¿Pero ridículo por qué?

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Aunque nuestra tendencia natural nos inste a mirar con ojos superiores a todos y cada uno de los personajes de Bruno Dumont, tengamos bien presente que el suyo es el tiempo de los poetas. Y el coeficiente intelectual, la parálisis cerebral, los retrasos en todo su amplio espectro de grados y gradaciones y los estados maniacos depresivos y otras formas de enfermedad mental, en esta materia tienen poca o ninguna cabida. El tiempo del pensamiento -y también el de los sentimientos- es bien común de toda la humanidad.

Todos pensamos, y además -antes o después- todos somos dados a lo sublime de la existencia que nos tocó vivir conforme a nuestras propias tendencias e inquietudes. En tal asunto quizá incluso convenga no pensar con demasiada claridad o necesariamente chafamos el prodigio.

Sin que tengamos que entrar en valoraciones de si se vive mejor pensando de determinada forma: dejando de pensar o pensando sin parar en una dirección concreta, como diese el caso de poder ser la de nuestros objetivos particulares -quizás demasiado sobrevalorados- consideremos tal idea -innegablemente constrictora- para lo que aún podemos llegar a vivir si simplemente nos lo permitimos. Sin prejuicios.

Esa debería ser la imprescindible lección que aquí aprendiésemos, no fuese que…

Puede que suene ridículo, falso e incluso incoherente, pero es cierto que no hay quienes sean más propensos al pensamiento que otros. Simplemente el pensamiento se rige por sus naturales leyes de libertad y cada uno va a dónde más le apetece o a dónde no tiene más remedio que dirigirse. Por eso el pensamiento es único y singular. De ahí la enorme riqueza humana…

Tomemos como ejemplo el policía atormentado y depresivo de ‘L’humanité’ (1999). Pharaon De Winter, sublime interpretación del no actor Emmanuel Schotté –palma de Oro a la mejor interpretación masculina en el festival de Cannes de 1999-. Aquel policía -quién habría perdido su mujer y su hija- se detiene en el tiempo de la existencia en su hermético pensamiento. Por ventura el fruto más dulce de la existencia misma…

En puro estado de abiosis al conocer el reciente suceso del caso de la niña muerta y violada que tendrá que investigar, Pharaon puede que no sea el policía más brillante del mundo, puede que no sea el más expresivo e idealista de los seres, pero es en calidad de aventajado poeta -cuya sensibilidad roza la costra del pensamiento más íntimo- que nos enseña lo sublime.

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Pharaon no solamente piensa siempre que tiene ocasión, y no le falta tiempo para hacerlo puesto que la ley manda que se empiece a trabajar el lunes. Al fin al cabo, el fin de semana es sagrado. No solamente piensa cuando tiene tiempo para divagaciones porque incluso en horas de servicio, sus ojos abiertos como ventanas hacia otra dimensión, no dejan de -veladamente- revelarnos sus tristes demandas respecto a la existencia. Tratando de indagar el porqué de todas las cosas… Especialmente las concernientes a la maldad humana, que de algún modo, en su sabia y torturada mente, logra entender mejor que nadie. Intachable, Pharaon quizá sea el ser más bello alguna vez salido de la pluma de un cineasta. Y se dice pronto.

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Quizás podría aseverarse que el tiempo al que se dedica el pensamiento de Bruno Dumont es el tiempo de los poetas analfabetos, o algo así… porque en un primer vistazo nos vemos intrigados con nosotros mismos prejuzgando estos bellísimos seres, pese a que sean grandes como el universo. Los encontramos ridículos y de inmediato los tildamos de subnormales, tontos y estúpidos -especiales- que se diría siendo políticamente correcto y que en contextos como el presente nadie podría jamás llegar a percibir a qué nos refiriésemos… ¿Seremos cazurros?

