1972: p. 58).

El extensísimo debate acerca de este tema universal ha dejado a lo largo de la historia tantas manifestaciones favorables como tajantemente en su contra. Se ve que esta polémica no dejará de alzarse con vigor y que si tal decisión puede entenderse como uno de los actos más cobardes, egoístas y mezquinos a que el ser humano aún puede disponerse, librémonos de pensar que no disponemos totalmente de nuestra propia vida para hacer con ella lo que más nos plazca.

Aunque sin lugar a dudas ponernos fin sea desesperado, demasiado triste y quizá extremo como solución, tengamos por sentado que es acto propio de personas altamente sensibles, extremadamente inteligentes y rigurosamente decididas a ejercer esto que muy pocos son capaces de hacer con sus propias vidas: SER – con voluntad. Porque convengamos que incluso dejar de Ser es algo más que dejarse llevar, complacer o servir gustos y exigencias de terceros.

Solo somos en cuanto individuos sociales ¿verdad? pero de todas formas, es como seres sociales que también desaparecemos entre su indescriptible maraña.

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Evidentemente nos apena muchísimo la muerte de esta mujer tan decidida, tan graciosa, tan sensible, tan creativa y siempre tan profundamente comprometida. Nos apena no poder decirle ya como amamos su trabajo y darle las gracias por todo lo que nos ha regalado. Pero fue su decisión, su desesperación, su soledad… fue ella quien así lo quiso y en todo su derecho estaba. Nos apena que haya quiénes piensen que al ser ella una figura prominente y muy seguida en ciertos círculos -pequeños círculos, pero con grandes y fieles seguidores- que como era famosa, no tenía derecho a dar semejante ejemplo en un acto poco menos que vil, insensible y virtualmente insensato.

Nos apena que haya quienes sigan pensando en los deberes que tenemos para con los demás y que por ello tengamos que negar nuestro propio SER. ¡O somos o no somos! Pero entendemos la postura vitalista de los que así piensan. También nosotros nos consideramos pertenecientes a ese grupo porque con ellos nos identificamos en gran medida. ¿Quién sabe lo que nos depara el mañana? El suicidio también sería para nosotros el último de los remedios. Y sin embargo, aunque no podamos más que sincerarnos afirmando tenerlo aún como posible hipótesis… como todos aquellos personajes que diseñó Chantal a lo largo de toda su carrera, adorables y completamente imposibles (que nunca jamás de los jamases se pelean ni disienten los unos de los otros) nosotros también solo podemos asentir, convenir y ridícula y cómicamente decir que sí. El suicidio es caca.

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Es muy difícil ver las películas de la gran Chantal Akerman y quedarse quieto. Por lo menos no tener enseguida que ponerse a escribir sobre ellas, sobre ella. No ponerse con la cámara en mano a hacer lo que más amamos: transportarnos sin filtros, exhibirnos en nuestra timidez inherente. Sacar afuera pensamientos, sensaciones, sentimientos… en un acto expresivo impar. Crear.

Si hay algo que logren los reflexivos documentales, las comedias y dramas de ficción de esta belga de origen judío, es precisamente empujarnos a escribir uno y mil guiones derivados de todas y cada una de sus profundísimas propuestas. Como un árbol de mil brazos, mil posibles caminos para interpretar y volver a ponerlo todo en perspectiva. Incluso hacia direcciones abstractas. Esencialmente disparadas por el increíble don de percibir como todo se hace posible en nuestro pensamiento. El cine de Chantal Akerman es un cine hecho exactamente para la creación misma.

Cuando vemos una de aquellas superproducciones repleta de efectos especiales puede que se nos hinche el infante que llevamos dentro y que la aventura pueda inflamarse hasta las cúspides, pero suele ser con un tipo de cine -dueño de tempos más distendidos- que nos podemos dar el verdadero lujo de platearnos la creación personal de algo intrínseco, profundamente humano y existencial. Realmente, es este tipo de cine que nos permite explorar nuestros anhelos para ponernos en marcha, sean cuales sean las herramientas de qué dispongamos.

