Juliette

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Ella es la maestría de los sentimientos revelados. Es la expresión pura de lo oculto y lo evidente. También es belleza, máximo dolor, máxima alegría.

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Inteligente, culta, sensible: Madeimoselle Binoche sabe que no son las palabras -preciosos asideros para la mayor parte de los actores- las que nos hacen reflexionar de forma más honda e intensa, las que calan y operan las transformaciones que verdaderamente importan. Sabe que la mayor parte del tiempo son precisamente ellas que nos atascan y nos prohíben ir hacia otras realidades en los densos esquemas del ser. Otras realidades menos solicitadas por la razón y en dónde también se puede apostar nuestro más sincero espíritu. Es por eso que sus personas son elegidas a dedo. Por ventura una de las cosas que más le importan en esta vida.

Con el tiempo se ha ido construyendo una carrera impresionante y siempre encarnando a las personas que quería retratar. Porque eso de personajes significa personas, y a veces las personas que se encarnan -aunque puedan no ser del todo uno mismo- siempre conllevan una gran parte de lo propio. Con ellas en gran medida se nos posibilita un ser más completo, más informado, y por ende, más empático.

Decía el gran Artaud que el actor dedicado, como un atleta afectivo, debería instar su corazón -su principal órgano de trabajo- a ahondar en todas las personas habidas y por haber… que también forman parte de nuestros propios seres. De todos nosotros. El actor, como nadie más, tiene el deber de hacer una inmersión total, tratando de encontrar trazas de todo el mundo en lo singular, en lo propio. Como en la naturaleza que se repite en todos sus miles de alucinantes fractales.

Todos podemos hacerlo, de cierta forma es importantísimo hacerlo… pero es el deber del actor revelarnos sus hallazgos.

Son tantas las personas que podemos llegar a conocer a lo largo de nuestras vidas… ¿Quién nos iba a decir a nosotros que todas y cada una de ellas podían estar inmersas en nosotros mismos?

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Hay que subrayar que en esta profesión la esquizofrenia puede llegar a tomar cuenta de uno, pero no en el caso de Juliette. Quien por ejemplo, nunca se planteó aquello de ponerse a dirigir. Más que nada porque toda su creación la sacia suficientemente y ha tenido la suerte de poder elegir precisamente quién más le importaba lucir.

Con su creciente saber hacer -afianzando su carrera- ha podido decidir a qué películas, a qué autores dar visibilidad en este enorme mar de posibilidades. Y vaya si puede llegar a ser preponderante el papel de una actriz de renombre como en este caso. ¿Cuántos autores geniales no hubiesen sido relegados al olvido de no haber sido por Juliette?

Evidentemente, aquí no podremos ir sobre todas las películas de la dedicada intérprete. Y quizá, en nuestro intento por acercarnos lo más posible a la amplia gama de registros que nos ha regalado, tengamos que dejar alguno de sus más aplaudidos trabajos en el tintero. Absteniéndonos de ir a dónde ella llegó…

En el tintero se tendrán que quedar sus dobles colaboraciones con Anthony Minghella, Michael Haneke, André Techiné o Abbas Kiarostami. A unos porque no los conocemos tan bien como desearíamos, otros simplemente porque Carlos y yo no pudimos atribuirles el mismo grado de interioridad en la que se encuentran en nosotros ciertas obras, otros porque no podemos hablar de todo en un mismo post y finalmente… porque de sus colaboraciones con Kiarostami o con Hao Hsiao-hsien, entre otras, ya tuvimos ocasión de hablar:

https://elcinequellevamosdentro.wordpress.com/2016/12/09/autentica-copia-original/

https://elcinequellevamosdentro.wordpress.com/2017/03/03/palimpsesto/

En al menos dos ocasiones Juliette trabajó con Abbas Kiarostami: ‘Shirin’ (2008) y ‘Copia certificada’ (2010). Con Olivier Assayas fueron tres, en ‘Viaje a Sils Maria’ (2014), ‘París Je t’aime’ (2006), ‘Las horas de verano’ (2008). Con André Techiné: ‘La cita’ (1985) y ‘Alice y Martin’ (1988). Con Bruno Dumont: ‘Camille Claudel 1915’ (2013) y ‘Ma Loute’ (2016). Con Léos Carax: ‘Los amantes del Pont-Neuf’ (1991) y ‘Mala Sangre’ (1986). Con Michael Haneke: ‘Código desconocido’ y ‘Caché’ (2005). Y con Anthony Minghella: ‘El paciente inglés’ (1996), ‘Breaking and entering’ (2006).