Juzgando de esta forma a aquellos bellos personajes, no es más que un mero atisbo de nuestro instinto el que asoma. Instinto del cual, por otra parte, también todos ellos comulgan. Y no obstante, luego es en ellos precisamente en quienes depositamos nuestras más sanas envidias esforzándonos para acercarnos lo más posible a sus vidas… salvando distancias, claro está… Nos referimos -subentiéndase- a toda su capacidad de soñar, de abstraerse, de levitar…

Todos ellos son grandes como el infinito en su pobre condición: pueblerina, de retrasados, deficientes, anormales, idiotas, imbéciles… y aunque existan muchos más calificativos para describirles, desconfiamos que todos ellos existen expresamente para juzgarnos a nosotros, en cuanto espectadores. Por eso nos cuidamos de poner entre interrogantes el título de la entrada de esta semana, no vaya a ser que…

Pensemos por otro lado que alabar de esta forma la falta de miras de majaderos, bobos, memos, mentecatos, estúpidos, gilis, torpes y necios… tampoco es que nos deje en muy buen lugar. Faltarían sentidos para colocarnos en tal tesitura y sin embargo… ¡Qué poetas! ¡Qué envidia!

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Consideremos que cuando estamos pensando nosotros mismos, absortos… la cámara de Bruno no apunta hacia nosotros. Seguramente, de ser así, tendríamos la misma cara de estupefacción, de idiotas y anonadados atontados, como los bellísimos retratos que realiza este profesor de filosofía, que habrá impartido clase hasta los treinta. Probablemente nos embelesaría nuestra obtusa expresión de incomprensión general, tanto como con ellos.

Bruno se dice fan incondicional de Michael Haneke, Brian de Palma, John Waters, Yorgos Lanthimos, Antonio Campos, Stanley Kubrick, Ingmar Bergman, Pier Paolo Pasolini, Roberto Rossellini y Abbas Kiarostami. Y se considera un artista visual más que un contador de historias al uso. Sus films no son para nada naturalistas porque tratan la transfiguración. La revelación en la cual la verdad termina por sustraerse a la apariencia, enseñando finalmente la propia cultura y naturaleza operada en el cambio.

Sus películas pertenecen a un mundo poético, totalmente surrealista y por tanto se acercarán, precisamente por ello, más a la realidad. Bruno subraya que: “la única forma de luchar por la realidad es ir a través de la realidad, esa es la paradoja”

(en http://www.imdb.com/name/nm0241622/bio?ref_=nm_ov_bio_sm revisado el 20-04-2017).

La contención del protagonista de ‘Flandres’ (2006), el tímido Samuel Boidin -también no actor– actúa sin pensar. María va con las demás… cuando se alista y finalmente se va a la guerra con los otros chicos del pueblo, también él se dedica a los menesteres propios de los soldados. Violar, por ejemplo, no solamente es una practica corriente entre los miembros de este gremio, sino que es algo así como una compensación que de cobrarla puede tener un incómodo efecto de represalia: seguramente tus compañeros te preguntarán si eres maricón y eso…

El tímido André Demester -granjero- que interpreta Boidin, suele verse con una chica un poco ninfómana que también se lía con otro de los chicos del pueblo. En realidad él está enamorado de Barbe (igualmente salida), aún más guapa pero que ni tan siquiera se fija en él. Al respecto, André guarda una procesión de sentimientos que no quiere o no sabe poner de manifiesto. Parece que le falta sangre. Es su carácter.

Él tiene su corazón en su sitio y piensa porqué su vida es como es, porqué su novia no le merece exclusividad, porqué se deja llevar por la corriente sin hacer acto de existencia. ¿Existirá?

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Quizá esta sea la película más minimalista que hizo Bruno… a pesar de la magnifica filigrana de sus amplios y arrolladores paisajes relativizando el peso de sus personajes y a pesar de su figuración expresiva inspirada en la clásica pintura flamenca de Hugo van der Goes o de Pieter Brughel. Repleta de seres deformes, ambiguos, y necesariamente feos.

La brutalidad y la sugerente ensoñación de Goya seguro que le condujo más que el oropel que suele gastarse en el cine. Y es probable que no hubiese logrado grandes resultados si ‘Flandres’ la hubiese protagonizado un actor al uso. Todo su peso recae en los hombros Boidin, que no solamente es totalmente sincero cuando Bruno le está grabando -dejando que su timidez aflore- sino que así, logra transportarnos a lugares del pensamiento que no quisiéramos tener que abordar. No obstante, los identificamos y reconocemos plenamente, quizá ocultos en algún receso de nuestro ser más inabordable.