El cine espectacular está muy bien, pero solo puede ser un trabajo de inmensos equipos. De presupuestos altamente cuestionables por aquello de que seguramente con ellos se podrían alimentar países enteros durante varios años. Aunque con esto no negamos que nos lo pasemos como críos y que no nos absorban completamente los monstruos y galaxias de la industria. Francamente, tampoco podemos restarle la importancia que tiene, y hay que saber separar la paja del trigo. Pero ese es un sueño demasiado profundo que definitivamente no está a nuestro alcance… al menos así por lo pronto. Y para hacerlo sin medios y mal, mejor estarnos quietos.

Sin embargo, aunque injustamente mal criticado y sin gran afluencia de público ni nada por el estilo, el germen que deposita en nuestros corazones Chantal, rasca nuestra propia capacidad. Por eso quizá sea considerada una directora de culto. Jurando y perjurando, todas sus películas afirman que el cine no es un lenguaje al alcance de solo unos pocos… ¿Y no será ese uno de los mayores regalos que se nos pueda hacer? ¿No será ese el sueño que aún podamos concretizar?

Sin necesidad de volar tan alto, Chantal no solamente ha logrado que nos sintamos en su piel, sino en la nuestra propia. De algún modo, aunque manido y carente de imaginación, aquí acierta el dicho de que Todos somos Chatal. Su magia es sinónima de empatía, y para eso no hace falta más que el corazón de uno. No hace falta más que tener confianza en el público que verá tu trabajo, quién gustoso pondrá todo lo indecible que ni a golpe de CGI se lograría.

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Desde su primer corto, aquél inquieto y juguetón ‘Saute ma ville’ (1968) (Reviento mi pueblo), Chantal se decantó por un arte proveniente directamente de su interior. Sincera, dejó que fuese su libre y libertario corazón quién dictase todos sus movimientos. Tenía solo 17 añitos y aún no sabía un montón de cosas, pero el suyo sería un arte de exploración de lo propio. Volcándose hacia el fascinante mundo del conocimiento mismo y todos sus matices. Constantemente despojándose de todo prejuicio,  abriéndose a todo cuanto le fuese rodeando, a todos quienes visitase, a todos los lugares a dónde fuese, a todos los abismos que se le abriesen delante.

Deudora de planteamientos innovadoras como los de su amado Jean-Luc Godard, pero sobre todo haciendo hincapié en los mimos clásicos, empezó riéndose de una fatal y cruel jugarreta del destino: Las mujeres no lo tienen fácil y antes o después tendrán que suicidarse! Pero al menos que con ellas se carguen todo el pueblo de paso.

Su inaugural y audaz transgresión, sería totalmente definitoria de lo que vendría a ser la totalidad de su trabajo, de su vida. Premonición que aparte de ser su primer chiste, irónico y divertidísimo, se convertiría finalmente en su última realidad. Pero no porque ella misma haya sido una mujer sumisa tratando de rebelarse contra el mundo del clásico patriarcado machista, sino porque cuando te comprometes de verdad en dar voz a quién no la tiene, conoces cada vez más y mejor la realidad. E inevitablemente, quién más sabe, más sufre.

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Es difícil saber a qué se debe esta cosa de la existencia. Cuál es su motivo. Si la vida es tan terriblemente dolorosa, injusta y cruel… ¿cuál será la finalidad de todo esto?

Hay momentos terribles en los cuales los ojos se nos abren de par en par para no percibir alternativas. Se nos abren para ya no ver más nada. Absolutamente nada. Tan solo el peso de la soledad en tu corazón. A todos nos pasa. Diríamos que es algo propio de lo humano, fruto de la razón misma. Fruto desgarrador.