Pero debemos destacar muchísima más gente con quien elaboró los más densos, extraños y sublimes personajes. Algunos de ellos son:

Jean-Luc Godard en ‘Yo te saludo María’ (1985). O en ‘Cumbres borrascosas’ (1992) de Peter Kosminsky. ‘Herida’ (1992) de Louis Malle. ‘Romance en Nueva York’ (1996) de Chantal Akerman. ‘La viuda de Saint-Pierre’ (2000) de Patrice Leconte. ‘Chocolat’ (2000) de Lasse Hallström. ‘Mary’ (2005) de Abel Ferrara. ‘Disengagement’ (2007) de Amos Gitai. ‘Elles’ (2011) de Malgorzata Szumowska. ‘Cosmópolis’ (2012) de David Cronenberg. Y hasta en superproducciones para Hollywood como ‘Godzilla’ (2014) de Gareth Edwards o la reciente ‘Ghost in the Shell: el alma de la máquina’ (2017) de Rupert Sanders.

Todos ellos directores de nuestra elección también y los cuales llevamos bien dentro. Todos ellos arrebatadores creadores que se insieren en nosotros mismos en clave de maestros que han sabido enseñarnos los más intrincados recovecos del ser.

Tenemos muchas ganas de ver su nuevo y emergente trabajo con Claire Dennis, ‘Un beau soleil intérieur’ (2017), adaptación de ‘Fragmentos de un discurso amoroso’ (1977) de Roland Barthes. Juliette siempre yendo dónde no ha ido con anterioridad…

Como no podemos hablar de todas estas películas, como decíamos, y aún a expensas de pasarnos de idolatría, son siete las películas que elegimos tratando de ilustrar la carrera de esta mujer – hija de artistas – madre de un niño y de una niña:

‘Ma Loute’ (2016) de Bruno Dumont.

‘Nadie quiere la noche’ (2015) de Isabel Coixet

‘Viaje a Sils Maria’ (2014) de Olivier Assayas

‘Mil veces buenas noches’ (2013) de Erik Pope,

 ‘Tres colores: Azul’ (1993) de Krzysztof Kieslowski

‘Los amantes del Pont-Neuf’ (1991) Leos Carax

‘La insoportable levedad del ser’ (1988), Philip Kaufman

 

La insoportable levedad del ser:

A veces el ser necesita un pesa-nervios para sentirse existir. Esta sería básicamente la tesis que sostendría Milan Kundera tratando de alcanzar la esencia existencial de los personajes de su aclamada novela “La insoportable levedad del ser” (1984).

En la película del mismo nombre de Philip Kaufman -adaptación llevada a cabo entre este genial director y el siempre magnífico Jean-Claude Carrière- por motivos obvios tuvieron que prescindir de algunos personajes. Sin ir más lejos, al doctor Tomas no le pudieron cargar el fardo de una paternidad mal asimilada, por ejemplo. Tampoco nosotros podremos hablar de todos ellos.

De todas formas, la tan sola presencia de Daniel Day-Lewis y Juliette Binoche en los principales papeles hace de esta joya un canto a la extrema necesidad de consciencia. Un cara a cara con la levedad que no nos permite vivir plenamente si nuestra propia condición no nos exime de quedarnos simplemente en la superficie de la existencia. Y no obstante, también los hay más ligeros sin que ello tenga que suponer una falta tan reprensible.

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A grandes rasgos, aquí se relata como el doctor Tomas, un rematado mujeriego a quien no se le resiste ninguna -y son muchas en su lista las mujeres que le desean y le buscan y que saben que lo único que no podrán reclamarle es fidelidad- conoce a Tereza. Una joven ingenua y soñadora, atrapada en el balneario que regenta su agobiante madre, y a cuyos encantos terminará rindiéndose el doctor, aparentemente poniendo en jaque todo su ser.