Dentro de su filmografía, su apuesta más atípica es ‘Twentynine Palms’ (2003). En ella reflexiona sobre una obsesión amorosa que roza la idiotez y por eso se integra en el conjunto de su pensamiento. Este director natural de Bailleul, Nord-Pas-de-Callais, la región más al norte de Francia -parte de los montes de Flandres- Plaine de la Lys. Sería la región en dónde localizaría casi todas sus películas. Aunque en esta ocasión se hubiese trasladado a California y los protagonistas de ‘29 Palms’ -la guapísima Yekaterina Golubeva y el actor David Wissak (que se nos antoja parecidísimo a Johnny Marr)- sean actores más bien típicos. Por aquello de que han estudiado interpretación y han trabajado con otros directores. Pero finalmente sus personajes también les traen por derroteros similares a los experimentados por sus no actores. Nadie puede ser realmente un experto en estos asuntos.

Es en el idílico paseo que hace la pareja al desierto -una de aquellas escapadas que todos deseamos hacer (cuando las hormonas insisten en ponernos a 100)- es en su paseo que se instala una clase de pensamiento más bien parco, que les libera hacia la ausencia y la contemplación.

Perdiéndose a sí mismos, Katia y David, mientras tocan hermosos árboles de Josué en sus monótonas vacaciones se irán adentrando por caminos sin nombre. Se pelean y se besan a un tiempo. Follan como si la vida les fuese en ello y el pensamiento se les detiene en beneficio de un delirio amoroso/sexual más libre. Y luego, toda aquella actitud hueca y despreocupada, les pone en ridículo cuando el pensamiento precisamente entra en juego entorpeciéndolo todo… transfigurando la misma esencia de estos dos enamorados.

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El honor, la fidelidad, la exclusividad, la hombría, la emancipación, la inseguridad y la seguridad en uno mismo -siempre tan de la mano- en esta película se enseñan a través de las tuercas sueltas de ambos. Sus folladores protagonistas están completamente de la olla. Y son las tuercas mal apretadas que construyen el entramado de manía que va afeándoles, pese a todo su potencial. El cual echan a perder en su superficie sin fondo.

Con una sorprendente y violentísima vuelta de tuerca final, Dumont pinta en ‘29 Palms’ una intensidad amorosa llevada tan a rajatabla que seguramente se le podría llegar a encontrarsimilitudes con aquella otra que conocemos como devoción religiosa. Como si no hubiese más que Dios. Como si no hubiese más que Amor.

Por ejemplo, en ‘Hadewijch’ (2009), la novicia que se pasa el día en largas caminatas por el convento y rendida en fervorosa oración, tratando de ser escuchada por un dios de quien no recibe respuesta a cambio, es buen ejemplo de ello.

Hadewijch está tan profundamente enamorada de Él que se entrega a la abstinencia dejando de comer a ver si así obtiene respuesta… aunque con ello incurra en desobediencia a la madre superiora, quien está cada vez más preocupada con su estado de salud.

Esta bellísima poetisa de veinte añitos, se atiene a las consecuencias de sus actos de martirio por una pureza inabarcable, tan propia de iluminados.

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Como medida profiláctica, la madre superiora termina enviándola a casa a que se reencuentre consigo misma. Que retome su vida normal.

En aquel reencuentro -volviendo a ser Céline- un día la novicia conoce a Nassir y a Yassine, dos hermanos musulmanes que dejarán en ella la razón de sus propias necesidades religiosas. La necesidad actuante y revelada de los verdaderos fieles que siguen creyendo en un dios que paulatinamente habrá ido siendo dejado en el olvido y al cual dejaron de reconocerse sus mártires. Por eso los radicalismos islámicos son la solución. Incluso para la católica Céline, el martirio es esencial.

El amor a dios invita a la necesaria pulsión violenta de los hombres en este estado de cosas. Por eso Céline se alía a ellos. Por puro amor a dios.

También en ‘Hors Satan’ (2011) -traducido como ‘Fuera de Satán’ y que vendría a significar algo así como ‘Excepto Satán’, ‘A excepción de Satán’, el ateo Dumont hace gala de extremas cuestiones morales que parecen rondar, siempre al acecho. Aunque nos neguemos a tildarlas precisamente de morales.