Hoy hay mucho viento, el cielo es un sinfín de nubes que podrían ser mil cosas si nos dispusiéramos a imaginarlas. Tan pronto hace sol como da la impresión de estar acercándose la más negra de las tormentas… Nuestra vecina de arriba ha decidido cambiar el suelo del piso entero y los albañiles están trabajadores. Se les nota envalentonados. Atronadores. Hoy es día de construcción pero es un día ambiguo, difícil de definir. Empieza a llover. Finalmente. Sí. Empieza a llover y nosotros seguimos escribiendo inmersos en este caos.

En medio de esta invasiva tristeza, esta declarada y depresiva montaña de razones y otros sin sentidos, menos mal que hay algo que sí logramos ver con claridad:

Chantal conocía el centro y destello, el cerne que sujetaba toda su existencia. Desde el comienzo hubo una fuerza propulsora en su vida que lo justificaba todo…

Antes de poner fin a su vida, hacía muy poco tiempo, Chantal habría presentado su último trabajo en el festival de Locarno, ‘No home movie’ (2015)… y no lo es  -como indica su título- no es una película casera aunque tenga todos los elementos para que así la pudiésemos calificar. Y no lo es por el simple motivo de que en ella se encierra el quid de todas las cuestiones. El principio de todo Ser. El cual invariablemente, en evidente decadencia, termina cerrando los ojos para una siesta mayor de lo habitual.

‘No home movie’ es por todo ello, una película totalmente universal a pesar de su tosca factura, aparentemente despojada y también aparente y ridículamente casual. Esta cinta se convertiría en su testamento, motivo vital y probablemente razón concreta por la cual poner fin a su existencia se haría sencillamente de modo natural.

Su mamá fue el centro de su última película y el empuje de todas las demás. Fue el centro de toda su vida. Ella le enseñó a atarse los zapatos, pero Chantal, la más inteligente de su colegio no le daba demasiada importancia a esas cosas -más propensa a la ensoñación- le hacía oídos sordos. Le encantaba ensuciarse y llegaba a casa llena de barro, pero al contrario de ser el suplicio de mamá -siempre adorable pese a toda la procesión que cargaba por dentro- finalmente terminaba metiéndola en la bañera y la besaba hasta el infinito.

Cuando uno está a punto de morir sin mayor motivo que el de haber heredado la religión de sus padres… y si por un golpe del destino se salva del horno, seguramente a sus hijos les dará todo y más de lo que nunca siquiera pudo imaginar. El amor es más denso si en nuestro corazón encuentra contraste.

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Luego la niña terminó el colegio y quiso hacer cine. Ya no quería estudiar más ni ir a la universidad, sino a Nueva York. Un buen día de 1965, por primera vez le llamó la atención el título de una película y se fue con su novia al cine (pues sí, una novia siendo chica, en la Bélgica de los sesenta) se fueron al cine a ver ‘Pierrot el loco’ (1965) de Godard. Y sería entonces que Chantal se daría cuenta de toda la posibilidad que encerraba aquel medio en el cual nunca antes se había fijado. El cine podía ser arte y literatura y reflexión y todo lo que nos explota en el alma.

Y por eso, cuando le dijese a su madre que se quería ir a Nueva York, su mamá le diría -probablemente intuyéndole un cierto parecido a una tía abuela suya que se habría dado a la pintura cuando no había mujeres de esa clase- le dijo: Hija, cuando llegues a América, espero que no solamente escribas tus guiones y dediques alguno de tu precioso tiempo a escribirme también a mí. Quiero dejarte irte a Nueva York y a dónde tú quieras. Solo quiero que seas feliz y vivas la vida que yo no pude vivir, pero tienes que contármelo todo. Todo lo que vivas por ese mundo de dios.

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Aún residente en Bélgica pero ya con un DNI en dónde constaba su flamante profesión de cineasta -se auto titularía así a partir de su primer largo ‘Je, tu, il, elle’ (1974)- Chantal rodaría aquella película en el cual criticaría la forma de vida de aquellas mujeres ancladas al pasado y totalmente entregadas a las típicas tareas hogareñas. Pero a la vez, ofreciendo divertidas alternativas, propias de la niña rebelde -la artista- en que se estaba convirtiendo… por eso no dudaría en exponerse llegando incluso a hacer el amor con otra mujer en aquel su primer largo.