En la película se queda un poco en el aire por qué después de conocer a Tomas, Juliette -la joven e idealista Tereza- sale despavorida y en fuga para personarse en casa del guapo y arrebatador doctor que conoció fugazmente en el balneario. En cierto modo, en la película se hecha en falta la historia familiar de base, el origen de cada uno de ellos. No obstante aquí hablamos de levedad, y la levedad no conoce ataduras de ningún tipo. La gracia y jocosidad con la que se narra toda la primera parte es tan alternativamente ligera que en sí misma es la propia ligereza quien toma cuenta de todos nuestros sentidos. En todo caso, son seres libres en la medida de sus posibilidades quienes aquí se aventuran en la vida.

Y luego, todo aquel rubor en los mofletes de una jovencísima Juliette, aquella mirada suya medio avergonzada, compungida pero a la vez lanzada (vaya si es lanzada) cuando Daniel Day-Lewis le abre la puerta de su casa, la puerta de su corazón… todo ello se hace remanso esencial y totalmente autónomo. Justificación para toda natural ausencia, elevándose en alas de una actuación soberbia.

Como sabemos que no podemos exigirle a una película que nos cuente absolutamente todos los detalles de la novela en la cual se basa, Tereza sabe perfectamente que no le puede exigir a su marido que deje de verse con otras mujeres. Sabe que las cosas no funcionan así, la persona Tereza es plenamente consciente de la fragilidad de su propio matrimonio a pesar de que Tomas accedió a casarse con ella y todos los símbolos y todas las promesas y todas las tradiciones que ello supuestamente supone. Pero… ¿Quién detiene el ser del otro? ¿Cómo se puede tan siquiera ponderar tal hipótesis? Cada uno es como es y en la fragilidad de la existencia aún es cierto que puede que sea esto lo que finalmente se nos reporte.

Por eso, aunque le duela enormemente, Tereza no le exige a Tomas que deje de ser quien es, ella le ama a él… y él no le ama en menor medida a pesar de entender la existencia con una desmedida ligereza, ciertamente también muy difícil de entender para mucha gente.

Quizá sea tanta la levedad como aquellas cuestiones políticas que discurren paralelas a los estados anímicos de estos bellísimos y tan realistas personajes así trazados por estos enormes actores.

Eventualmente, la ideología -algo totalmente intrínseco al ser- puede tambalearse, sacudirse, ponerse en causa. También es algo que puede doblegarse o romperse. Algo que solo te permita resignarte ante la existencia general, por ventura mayor que tu propio ser. Aunque en tal caso, ¿Se le podría llamar ‘existencia’ a la de quien se tenga que ver obligado a renegar de si mismo?

La ideología simplemente puede aligerarse, incluso volatilizarse. Pero sobre todo suele volverse estación de adaptación circunstancial contra una acérrima lucha interior de por vida.

La revolución de terciopelo y la subsecuente tomada de Praga por parte de Moscú, hacen de las supuestas libertades de Tereza y Tomas frontera inadmisible pasada de rosca y por eso deciden partir a Suiza. Tal vez vuelvan a encontrar viejos amigos y viejos amantes que viajaron antes que ellos empujados por unas irreprimibles ganas de respirar.

Pero Teresa pierde el fuelle de la vida al llegar a la aséptica Zúrich. De la noche a la mañana ha perdido su promisor y excitante trabajo de fotógrafa y su marido sigue sin poder ofrecerle el peso que reclama su propia existencia. Hay una cierta levedad que puede ser tan insoportable…

Se decide a volver a la cerrada Praga sitiada por el comunismo, perdiendo el pasaporte a la entrada. Su marido la sigue y ambos pierden las alas para resignarse al amor que sigue uniéndoles.

La vida sigue, sí! Más pobre, más gris… Y quienes eran más ligeros muestran ser los más determinados y quienes no soportan la levedad descubren por qué sus seres no la podrían admitir jamás. La existencia no es igual para todo el mundo, y aún así, el experimento del amor puede dar muy buenos resultados.

Volviéndose a encontrar a ellos mismos con una inmensa e inusitada libertad, de la gran ciudad al campo, Tereza y Tomas conocen una nueva etapa de su recobrado amor.