En este film también hace gala de un magistral actor -también dicho no actor (extraña convención)- el increíble David Dewaele. Quién con tan solo 37 años de edad, moriría de un ataque al corazón en 2013.

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En completa fusión con una naturaleza de enorme belleza, el asceta protagonista de ‘Hors Satan’ -la película que más hondo nos caló de cuantas hizo Dumont- encarna una especie de Cristo Satánico que deambula entre el pequeño pueblo y el campo. Se dedica a pescar y a hacer fuego, y su principal ocupación cuando no está tratando de hacer justicia entre los hombres, es rezar.

La inmensidad le sostiene y el cielo es testigo de su gracia. A su vez, él sostiene a los hombres con quienes se cruza en su humilde condición de indigente sanador, pero también en calidad de implacable justiciero.

Se ha hecho muy amigo de una chica a quién ayuda respecto a los abusos que ha sufrido aquella por parte de su padre y por eso se pasean juntos por las dunas y por los bosques. Dando gracias por su libertad recobrada. No es tiempo de palabras sino de éxtasis contemplativo. De milagros y soluciones fehacientes.

De la mano visitan los estanques apaciguando la ira del demonio. Y en los estanques nuestro Cristo Satánico también puede quitar la vida. Restablecerla si ello es lo correcto… como seguramente afirmarían muchas religiones al respecto, aunque matar sea pecado mortal.

No cabe la menor duda que matar es la mejor solución en muchos casos. La violencia puede que esté mal vista pero también puede advenir auténtico acto divino, y si no, fijémonos en el maravilloso cartel de esta extraña maravilla. En él, la piedra que sostiene Dewaele es para asestarle el golpe de gracia a un moribundo…

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Allá por los noventa, principios de los 2000, surgieron una serie de películas radicalmente intensas en evidente oposición a los obtusos extremismos de derechas que empezaron a surgir un poco por toda Europa y especialmente en Francia. Los polémicos Gaspar Noé, Claire Dennis, François Ozon, Alain Guiraudie, entre otros, serían algunos de los abanderados precursores de filmografías tan interesantes como radicales.

Quizá tan rabiosos como decididos a emplear todo de lo que pudiesen echar mano con tal de gritar con que se los oyese -como en aquellos experimentos gore del David Cronenberg de ‘Cromosoma 3’ (1979), ‘Scanners’ (1981), ‘La mosca’ (1986), ‘Videodrome’ (1983) o ‘Crash’ (1996)- litros y litros de sangre serían parte considerable del presupuesto empleado en sus cintas de corte físico y visceral. Probablemente, tratando de forjarse un cuerpo sin órganos, sin agujeros y totalmente hermético, estos artistas crearían un discurso que no le envidiaría lo más mínimo al cine fantástico y de cruento terror… aquel de podridas vísceras expuestas. Además, su mensaje sería claro como el agua y no un mero pasatiempo o entretenimiento, aunque de camino pudiese también hacerse con los beneplácitos de la taquilla.

Gaspar Noé, estrenaría ‘Solo contra todos’ (1998) y no bajaría el listón en sus hazañas: en ‘Love’ (2015) se congratularía de haber rodado dentro de una vagina para una película de ficción: ¿Qué pensarían respecto a la patente de su cámara, los sexólogos Masters & Johnson?

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Claire Denis, con películas tan peliagudas como ‘Trouble everyday’ (2001) o ‘Los canallas’ (2013), también se fijaría en el sexo extremo al que se entregan poderosos señores del dinero y otros enfermos…

Y desde un punto de vista quizá más lascivo aunque no menos inquietante e inquisitivo, Alain Guiraudie, quién se cuestionaría a cerca de la sexualidad de sus personajes o la importancia que aquella adquiere en detrimento de la posibilidad del amor, como en la famosa ‘El desconocido del Lago’ (2013) o en la incomodísima y fascinante a la vez, ‘Rester Vertical’ (2016).

