Cuando dios se fue del todo

ilustración El caballo de Turín

Hay cineastas que dejan mella. Una mella tan profunda que sus trabajos pueden incluso llegar a promover novísimos movimientos cinematográficos dentro de esta globalizada sociedad tan normalizada que nos constriñe y en la cual sigue a día de hoy ondeando la bandera del posmodernismo. El post-posmodernismo, en este nuestro mundo cada vez más plural, … pero también cada vez más confuso y en gran medida en el cual nos encontramos como esclavo al mejor postor. A la merced de lo irónico y lo caustico, lo cínico e irritantemente nihilista. De algún modo, dejados de la mano de dios. Entregados a nuestro propio destino…

Hay cineastas tan altos, tan cabales como el caso del húngaro Béla Tarr, uno de nuestros máximos referentes y por auto-elección, uno de nuestros más adorados maestros de cabecera. Además, sin necesidad de haber pertenecido a ningún movimiento ni hacer grandes aspavientos respecto a sus influencias más inmediatas ni nada por el estilo. El cine de Béla Tarr se escribe con nombre propio.

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Entre otros grandes exponentes -a título ilustrativo- quizás empujados en primera instancia por su singular visión narrativa, Tarr sería destacado entre los referentes de un emergente nuevo movimiento… y quizá por empatía, al haber dejado una mella tan profunda en nosotros mismos, sentimos que sería un enorme desperdicio no atender plegarias no haciendo referencia a los ejecutores del conocido como Remodernismo.

Esta etiqueta tan apelativa pero también terriblemente risible en una primera impresión, habría sido acuñada en el año 2000 por Charles Thomson y Billy Childish, fundadores del movimiento de arte stuckista. Ellos inaugurarían el periodo remodernista promoviendo la visión, la autenticidad y la expresión personal -con énfasis en la pintura- tratando de potenciar una nueva espiritualidad en el arte.

La idea principal de su empresa radicaría en que el modernismo no habría alcanzado su visión y que su desarrollo habría desvirtuado las premisas de su dirección original. Aquella dirección debería de ser recuperada, redefinida y rediseñada. Por eso los remodernistas abogarían por la búsqueda de la verdad, el conocimiento y el significado, desafiando al formalismo.

En 2008, haciendo uso de aquellas premisas, Jesse Richards haría un decidido llamamiento -con su Manifiesto al Cine Remodernista– tratando de devolver la perdida espiritualidad al cine actual. Entre sus propósitos reivindicaría nuevos abordajes y lenguajes nunca antes visitados. Defendería tanto la utilización de la intuición en la dirección cinematográfica, como el desnudar de sus imágenes de falso oropel. Que de las historias cada vez más estereotipadas se les extrajese su máxima y genuina esencia, especificando para ello el necesario minimalismo en su aproximación y una total libertad a la hora de expresar su lírica intrínseca. Todo ello, ejecutado en su natural forma punk, es decir, repleta de defectos y haciendo uso de los medios disponibles sin nunca elevar demasiado el listón… se subentiende: para que luego no tengamos que entregárselo todo a los juicios de taquilla y otras mundanas demandas tan propias del zeitgeist.

Así Richards, haría de este nuevo bastión, urgente canto a la creatividad. Partiendo del insuficiente paradigma ofrecido por el posmodernismo actual y sin dejar de echar la vista atrás, al modernismo del principios de siglo XX, finales del XIX.

Si es cierto que las escuelas no son el mejor ejemplo de creación a que tengamos acceso, no olvidemos que en ocasiones los ciclos culturales al reformularse, pueden precisamente dar pie al encuentro de nuevas motivaciones y algunas de sus semillas volverse excelentes alicientes.

Siempre y cuando no se abuse de una serie de reglas prefijadas, imágenes de marca y otras denominaciones abanderando productos tipo, una escuela debe precisamente existir para formar. No obstante, los peligros acomodaticios que aquellas también liberan deberían mirarse atentamente no sea que vuelvan a hacer estragos entre sus miembros.

La creación debería ser una singular manifestación de lo propio. Y las escuelas pueden venir bien en tal o cual momento vital, pero también pueden resultar ser totalmente mortales. Aún siendo aquella su máxima regla.

En sí mismo, suena estúpido esto del remodernismo. Siempre en busca de una nueva marca. Sobre todo como modo de abrirse paso entre la multitud. Aunque sea con sus mejores intenciones y pueda venir cargadito de apetitosas y muy apelativas referencias, aunque sus premisas sean las más nobles y edificantes, ya se probó suficientemente que las manifestaciones egóticas más peligrosas surgen precisamente en similares alzamientos grupales. Por eso alertamos para el hecho de que en todos los ismos subyace el peligro del ego. Y esto no es un asunto irrisorio porque tres gatos formen tal o cual grupo. La gente se siente sola y es en grupo que adquieren fuerza y confianza.