Karenin, la perrita que viene a significar la fidelidad nunca alcanzada de la pareja y que les acompaña prácticamente desde el comienzo de la película, muere de un cáncer. Y con ella, todos los ridículos símbolos que nunca tuvieron cabida en el corazón de los hombres.

Al menos, damos fe de aquello de que hay unos más ligeros, otros más pesados. Y que hay de todo. ¿Tan insoportable es?

Los amantes del Pont-Neuf

La prensa rosa decididamente no es nuestra especialidad y tampoco es lo que más nos atrae, pero ojo al dato… al parecer ella y Leos tuvieron algo!!!

Al menos eso deja entrever ella… parece ser que tuvieron una tan apasionada como tormentosa relación que no les dejo en la mejor de las situaciones pero bueno… a nosotros nos fascina totalmente lo que lograron hacer juntos. Y eso es lo único que nos importa, porque allá ellos con sus riñas y sus amores…

En las dos ocasiones que trabajó con Leos Carax, Juliette diseñó personajes muy interesantes y muy especiales… Anne de ‘Mala sangre’ es delicada y profunda, aniñada y moderna, pero Michèle Stalens es tan maravillosa como fundamental.

En ‘Los amantes del Pont-Neuf’, Juliette se entrega a la vida de una forma tan desesperada y tan única que nuestra piel no puede dejar de manifestarse tan solo al imaginarla.

Revoloteando con Alex sobre el puente. Emborrachándose perdidamente hasta casi desaparecer en una risa tan tonta como de rigor. Gastando el dinero robado a los hombres adormilados en los bares. Visitando los museos por la noche cuando los guardias se quedan traspuestos. Vigilando que no vuelvan a hacer mella las angustias del pasado. Los miedos del futuro. Paseando sin un mañana en la ciudad de las luces cuando la puerta de la vida parece haberle dado un tremendísimo portazo en la cara. Esta es Michèle. Linda, linda, linda…

Corriendo en la playa de la mano con su amado Alex (¿era de la mano que iban, verdad?)

 

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Es con un parche en el ojo, cual pirata, que llega por primera vez al puente. Al viejo que ahí habita hace años no le hace mucha gracia la nueva inquilina y trata de espantarla! Bruto!

Pero al joven y callejero Alex una casualidad puede llegar a hacerle cosquillas. Aprovecha cuando Michèle está dormida para espiar en su carpeta de dibujos y se encuentra a sí mismo entre ellos. Aprovecha y también le echa un vistazo bajo el parche, al ojo malo. Tiene muy mal aspecto su ojo, pero su corazón palpita. Alex se enamora de ella… Pero tanto, tanto. Normal!!!

Más que un argumento con sólida y densa estructura y todo eso, esta película ofrece un mar de sensaciones que lidian directamente con el no pensar. Algo tan imprescindible que en la mayor parte de los casos que tal acción es requerida, pudiendo suponer la mejor de las soluciones a nuestros males, nos cuesta horrores lograr…

Michèle contrajo una enfermedad incurable en los ojos y está perdiendo la visión. Mejor no pensar porque no se puede hacer nada. Mejor aprovechar al máximo hasta el más mínimo resplandor.

Un día, todo da un vuelco y Michèle deja el puente y a Alex se lo llevan preso.

Cuando tiempo después Alex sale de la cárcel y se vuelve a reencontrar con Michèle nada volverá a ser como antes. ¿O sí?

Tal vez los Amantes del Pont-Neuf se amen para siempre…

Tres colores: Azul

El compositor Zbigniew Preisner estrenó en 1998 ‘Requiem for my friend’, concebida originalmente como obra narrativa escrita por Krzysztof Piesiewicz para ser dirigida por Krzysztof Kieslowski, pero aquella maravillosa partitura terminaría convirtiéndose en memorial a este director polaco mayúsculo, tras su súbita muerte.

Importantísima, la música en la filmografía de Kieslowsky no funciona como mero avatar para enaltecer sentimientos y subrayar los ánimos, sino que tiene un papel preponderante y Preisner -habitual músico del director- en la primera parte de la trilogía “Tres colores: Azul’, encarnado en la figura del compositor Patrice de Courcy -muerto en un accidente de coche a los pocos segundos de empezar la película- nos eriza la piel con su inacabada y sublime sinfonía para la celebración de la Unión de Europa.