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Más socarrón, Ozon también haría lo proprio con su particular versión Hänsel y Gretel, por ejemplo. Como pudimos atestiguar en nuestra entrada al respecto:

https://elcinequellevamosdentro.wordpress.com/2017/05/26/mi-bebe-alado/

A aquel cine radical, dispuesto a enfrentarse físicamente con la indecencia perpetrada por la extrema derecha y los neo-nazis, se le conocería como el nuevo cine extremo francés- que en sentido despectivo trataría así de calificar el crítico James Quandt. Probablemente asqueado con cintas tan directas y contundentes, bastiones del movimiento como ‘Frontiere(s)’ (2008) de Xavier Gens o ‘Martyrs’ (2008) de Pascal Laugier.

También calificado por Tim Palmer como nuevo cine francés du corps (cine de los cuerpos) que explicaría por la exposición narrativa de este tipo de cine, ajeno a la psicología del carácter de sus personajes para hacer especial hincapié en su corporalidad.

En el cine de Dumont la sexualidad no suele constituir leitmotiv per se, pero aquella sí puede advenir enfermedad, vicio y suele suceder a violentos brotes de patente insensibilidad. Sus personajes son tontos, estúpidos y subnormales, por lo tanto, sí se le podría aplicar la revisión de Palmer. Y por supuesto, al despectivo calificativo de Quandt, al cual los propios autores no les harían ascos. Precisamente les vendría como anillo al dedo.

Somos víctimas de nuestro tiempo y tan ineludible hecho no podemos sortear. Si con las piedras que me tiran no construyo mis muros no pasaré de un Freddy de la vida.

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De la frente permanentemente fruncida de Freddy -el primer no actor que trabajaría a las órdenes de Dumont, David Douche- en ‘La vie de Jésus’ (1997) ya pasaron unos cuantos años y títulos suficientemente atractivos como para no considerarlos extremos.

En aquella primera película del francés, el protagonista epiléptico y aparentemente buen hijo de la mujer del bar del pueblo, en realidad no pasaba de un cabronazo que se pasaba el día recorriendo el pueblo a toda ostia en su moto, cayéndose de propósito (el muy demente) y follando con su novia a lo bestia. Ocasionalmente metiéndole mano a alguna niña gorda y sobre todo metiéndose con el niño árabe recién llegado al pueblo, tan solo por el mero hecho de ser árabe, precisamente.

Él y sus amigos seguro que no asistieron a ninguna de las clases de filosofía del cineasta primerizo que era Bruno entonces. Y tristemente, Freddy, en un arrebato de celos por haber visto el árabe ir detrás de su novia, toma la peor de todas sus iniciativas, el muy burro.

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Años después, Bruno contrataría a Juliette Binoche para su primera colaboración. Se trataría de dar vida a la amante del escultor August Rodín, caída en desgracia y encerrada en un manicomio del que no volvería a salir, por no haber sabido soportar los devaneos amorosos de su adorado maestro. Nuevamente, la locura en forma de obsesión amorosa…

Es en el invierno de 1915, la escultora: ‘Camille Claudel 1915’ (2013) sería internada por su familia en aquel asilo para enfermos mentales del sur de Francia. No volvería a esculpir y ya tan solo se limitaría a esperar la visita de su hermano, el escritor Paul Claudel, durante 30 años, hasta el día de su muerte.

Bruno rodaría esta estremecedora película en un verdadero manicomio, donde Juliette actuaría rodeada de auténticos pacientes con problemas mentales.

Y finalmente se diría que Bruno habría vendido su alma al diablo por aquello de hacer caja. Las sandeces que hay que oír con esto de la crítica. Vamos estando curados de espanto y si no, que venga dios y lo vea:

“Sabes, tengo el deber político de alcanzar el público general. Quiero hacer películas que las personas quieran ver. Así que si las personas quieren ver a Johnny Depp o a Tom Cruise, entonces es mi trabajo incorporarles en mis películas. (…) No quiero permanecer en las extremidades, no deseo hacer películas que solo vean los bohemios de Londres y París” (en http://www.imdb.com/name/nm0241622/bio?ref_=nm_ov_bio_sm revisado el 20-04-2017).

Por eso Bruno se habría traicionado a sí mismo, se habría contradicho cambiando radicalmente su tono. ¿Pero a qué cambio se referirán ciertos críticos? No sé, pregunto!!! ¿Al primero, al segundo, tal vez… al tercero?

Ahora dicen que se ha pasado a la comedia esperpéntica ¿qué coherencia puede haber en ello?