Por todo ello se podría pensar que su cine triunfaría si presentado en festivales de carácter gay y otros del género, tanto por encontrar sus temáticas en el feminismo y otras convenciones apartadas del mainstream, como por su arriesgado e innovador carácter, pero Chantal jamás lo vio de esta manera y nunca aceptó ninguna de aquellas invitaciones. El suyo era cine y punto. Sin más calificativos que el de ser su propia apuesta. Y esto quizá pueda darnos la sensación de que era una testaruda de ideas fijas, pero es su vis cómica -desplegada a lo largo de toda su filmografía- que resulta fundamental para entender el tipo de apuestas en qué se convertirían muchas de sus películas. Su postura universal y sus chistes se pueden entender aquí y en China.

Chantal iría creciendo y a poco y poco se iría reafirmando en cuestiones más abstractas. Conductas percibidas en la sangre que no merecen lógicas preguntas sino reflejos de pensamientos que podrían devenir pura y mecánica necesidad. Se iría adentrando en paisajes más extraños y simbólicamente más herméticos y a su vez, también así, implicando cada vez más al espectador. Proponiéndonos trabajo extra frente a los ademanes naturales de la pura reflexión.

Sus denuncias, repletas de absurdos gags se transformarían en mantras tan incómodos como en esta película que hoy os sugerimos. Tan incómodos como esenciales, porque finalmente, aquellos puede que formen parte de la propia estructura del ser. Y si no, paradójicamente, quizá deberían.

Tal vez esta sea precisamente la joya de la corona de su extensa y embriagante filmografía: ‘Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles’ (1975), en la cual, a la vez que se adentra profusamente en el día a día de una ama de casa, habla de mil mujeres que siguen viviendo similares y repetitivas situaciones a diario. Durante toda la vida.

En contraste y al mismo tiempo, estas mujeres no solamente aseguran su propia confianza en el destino -curiosamente no porque traten de practicar la existencia a través de lo conocido- sino desde lo profundamente asimilado, como parte intrínseca e indisociable del propio ser.

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Jeanne es una ama de casa viuda que vive con su hijo adolescente, y no porque haya muerto su marido se decide a cambiar de estilo de vida o echarle de menos anclada a la nostalgia. Ella sigue su periplo prediseñado y todas las noches prepara la cena antes que llegue su hijo del colegio. Todos los días excepto los fines de semana. Una toalla delicadamente colocada en cima de su cama anuncia -desde que la hace por la mañana- la visita de un cliente habitual. En la sopera decorativa de la mesa del salón, cada noche -antes que llegue el niño a cenar- deposita el dinero que aquellos hombres le dan después de haber estado en su habitación. Todo es normal.

A la mañana siguiente se lava las manos al despertar, prepara el desayuno y ayuda al niño a ponerse la bufanda antes de despedirlo para más un día de colegio. Le da dinero para el almuerzo y algún libro que le pueda hacer falta y luego se va a la compra. Lleva los zapatos del niño al zapatero o se toma un café en su cafetería habitual. A veces la vecina le deja el bebé un momento, mientras baja a por el pan seguramente.

Jeanne es una ama de casa típica y ahorra como la que más. Jamás olvida apagar la luz cuando se va de una habitación, cuando deja el pasillo, el baño o la cocina.

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Jeanne siempre va muy arreglada. Es muy guapa y ni un segundo abandona la pantalla. Es uno de esos seres que sabemos que existen. Todos sabemos que están ahí porque las camas no pueden aparecen hechas por arte de magia y la comida no puede aparecer aún caliente en la mesa venida de la nada… Pero Jeanne Dielman es uno de esos seres que raramente vemos porque nunca nos hemos fijado como se hace una cama, como se cocina tal o cual plato… Y aquí Chantal nos la enseña en todo su esplendor. Ahora existe finalmente. Ahora existe casi totalmente.