Julie -nuestra Juliette- sería la viuda que daría vida a aquél personaje que -incapaz de suicidarse- tendría que romper con todo tras haber sobrevivido al terrible accidente en dónde perdería a su pequeña hija Anne y a su marido. A todo su mundo.

En esta ocasión, Juliette declinaría la invitación de Steven Spielberg para el personaje que terminaría haciendo Laura Dern en la archí-popular ‘Jurassic Park’ (1993). Mucho más interesada en esta mujer que lleva el silencio como línea de diálogo casi permanente. Apartándose de todo lo que constituiría su vida anterior. Abandonando la casa familiar para retirarse a un minúsculo apartamento, recluyéndose y tratando por todos los medios autoexcluirse de la vida pública no diciéndole a absolutamente nadie a dónde se iba. Tratando incluso abortar el trabajo que su marido había empezado y que ya estaba cosechando máximos elogios tan solo en sus escasos bocetos. Composición que las malas lenguas dirían que en realidad estaba realizada por ella misma bajo el nombre de su marido.

Pero Julie se ha quedado completamente sola y solo puede cortar con todo. Su mundo se ha ido al garete. Entonces traza un corte radical con toda su memoria, con toda posibilidad.

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Posiblemente ella sea de verdad la compositora de aquella obra impresionante. Pero el silencio nos llena de dudas y ya lo único que importa es esta piel de gallina constante. Este dolor insoportable. Esta pérdida inconmensurable. Estas lágrimas que no sabemos si contener, retener o dejar brotar de pura incapacidad.

Todo ello es ella quién nos lo regala.

Mil veces buenas noches

Al importantísimo trabajo de Erik Poppe probablemente no habríamos accedido de no haber sido por aquél terrible papel que desempeñaría Juliette en ‘Mil veces buenas noches’. En ella hace las veces de reportera de guerra mientras su marido -en casa con las niñas- está constantemente a la espera de la peor llamada de teléfono en medio de la noche. Encarnado por un también grandioso Nikolaj Coster-Waldau, el famoso matareyes Jaime Lannister de ‘Juego de Tronos’ (2011- ).

Erik creció entre Portugal y su Noruega natal y como fotoperiodista se especializo en conflictos internacionales. Se retiraría aún en los años ochenta cuando a raíz de un reportaje en Colombia terminase hospitalizado. Por ello se pondría a estudiar cine, logrando hacerse con una de las más envidiables carreras cinematográficas de la historia de su país. Con solo cinco películas amasaría un enorme reconocimiento tanto por parte de la crítica como por el público y nosotros tan solo podemos dar fe de que todas y cada una de ellas son una auténtica maravilla. Tanto su trilogía de Oslo como esta última, ‘La decisión del rey’ (2016) son impecables en todos los sentidos.

Este que tratamos aquí, quizá sea su trabajo más autobiográfico. Juliette su ideal alter-ego…

En palabras del propio Poppe -las cuales también se recogen por ella en la misma película- diría “Todas las acciones que tomé entonces (cuando reportero de guerra) fueron conducidas por la necesidad de llamar la atención para los horrores de la guerra. Quería que mis fotos te agarrasen de la garganta cuando estuvieses desayunando el sábado por la mañana”

(revisado en 1-04-17 http://www.imdb.com/name/nm0691547/bio?ref_=nm_ov_bio_sm, traducción nuestra).

De hecho aquí, se trata un tema que la propia Binoche en cuanto estrella de cariz internacional podría haberse llegado a colocar a sí misma no fuese que a sus hijos siempre se los llevó consigo a todas partes a dónde fue a rodar (además hay una cláusula en sus contratos que lo especifica). Pero quizá deberíamos transportar este hecho a todos aquellos padres que viajan mucho y que -sobre todo por motivos de trabajo- se pueden llegar a ausentar de tal manera de las vidas de sus hijos que quizá tuviesen que ponerse en entredicho a sí mismos respecto a sus propios conceptos de paternidad/maternidad. A su propio concepto de vida.