Pero si justamente antes de su película más triste, la de Camille Claudel, había hecho una las obras más extrañas y moralmente más extremas de las que tengamos razón, la de ‘Fuera de Satán’. Antes de aquella, otra totalmente religiosa e iluminada, la de ‘Hadewijch’ pero quizá, buena parte de su cine esté efectivamente inmerso en tonos demasiado difíciles de clasificar precisamente por tratar la transformación, la enfermedad mental, la revelación, la iluminación, y la mismísima humanidad, siempre dada a todo tipo de humores. Vaya por dios.

A lo largo de su filmografía hay huellas de su propia alma esparcidas por doquier… y seguro que si Bruno lee esto le hará mucha gracia lo de su alma, en la cual creerá acérrimamente, por supuesto! En todas sus películas hay transcendentales cambios de tono y en prácticamente cada fotograma tenemos que hacer un cierto esfuerzo tratando de alcanzar el estado más adecuado para absorberlo con la apertura que se le merece.

Ninguna de sus películas está depurada y filtrada al punto de poder tenerse como algo serio en una erradicación total de los humores risibles. Y resulta que tampoco ninguna de sus más notables aproximaciones a los estados de gracia y a la fe ciega de los hombres tampoco están exentas de hacernos cavilar relativamente a posturas mantenidas respecto a la gracia que en ellas se pueda contener.

Precisamente, es en el cruce de géneros -o la revelación de otros nuevos- que quizá resida una de las más florecidas y olorosas flores de la creación de este hombre.

Todos sus tonticos, beatos y otros creyentes. Todas las absurdas historias que alguna vez escuchamos, aquí están elevadas a este nuevo tono no ilustrado y sin ascensión acreditada. Todos aquellos monstruos al acecho… Seguro que son ellos los culpables, tan feos y deformes. Auténticos abortos. Aunque solo sea porque sus ojos son demasiado grandes y maldosos, o totalmente vacíos y huecos. La frente gigantesca y arrugada, o diminuta. Cabeza plagada por un cuero cabelludo anormal que les llega a los ojos, indecente… De sus cuerpos deformes y sus ademanes sin mácula ni se hable. Todo ello solo puede significar una cosa…

‘Ma Loute’ (2016), es el hijo del barquero local al que llaman ‘El Eterno’. Barquero que en época veraniega hace pasar los turistas al otro lado de la bahía. A veces les cruza en barca pero la mayor parte del tiempo en brazos, la marea no es tan alta. Evidentemente, los ricos señores que vienen de veraneo con sus caros vestidos y trajes entallados tendrán que cruzar de alguna forma.

Ma Loute está aprendiendo el oficio de su padre cuando conoce a Billie. La seductora y ambigua hija de la familia Van Peteghem. Los nobles que viven arriba, en la mansión con mejores vistas sobre la bahía.

Ma Loute y la extraña niña que le pide cruzar más veces de la cuenta y que le mira con ojos apasionados, terminan enamorándose perdidamente para gran agobio de tan antagónicas familias. Tan dispares, socialmente hablando.

Aquella familia de acaudalados señores es muy extraña. Algo propio de los ricos porque eso mismo cultivan, la extrañeza. Tal y como hacen lo propio con la endogamia -práctica habitual aún en los albores del siglo XX- hermanos y hermanas unidos en santo matrimonio para no contaminar la estirpe, en la cual subyace la más pura de las sangres/la más propia de las locuras y otros desequilibrios que podríamos llegar a considerar prácticamente divinos.

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Aquellas eran épocas de mucha hambre. No para los ricos y para los nobles, claro está. Pero sí para los pobres locales, quienes literalmente tenían que comerse a los turistas. Por eso, de un enorme barreño repleto de sangrientos miembros crudos surge la felicidad en verano. Cuando la bahía se llena de turistas, Ma Loute y sus hermanitos se llenan la tripita.

Y aunque los dos estrambóticos policías Machin y Malfoy -encargados de investigar las desapariciones de turistas en dónde el río entra al mar- sean propensos a las caídas, a rodar en lugar de andar y muy dados a inteligentísimas deducciones, esta película no es un simple ejercicio de humor fácil, chistes traviesos, enrevesados y dados a lo políticamente incorrecto.