El peligro no se atiene a este grupo en particular como caso aislado. Todo ismo encierra el mayor de los peligros y el mundo entero acecha con todos sus terribles ismos. Un partido siempre se erige en contra de otro partido. Y jamás el mío podrá ser mejor que el tuyo, sino es que vamos muy mal encaminados…

Béla Tarr es de estos hombres que tiene totalmente presente el hecho de que el ser humano es en realidad un proyecto de ser humano. Es en la búsqueda de su esencia que prevalece su grandeza pero también en la constatación de su fragmentario e inmaduro estado.

El cine metafórico y descontextualizado de Tarr nos revela de un modo casi arquetípico -en dónde la nota clave es la imperfección humana- la escasez y lo rudimentario que cargamos a cuestas como peso inmenso. Prácticamente insoportable. Y todavía, no ha podido ser de otra manera porque ‘solo somos’ en cuanto búsqueda de nosotros mismos.

Quizá en todas aquellas fuertes emociones que nos platea sin etiquetas ni guantes como cogerlas también subyazga una gran belleza, en potencia al menos. Una cierta belleza quizás, aunque esta tal vez sea una cuestión puramente personal… (¿pero no lo son todas?)

El joven Béla quería estudiar filosofía pero en su día no se le dejaría acceder a la universidad y por eso se decantaría por la elaboración de películas. Vocación que se le despertaría bastante temprano ya que estaba habituado al medio. A los diez años de edad su mamá le llevó a un casting para televisión y salió elegido, como actor. Más tarde, ya con 31, participaría también en un pequeño papel en “Temporada de monstruos” (1986) de Miklós Jancsó, pero no volvería a trabajar más como actor.

Sin embargo, como ya había empezado haciendo un corto en súper ocho teniendo 16 añitos o algo así, decidiría seguir tratando aquellos temas sociales que le llamaban la atención desde un enfoque más bien documental, por lo menos en su tono.

Trataría cuestiones relacionadas con los trabajadores. Los problemas de las jóvenes parejas y la adaptación a las nuevas condiciones de la vida familiar. Las precarias condiciones para la vida en pareja, como la de tratar de conseguir vivienda y tener que resignarse a seguir viviendo en casa de los padres después incluso de haber tenido niños. También haría hincapié en la cuestión del amor a temprana edad, el cual sería muy poco acorde con sus demandas reales. Etc.

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De aquella primera época serían el corto ‘Hotel Magnezit’ (1978), ‘Nido familiar’ (1979), ‘Szabadgyalog’ (1982) y ‘Panelkapcsolat’ (1982). En el mismo año realizaría para televisión una versión totalmente desnuda hasta su misma esencia de ‘Macbeth’ (1982). Una cortísima adaptación en dos únicos actos del gigante de Shakespeare.

Sin renegar ni un ápice de sus germinales intenciones, su cine se fue nutriendo poco a poco de reflexiones hondas en los detalles menos explorados del ser humano. Con su cine se haría progresivamente filósofo elevado a la categoría de esteta. Y por ventura devendría también profesor de filosofía. Exactamente de aquellos que inducen a sus alumnos a pensar por si mismos y ganar amor en tal practica.

Sin hacer concesiones se erigiría singular maestro de un tempo -que a pesar de que tengamos harto olvidado- lo identificamos plenamente en nuestro original equipamiento de serie. El tempo particular de Béla Tarr, es el tiempo del pensamiento.

En algún sitio habremos leído respecto al cine considerado culto y de aspiraciones metafísicas, que quién hacia aquel se pronunciase de diferente guisa a la de sus más acérrimos defensores corría el riesgo de verse vilipendiado y tratado como no menos que estúpido

¿Es posible que el cine de Béla Tarr despierte esta enorme gama de atritos entre sus diversos consumidores?

No dejamos de sorprendernos desde que empezamos a escribir sobre cine. Esta tarea puede resultar muy ardua y por momentos provocar gran desconcierto, cansancio y en ciertas ocasiones hasta un cierto estupor. Pero debemos considerar que también hay ocasiones que nos provoca una risa desmedida, contagiosa e invariablemente ridícula.

Lo que puede llegar a gustarnos una auténtica pelea (qué sea física, please)…

¡Qué venga dios y lo vea!