Y en el caso de esta película en concreto, el tema es más tremendo todavía, puesto que cada vez que mamá sale de viaje para su trabajo, puede que no vuelva con vida.

Una vez más, casi sin diálogos, la actuación de Juliette justifica la propia aproximación cinematográfica que Poppe desarrolló en su tesis doctoral, la cual afirma que “el ‘objetivo subjetivo’ es la exploración sobre como alcanzar actuaciones que van en aumento emocional a través de un altamente personal y estrictamente subjetivo punto de vista en la conciencia narrativa de la película” (revisado en 1-04-17 http://www.imdb.com/name/nm0691547/bio?ref_=nm_ov_bio_sm, traducción nuestra).

MIL_VECES_BUENAS_NOCHES_05

La película está dedicada a la hija del director, y en ella trata de explicar las contradicciones y dilemas que él propio vivió. La idea de que si tus propios hijos podrán ser felices en tu ausencia, aún a expensas de la justificación mayor, de que la pasión y sentido ético de tu profesión te empuje más fuertemente que ninguna otra cosa… ese es el terrible dilema al que se enfrenta Juliette en esta obra arrolladora. Más que a las propias vicisitudes de la guerra, sin punto de comparación.

Al respecto dice Juliette que: El actor transmite emociones para despertar algo en el espectador, para que se abra y se haga preguntas. El hombre está hecho para cuestionarse y cambiar, transformarse

(revisado en 1-04-17 http://www.fotogramas.es/Peliculas/Mil-veces-Buenas-Noches/Juliette-Binoche-50-anos-de-emociones).

Clouds of Sils Maria

Cuando a Juliette le propusieron trabajar en ‘Godzilla’ su primer impulso -como hubiese sido el de la Marie Anders de esta maravillosa y explícita película de Olivier Assayas- sería el de decir que no taxativamente. No obstante, un Gareth Edwards muy convincente la camelaría con aquello de que necesitaba una actriz capaz de transmitir verdadera emoción de forma inmediata, y que además el personaje no iba a durar prácticamente nada… Convencida, se dejaría encandilar.

Quizá la actriz Marie Anders no sea exactamente Juliette, ni Kristen Stewart sea la portuguesa Lina Martins que le cuida este tipo de cosas a la Binoche, desde hace años ya. Ella es quien le aconseja y le trae el café y le va a por cigarrillos y le coge el teléfono y le evita una rueda de prensa incómoda y la convence de un trabajo que le va a venir muy bien pese a que no sea hacia el que más inclinada esté… Puede que ni una ni otra sean ellas de verdad, pero vamos, que muy bien asesorada se le ve a Juliette. Y convengamos que en más de un detalle nos podemos dar cuenta de lo parecidas que tienen que ser estas dos mujeres.

Ese joven director que llega al final para convencerla a hacer una extraña película futurista que transcurre en una época intemporal… no nos digáis que ese chico no podría ser perfectamente Edwards convenciéndola a participar en ‘Godzilla’.

Para empezar Juliette dice aquello de que Marie, el personaje que interpreta en esta joya de Assayas, ni siquiera es madre, y eso tenemos que admitir que es cierto – que los hijos lo cambian todo… Pero cuando además da a entender por activa y por pasiva que ella no es ni tan creída ni tan estrella como su personaje… pero si tan solo basta que nos fijemos por un instante en la preparación que hace de sus personajes, en cómo se entrega y como duda y como se dedica de cuerpo y alma a ellos, tan solo podemos estar en presencia de Juliette en su más puro estado natural. Y a lo mejor incluso es más parecida a ella de lo que ella misma cree, ¿Qué son al fin y al cabo unos cuantos gestos afectados y otras tantas paranoias tan comprensibles como naturales?

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Seguramente las cuestiones relativas a la edad que tanto atormentan a Marie no sean lo que mayor trastorno le cause a Juliette. Tal vez nuestra actriz haya logrado ser más práctica al respecto, más realista… pero de todas formas tiene que haber mucha similitud entre ellas. A fin de cuentas ambas son actrices famosas, de éxito internacional. No son iguales, pero tampoco habrá tanta diferencia entre ellas, ¿a qué no?