Compuesta por un elenco de actores consagrados y no actores, tal vez por aquello de que los ricos saben hacer de pobres pero innegablemente los pobres no pueden hacer de ricos, o entonces porque tan solo los actores con tablas sepan hacernos reír, y en su defecto -por si las moscas- con más motivo aún… en ‘Ma Loute’ podemos ver a Fabrice Luchini, Juliette Binoche, Valeria Bruni Tedeschi y Jean-Luc Vincent. A cada cual más excéntrico y con capacidades más inusitadas. A cada cual con líneas de diálogo más inesperadas y envueltos en situaciones más bizarras y rocambolescas. Juliette Binoche sabía que aquí sería dónde Bruno Dumont se coronase realmente extremo. Ahhhh los críticos siempre llevándose el gato al agua…

Asumiendo su postura frente a la creciente ola de poderosos fascistas, es aquí que la mejor carcajada de Bruno se alza contra toda crítica y deliciosa estupidez. Ganando alas y elevándose sobre la superficie de todas las cosas. No es solamente la carcajada o la sonrisa puesta de principio a fin, es el éxtasis que se personifica para dar paso a una deslumbrante ensoñación. ¿Todo ocurre fuera de la realidad? Toda la posibilidad de nuestra capacidad imaginativa al servicio de un objetivo mayor que nosotros mismos. La verdad en una desconcertante carcajada que por ser verdadera no puede ser ridícula.

En postproducción está ‘Jeannette’ (2017), el musical que promete hacernos vibrar más que bailar. Tenemos muchísimas ganas de ver que será realmente, pero aún más ganas tenemos que llegue la segunda temporada de esta serie inclasificable que fue considerada por Cahiers du cinéma el mejor producto audiovisual de 2014, ‘P’tit Quinquin’ (2014). A la segunda temporada Bruno la ha bautizado como “Coin coin et les exchtraterrestres”… aiii qué ganas!!!

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“P’tit Quinquin” es una canción de Alexandre Desrousseaux que fue originalmente escrita en dialecto Picard en 1853. El picard se habla en dos regiones en el norte de Francia, en Nord-pas-de-Calais – Picardy y en algunas partes de la región Belga de Wallonia. La canción es una nana que adoptaron las tropas que iban a la guerra prusiana de 1870. Hoy día podría decirse que se trata del himno de la ciudad de Lille y de toda la región norte. Dice su estribillo:

“Dors, min p’tit quinquin,

Min p’tit pouchin, min gros rojin
Te m’fras du chagrin
Si te n’dors point ch’qu’à d’main.”

Duerme, mi pequeño bebé,

Mi pollito, mi uvita rechoncha,
Me causarás dolor
Si no duermes hasta mañana.”

Quizá a modo de broma, como quien tira petardos sin mayor maldad que la del niño que solo quiere reírse del susto que sabe provocar, Dumont le ha dado la vuelta a su propia tortilla de forma magistral. Tendrá que hacerse por los dos lados ¿verdad?

Poniendo a consideración y a juicio su propia provocación, como decíamos, no es que ahora se haya dado a cambios radicales negándose a sí mismo. De hecho, el conocimiento surge precisamente de ponerse en causa a uno mismo, de cuestionarse tratando de interpretar lo que uno cree conocer. Para ello hay que probar todos los derroteros del ser, como va haciendo a poco y poco este innegable amante del pensamiento.

La desternillante serie de televisión de cuatro capítulos apenas, aparte de haber sido la gran sensación entre propios y extraños, por todo el bagaje que fue adquiriendo Bruno a lo largo de su filmografía -la cual no dejaría de dejar patente en todos sus deliciosos episodios- transcurre nuevamente en la región de dónde es natural, al norte norte de su país, en la Picardia. De dónde es originaria la canción que le da titulo y también el nombre de su protagonista de 10 años. Un gamberrillo de mucho cuidado que le gusta tirar petardos como mayor diversión, aparte de pasar el día paseándose en bici con su novia Eve y con sus coleguillas. Por los campos o por los bunkers -tan populares en la región- por la playa -gastándole pesadas bromas a los turistas- y por el pueblucho, persiguiendo a los chicos negros, como Freddy en ‘La vida de Jésus’.