En su día, en Cannes, cuando presentó la película, su corazón quería desparramarse en el suelo cada vez que oía como se cerraba más una butaca del teatro, porque el público fue abandonando la sala dónde se proyectaba. Casi se quedó sola del todo.

Debemos decir que la película tiene -pese a que muy justificadamente- más de tres horas de repeticiones infinitas de la vida de esta ama de casa que solo una excepcional mañana se levanta con el pie izquierdo y pierde un poco los papeles. Está como atontada, aturdida. No está deprimida porque por aquella época la depresión aún no existía, claro! Pero aquél día ni siquiera su pelo está arreglado como de costumbre.

Se le olvida apagar una luz. Se le olvidan las patatas en el fuego. Y tal vez incluso de ponerle la tapa a la sopera decorativa de la mesa del comedor.

Finalmente, en Cannes, no habrán abandonado la sala un buen puñado de promotores y Chantal pudo presentar con enorme éxito su flamante película en el mundo entero. Al parecer, ese día tuvo más de 50 ofertas.

De todas formas, no extraña que antes o después Chantal explotase o quisiese explotar tratando de edulcorar todas sus sensaciones a través de la creación de personajes completamente ideales y lo más alejados posible de la realidad misma. ¿Cómo superar un éxito tan rotundo a la temprana edad de 23 añitos? Quizá este haya sido uno de sus golpes de efecto más acertados e idealmente aplaudidos.

De Jeanne Dielman podríamos seguir hablando largo y tendido durante tiempo infinito, pero dejaremos que la veáis que para eso os la recomendamos con todo nuestro corazón.

Solamente remachamos que Jeanne es una mujer que no sufre pese a ser en un auténtico robot. Quizá no lo sepa y por eso mismo no sufra. Eso es todo lo que hay que saber de esta bizarra cinta. Y un pequeño apunte más: hay algo muy hondo que nos indica que todos sus gestos aprendidos posiblemente aún estando en el seno materno, son los más apaciguadores a los que hayamos asistido. Rituales a la mano de cualquiera por si optamos por no ir a misa, o algo así. ¡Una paz!

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Lo cómico y lo punky de caramelo propio de la niña rebelde que fue Chantal se convertiría progresivamente en irónico retrato de la sumisión y su ridícula existencia. De pronto, todos sus personajes empezarían a asentir y a decirle que sí a todo. Todos serían extremadamente reflexivos y profundamente comprometidos con el prójimo al punto de prácticamente dejarse evaporar a sí mismos. Y curiosamente sin anularse, sino adquiriendo una nueva dimensión. A bien ver, dimensión bastante desconocida en el mundo que nos rodea y que sería algo así como la perfecta sublimación del ser.

De las más que necesarias denuncias feministas podemos ver como esta niña loquita y armada de poco más que de su potente empuje, iría creciendo y visitando mil y un sitios en su propio corazón. Mil y una realidades a lo largo y ancho del globo para reflexionar sobre la condición humana.

Llegada a Nueva York -después del éxito obtenido con su largo de 3 horas- sin dinero y ocupada en mil trabajos, destacaría como taquillera en un cine porno gay cuyos clientes entrarían tan aprisa que ella prácticamente les robaría cuando comprasen el billete. También un buen día se habría encontrado una sugerente cantidad de bobinas de cine virgen que utilizaría de inmediato para rodar ‘Hôtel Monterey’ (1975), aunque aquel día cuando llegase a casa solo pudiese seguir mirando de reojo… la extraña sensación de estar siendo perseguida por su sombra, pero quizá alguien más quisiese quedarse su tesoro…