En el enlace de abajo puedes encontrar más al respecto:

https://elcinequellevamosdentro.wordpress.com/2017/04/07/intentando-sobrevivir-al-entretiempo/

 

Nadie quiere la noche

Con Isabel Coixet, como había experimentado anteriormente con Abel Ferrara o con Hao Hsiao-hsien, Juliette pudo dar rienda suelta a su propia creatividad. El método de trabajo de Isabel no suele conllevar una preconcepción milimétrica de las escenas a generar, con lo cual, de su grata experiencia en ‘Nadie quiere la noche’, no nos extrañaría una nueva colaboración con la catalana.

Aunque Juliette cuenta que se trató de un rodaje realmente duro, por aquello de haberse ido a rodar al polo norte y paradójicamente haber utilizado unas naves inmensas como escenario en dónde hacía un calor insoportable, el apasionante relato que se desarrolla en pantalla es tan completamente arrebatador y merece tanto la pena verlo, que a quien finalmente lo haga le retamos a que nos diga lo contrario.

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En el año de 1908, Josephine Peary, una aventurera e intrépida ricachona, se va al polo norte para reunirse con su marido, el famoso explorador Robert Peary. Mientras espera a su marido en una de sus cabañas en pleno polo, el terrible y demoledor temporal polar se acerca mortal. Mientras tanto, conoce a una esquimal (amante de su marido) Allaka -interpretada por la curiosa Rinko Kikuchi- con quien traba una extraña y forzosa amistad, a pesar de sus diferencias culturales y personales.

No se trata de una amistad al uso lo que retrata esta increíble apuesta de Isabel Coixet sobre un guion de Miguel Barros. Se trata más bien de una necesaria toma de consciencia en toda regla.

Al comienzo, el drástico cambio de registro que nos hace experimentar Juliette nos deja bastante perplejos: Josephine es una engreída señora, muy independiente ella (porque puede) pero también bastante odiosa. En ocasiones roza lo cómico y con ello logramos empatizar en cierto modo con ella. Pero de todas formas esta valiente y pseudo-temeraria mujer (cuando no había mujeres que hiciesen tales cosas, todo hay que decirlo…) necesita una verdadera lección. Un buen par de ostias quizás.

Es a través de su prácticamente impuesta amistad con la esquimal -debido a las condiciones climatológicas extremas que experimentan ambas- que Josephine descubrirá una serie de cosas que cambiarán totalmente su forma de entender el mundo.

Ma Loute

Si en la película de Isabel ya pudimos ver a una Juliette desmarcándose de su título de eterna sufridora con todo el esperpento de la casi ridícula Josephine -pese a que luego todo cambie- en ‘Ma Loute’, Bruno Dumont le regala uno de sus papeles más extravagantes y vueltos de tuerca. Totalmente inusitada, podríamos decir que está prácticamente irreconocible regalándonos su persona más divinamente sobreactuada y exagerada hasta la saciedad. A mi particularmente me parece su actuación más arriesgada y por eso mismo su mayor acierto.

El propio director, Dumont -de quien hablaremos con mayor profundidad la semana que viene- se revolucionó a si mismo presentando un cambió de dirección totalmente drástico en su propia carrera. Este hombre que en lugar de escribir guiones convencionales para sus películas escribe novelas enteras a partir de las cuales luego desarrolla toda la imaginería física, fea, horrenda que podemos ver en ellas, fue justo cuando -también con Juliette- hiciese ‘Camille Claudel, 1915’ que su cine se transformaría en paradigma de lo absurdo.

 

Sus películas dejarían de ser terriblemente funestas y aciagas para transformarse en las más extrañas, sugerentes y cómicas apuestas de que tengamos razón. Aunque curiosamente, su singular traza se mantenga y se pueda seguir degustando en este nuevo y radical cambio de tono.

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Entonces Juliette, además puede hacer la excéntrica, la loca y la desternillante descerebrada. Puede ser el más consciente y comprometido de los seres e incluso puede levitar en una película en la cual el canibalismo es practica habitual…

Ella puede con todo lo que le apetezca. Y así, no hay muchos que podamos decir lo mismo.

Por eso tan solo podemos gritar:

Viva a Juliette, viva a la Binoche.

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