Venga va, que hoy estamos generosos y con lo que nos gusta una buena pelea de gatas… entremos en el juego: Ya que nos ponemos estupendos, procuraremos desarrollar una especie de reflexión de uso estricto para esta materia que jamás se vuelva a repetir. No queremos más recursos de coletilla, que ya identificamos demasiados.

Hay un abanico tan amplio de gustos y sobre todo, de posturas respecto al gusto, que no podemos más que dejarnos sorprender. Como en este caso concreto: que alguien que haya visto y entendido alguno de los films de Béla Tarr aún le queden ganas de pelear porque el otro no piense igual… O porque no nutra el mismo tipo de sentimientos o no haya obtenido el mismo tipo de sensaciones en su visionado.

¿Quién aquí es el que sabe de esto? ¿Por qué yo no puedo saber de esto? ¿Seré inculto, burro, atontado, idiota, estúpido, y por eso no entenderé nada?

  1. Si alguien no entiende algo que a mí me costó tanto entender, es que yo soy más inteligente que el otro… luego, el otro es estúpido porque yo lo entendí y él no.
  2. Ahora: pongamos que cuando lo que yo entendí es que tenemos entre nosotros -los humanos- diferentes formas de entender y percibir el mundo que nos rodea. El otro, que no entiende esto, es igualmente estúpido. Porque simplemente no ha entendido algo que es tan claro y evidente para mí.
  3. Si yo le doy el beneficio de la duda y le pregunto qué es lo que no ha entendido o por qué cree que no lo ha hecho, y me responde que no lo sabe. Es estúpido! Pero si me viene con la excusa de que no logra entender por qué Tarr tarda tanto en contar algo tan básico, por ejemplo (como en el cine de Béla Tarr que es más bien un cine de carácter contemplativo) probablemente se deba a un defecto congénito. Y de eso no entendemos. O sea, que no sabríamos alcanzar una respuesta suficientemente dignificante.
  4. Lo que sí es cierto, es que el cine de Tarr no es un cine para todos los públicos ni mucho menos. Al menos hasta ahí llegamos.
  5. Y finalmente, de lo que sí nos quedan unas interesantes dudas y unas ganas irrefrenables de explorarlas es ¿Por qué en nosotros, su cine parece funcionar como un reloj y supone una especie de auténtico amor a primera vista? Aunque nos lo sirva sin guantes como cogerlo, sentimos que nos sienta como un guante. Y es que no lo podemos evitar…

Como el gran debate suscitado por ‘Hannah Arendt’ (2012) que podemos ver en la excelente película de Margarethe Von Trotta. La filosofía ha muerto hace tiempo, y es un auténtico peligro tratar de razonar con las masas cuestiones que no sean simplemente blancas y negras.

No todos tenemos que sentir las cosas de la misma manera porque de hecho no lo hacemos. Sería entonces más verdadero afirmar que no todos podemos sentir las cosas de la misma manera. Y no contentos con saber esto, nos volvemos locos tratando de explicar como lo vemos nosotros mismos y porque es tan importante que los demás nos sigan.

“Y ahora, veremos una explicación que nos ayudará a comprender, incluso a gente sencilla como nosotros, el significado de la inmortalidad. Lo único que os pido es que caminéis conmigo por la inmensidad en la que la constancia, la quietud y la paz, reinan en un vacío infinito” lo dice János Valushka en ‘Las armonías de Werckmeister’ (2000).

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Esta fue la primera película que vimos de Belá Tarr y la que nos elevó ineluctablemente a sus enseñanzas para ir adentrándonos a poco y poco en toda su maravillosa filmografía. Fue esta película que nos eligió, nos auto-eligió como atentos discípulos.

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János es aquel personaje que, con ojos brillantes, pasa las noches en vela observando las estrellas imaginando los mundos infinitos que las revolotean. Él es quién nos lleva de la mano a ver la sensación que acaba de llegar a su pueblo. La enorme ballena que transportan en un camión, y que además, a quien acompaña un príncipe que hará en cierto momento una aparición estelar, o algo por el estilo…

Y es entonces que los días dejan de sucederse monótonos como bien se respira en toda la atmósfera de la película. Porque finalmente, aquella extraña visita transporta consigo la calamidad de lo ignoto. Y solo a János parece no hacerle ascos aquella repugnante criatura. Acaso una aberración, un terrible chiste de dios. Y no solamente es que a János no le produzca asco, sino todo lo contrario. En él, como en nosotros en cuanto sus más cercanos acompañantes, se produce la fascinación y la total entrega por lo desconocido maravilloso que aún puede iluminar nuestro día. Nuestra vida entera puede ser maravillosa.