Con mil anécdotas en el bagaje, se iría dando cuenta de su incapacidad para pertenecer, para sentirse parte integrante de algún lugar en particular. Por eso la pertinencia de su ‘News from home’ (1977), un delicado documental que encontraría su razón en la distancia. En aquellas calles sin nombre, aquellas paradas de metro amorfas, aquellos interminables planos en dónde no ocurre más que la calma diaria de un vacío consustancial. Y sobre todo, en las cartas que le mandaría su mamá después de haberle ingresado más 20 dólares, no fuese ella estar necesitando alguna cosa. O estar pasando hambre, o frío. Poder quizá así darse algún pequeño capricho. Veinte dólares ya entonces no era demasiado, no! Pero el amor de su madre siempre había sido inmenso, y respecto a este tema no hay película que lo haya sabido recoger mejor. Esta película genial simplemente se alimenta de aquellas cartas:

Se casa tu prima pero no vamos a ir a la boda, tu papá no puede dejar el trabajo. A mí me sigue doliendo la espalda y me van a tener que arrancar una muela, ya no hay otra solución. No podemos enviarte más dinero este mes pero dime si has recibido los veinte dólares que te mandé la semana pasada. Cuéntame que has hecho, sabes que vivo para leer tus cartas y necesito mucho saber cómo estás. ¿Te sirven los pantalones que te mandó tu hermana? No quiero reprocharte nada porque sé que no tienes tiempo, pero por favor escríbeme más a menudo.

Cartas simples que en la soledad de la ciudad inmensa -pese a que reine toda la libertad del mundo- resuenan con el eco de nuestra propia añoranza.

Intercalando este tipo de ideas simples e innovadoras con películas de corte más complejo y convencional -por conferirles cierta proximidad, porque de hecho ninguna de ellas es totalmente convencional- Chantal iría diseñando una carrera plagada de sentimientos muy próximos y distanciados entre sí a un tiempo. Una suerte de divergencias que tan solo en su película ‘Tout une nuit’ (1982) demostraría en las mil posibilidades del amor y del desamor en tan solo una noche de verano, de insomnio y mil gestos. Hay una escena que tal vez pueda condensar gran parte de sus miles de posibilidades: Una mujer harta de ver como duerme su marido en el sofá sin hacerle ningún caso… Como aquel sigue durmiendo una vez llegados a la cama, y la situación no da muestras de cambio, en plena noche, la mujer decide hacer la maleta e irse andando a un hotel. A la mañana siguiente -aún de madrugada- deja el hotel para volver a casa justo antes de que él se despierte. Quizá porque mientras tanto se despertó una inmensa tormenta veraniega que sustituyó todo el bochorno por una renovada esperanza.

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Intercalando películas de ficción con documentales sobre arte -como ‘Un jour Pina demandé…’ (1983), sobre la creación de un nuevo lenguaje de la mano de la bailarina y coreógrafa Pina Baush. U otros dedicados a la violoncelista Sonia Wieden-Atherton. U otros radicalmente tan terribles como aquel que cuenta de la situación de los mejicanos que ilegales tratan de pasar la frontera a Estados Unidos, de como tantos mueren en el intento -‘De l’autre coté’ (2002) (Al otro lado).

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O aquel otro en el cual al sur de Estados Unidos sigue más que vigente el racismo y las políticas de grupos radicales de extrema derecha que se infiltran en congregaciones religiosas para propagar su credo, ‘Sud’ (1999). O aún el literalmente minimalista y plagado de interrogantes ‘D’Est’ (1993), en el cual retrata a miles de personas esperando el autobús en un frío y mortal escenario de un día cualquiera, después del colapso de la Unión Soviética.