Con lo que parecen ser las secuelas de una operación por labio leporino y una nariz torcida, Alane Delhaye es P’tit Quiquin. Quien asiste maravillado a un hecho insólito que trastocará la vida de los lugareños.

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Un alborotador helicóptero aupa una vaca muerta de dentro de uno de los bunkers. Para más inri, al parecer han encontrados restos humanos en el interior del ano del animal.

Algo extraño está ocurriendo y a Bruno no se le ocurre otra cosa que contratar a una especialísima pareja de detectives para desvelar el caso: Bernard Pruvost y Philippe Jore, como Comandante Van der Weyden y teniente Carpentier, respectivamente. A cada cual más lleno de tics y curiosos ademanes. Una tan delicada y detallista psicología de personajes que solo puede afirmar de la singularidad de cada uno de nosotros.

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Tanto los dos policías, los niños y todos los magníficos secundarios que se nos van presentando se quedan tan profundamente asignados en nuestra memoria que es difícil haceros creer que se tratan una vez más de no actores, todos ellos.

En la serie aprenderemos una canción pop que se nos quedará en el oído persistiendo en no abandonarnos nunca. También aprenderemos a poner la mesa de la forma más interesante que nos podamos imaginar -os garantizamos que ya no habrá nadie en casa que se niegue a entregarse a tal labor-. Aprenderemos lo que puede llegar a dar de sí una buena misa por defunción. En caso de arraigada religiosidad y falta de humor, a hacer lo propio con nuestras inaguantables carcajadas.

Nos pasaremos todo el rato embobados mirando la pantalla esperando a ver por dónde se van a salir estos extraños y divertidos personajes, que para vivir en un sitio con tan poca oferta se lo pasan pipa. Todo ello caldeado con un número exagerado de muertes que no se podrán justificar llanamente. Crímenes totalmente sin sentido por aquello de que las vacas están locas, pero que luego se tratará de verificar la hipótesis de que sean efectivamente crímenes pasionales, los cuales a su vez no encontrarán asidero puesto que sus supuestos perpetradores también terminaran dentro del culo de alguna vaca.

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Hubo quien comparase esta delicia visual repleta de anti-héroes y paisajes de quitar el hipo, con la genial ‘Twin Peeks’ de David Lynch y Mark Frost. Por lo que pudimos ver hasta ahora de lo que llevamos de temporada -después de 25 años de parón- no podríamos afirmar que sean exactamente parecidas, pero de David Lynch ya hablaremos, ya.

Si ya habéis empezado a ver la tercera parte de su extraño brillante que reluce más allá de cualquier convención, no os detengáis, pero id por nosotros, ‘P’tit Quinquin’ no solamente se convertirá en vuestra serie de cabecera (aunque sea solo por cuatro noches, si es que os aguantáis sin verla toda del tirón) sino que os romperá todos los esquemas y no sabréis de qué planeta habéis llegado.

Descifrar el enigma que encierran los acontecimientos que aquí se relatan no es tarea simple, y aunque con todos los silencios que deliciosamente dibuja Bruno pueda advenir nuestro propio pensamiento, nada podremos sacar en claro más que: El silencio es fundamental a la creación pura.

P’tit Quiquin tiene un tío con una importante parálisis cerebral que ha sido la herencia dejada a su padre por parte de sus abuelos, dejándole por otro lado, la granja a su otro tío. Así se reparten las cosas en la Picardia. En un importante momento del metraje, el tío dejado en herencia vuelve del manicomio para incorporarse al elenco con sus increíbles cabriolas… y es por eso que llegados al abrupto final de la serie, mirando al ausente tío de P’tit Quinquin, dice el comandante Van der Weyden abrumado entre sus exagerados tics -que de tan laboriosos solo pueden ser reales- ¿Le has puesto las esposas? Con cuidado, Carpentier. Estás en las garras del diablo.

Todo el mundo sabe quién es realmente el culpable de todas estas atrocidades a las cuales asistimos constantemente los humanos. Hasta los más especiales de los seres saben que los culpables solo pueden ser los grotescos e impenetrables monstruos que no logramos incorporar en nuestra inteligente visión del mundo.

Lo inexplicable seguirá amenazándonos y los subnormales seguirán siendo los mismos.

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One thought on “¿Pero ridículo por qué?

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