Y el estremecedor y resplandecientemente creativo -uno de nuestros preferidos- ‘Là-bas’ (2006). La fórmula adoptada por Chantal cuando llegaba a estos sitios era la de vaciarse de todo tipo de prejuicios sobre el posible destino, el camino o incluso el tema en qué derivase su proyecto documental. Sabía perfectamente que a partir del momento en que su cámara encuadrase lo que fuese estaría subyugando la realidad a lo que ella propia viese. Por eso trataría de ser lo más natural, espontánea y realista posible. No hacía cualquier tipo de plan y se dejaba ir a la deriva, a dónde el viento le llevase. En este caso tenía intención de hacer un documental sobre Israel y la situación real de sus gentes. Ella también era hija de Israel, aunque los rabinos y personalidades que tenía intención de filmar la mirarían de reojo, como a una prófuga modernilla o algo así… por estar profundamente apartada de sus raíces.

De todas formas, su familia hacía mucho que había abandonado la práctica religiosa -su padre siempre se había negado a llevar la estrella de David en el brazo- y ella nunca tuvo ninguna relación con aquel asunto -que luego se volvería totalmente tabú-. Aunque si queremos serle fieles a la verdad: tener unos padres de origen polaco que estuvieron a punto de ser calcinados en el campo de concentración más famoso del mundo, tal vez no sea algo tan distante en la vida de uno.

Chantal se puso enferma nada más llegar a Tell Aviv. Una amiga le había dejado su apartamento en dónde ella se quedaría durante toda su estancia en el agitado país. Por eso toda la película transcurre en casa y solo se puede ver la vida diaria de los habitantes de los edificios de enfrente cuando salen a sus balcones. Solo se puede ver aquel mundo a través de unas esteras en las ventanas, que velan una realidad que nadie parece querer realmente mirar de frente.

Ella se llevó unos dificilísimos libros con la intención de adentrarse lo más posible en sus temas y motivos, pero terminó con miedo de salir a la calle, bajando solamente a la marginal contigua al edificio para comprar cigarrillos y arroz y zanahorias. Lo único que su gastroenteritis le permitió comer durante todo el tiempo. Mientras observaba a los vecinos, en voz alta reflexionaba sobre la situación extrema que arrasaba Israel, sobre el terrorismo y temas totalmente terrenales que parecerían no venir a cuento, enlazados con un estremecedor pánico solo superable a través de la claustrofobia patente.

Los humanos y nuestros infiernos. Y hasta lo más hondo fue Chantal a preguntar. No por no obtener respuesta coartó su creación, al contrario. Esta es una de sus más brillantes películas.

Chantal hizo por lo menos dos películas musicales, y varias fueron auténticas comedias devotas a filosofías ligeras y otros blancos suspiros. ¿Qué nos decís por ejemplo de aquella encantadora y tan atípica propuesta que fue la comedia romántica que le pidió Juliette Binoche que le escribiese, ‘Un diván en Nueva York’ (1996)?

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Al parecer su padre no estaba demasiado contento con su profesión y entonces ella le preguntó: ¿Y qué pasaría si hago dinero con ello? A lo que su papá contestó: Ah, en ese caso puede que sea algo más interesante… Se puso enseguida con el guion. Lo que ocurrió fue que ni William Hurt ni Juliette Binoche quisieron hacer cualquier tipo de promoción a la película. Los críticos empezaron por decir que la Akerman se había cambiado de bando y que de sus interesantes y experimentales propuestas se había pasado al lado oscuro, que se había vendido. Y lo dijeron sin tan siquiera haber visto la película. Por otro lado, los que no la conocían tampoco tenían suficiente apelativo para ir a verla y cuando finalmente algunos de aquellos críticos la viesen y todos empezasen a alabársela, ya había pasado su tiempo.

Al final ni con su comedia romántica más popular lograría hacer dinero, pero el resultado es realmente bello. Es una gran comedia romántica llena de sorpresas y detalles de lo más entrañable que no nos importaría nada comentar en otra ocasión.

Chantal está allá arriba, pero estuvo abajo y al este y en todas partes. Conoció toda la humanidad entera y se fue triste. Nosotros solo podemos mandarle un enorme beso desde aquí. Darle las gracias por siempre, por todo. Aunque ya no nos pueda escuchar.

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