Y si el enorme caparazón metálico del camión en dónde transportan el animal ¿tiene qué? ¿Tres metros de largo? ¿Acaso 4? Ni un único instante llegamos a dudar que se nos va a presentar la ballena más grande del mundo, como reza el anuncio. Ni por un segundo dudamos de la verdad que encierra dicha extravagancia. Y para nuestra mayor sorpresa aún… resulta ser totalmente cierto.

Aquella es la mayor ballena que jamás hayamos visto. No nos resta la menor duda al respecto. Y si lo dudáis, quizá podáis echarle un vistazo. Una larga y lenta mirada a los ojos de János (fabuloso Miroslav Krobot) mirando los ojos magníficos del enorme cetáceo.

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Maravilla que muchos no entienden. Maravilla que no todos podemos entender y que aquí ya no nos produce risa sino llanto. Una terrible e inconsolable tristeza. Porque de no verlo de esta manera os perderíais el inmenso regalo que encierra la película. Y evidentemente, tendrías que uniros al grupo de incrédulos. Tendrías que rebelaros.

Y esto, porque luego Tarr nos cuenta que nadie más en el pueblo de János entiende aquello. ¡Nadie sabe qué está pasando realmente! Y además aquella horrible ballena, dicen… Ballena que en realidad nadie más vio aparte de János.

Y si nadie logra entenderlo, eso significa la guerra.

Porque cuando no logro entender algo soy estúpido y no quiero serlo…

Cuando el temor empieza a consumirnos, basta una pequeña mecha para hacerlo arder todo a nuestro alrededor. Y esa es una lección que ya conocíamos, sí. Pero no a este nivel. No desde esta perspectiva tan íntima.

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Tenemos que referir ‘Almanac of fall’ (1984) y ‘La condena’ (1988), porque en ellas el estilo de Tarr empieza a definirse:

La foto en blanco y negro de sus películas simplemente no es de este mundo. Hay algo particularmente crudo y a la vez cálido que nos envuelve de tal manera, que nos quita la respiración. Cuando nos damos cuenta nos acordamos que nos habíamos olvidado respirar. Esa es la inquietud que nos provocan sus espacios tersamente desangelados. Esa extraña materia de que parecen estar hechos los recuerdos, nuestros particulares estados mentales en perpetuo desasosiego y desamparo. La desolación no podía ser mayor y todavía más hermosa.

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En la primera, su última película en color, ‘Almanaque de otoño’, la claustrofobia es intensificada por colores altamente filtrados hacia una chocante artificialidad. Quizá después de todo, solo los estados oníricos puedan provocar tales colores. Los personajes que habitan aquella enorme casa van revelando sus oscuros secretos, sus miedos y obsesiones que dan pie a las más tremendas hostilidades.

Y en la segunda, ‘La condena’, Tarr trabaja con no actores, empieza a usar libremente su intuitiva forma de dirigir y a dejarse llevar por las exigencias de la casualidad. Una obra maravillosa que cuenta una simple historia de amor entre un solitario barman y una cantante casada. Su particular blanco y negro nunca más le abandonará.

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Basada en la novela ‘Sántántangó’ de Lázlo Krasznahorkai, la más aplaudida de entre las películas del húngaro, tiene una duración de siete horas y 12 minutos y está totalmente rodada en aquel blanco y negro que no es de este mundo. Es que no puede serlo…

En su día, Sántántangó no se pudo rodar debido a las convulsiones políticas en su país, así que el proyecto de 1985 solo se podría completar en 1994. Al respecto de este prodigio, la fabulosa escritora, ensayista, novelista, profesora, directora de cine y guionista estadounidense, Susan Sontag -estipulando a Tarr como uno de los salvadores del cine moderno- afirmaría que volvería a ver una vez cada año ‘Sátántangó’ (1994).

Y no dejará de parecer extraño que en esta película se narre el fracaso y abandono de una granja colectiva de finales del régimen comunista en Hungría. Se asiste a la confección del plan por parte de algunos granjeros para hacerse con el dinero ganado el año anterior y escapar. Para que acto seguido vean tambalearse todo el proyecto al escuchar que un compañero al que creían muerto está de vuelta.

Irimiás, el compañero que creían muerto, revolucionará los planes de la comunidad de la granja anteponiendo a aquellos los suyos propios, sin embargo nadie podrá dejar de hacer frente a sus propias vicisitudes.

No dejará de parecer extraño que un argumento tan simple y en apariencia tan plano pueda suponer un regalo tan precioso. Pero es que no hay nada en el cine de este autor que sea efectivamente plano, porque trata la vida y al cine como eso que deberían ser ambos, reales.

Y la realidad nunca es solo una, ni jamás llana. El minimalismo encontrado por Tarr da cuenta de ínfimos detalles que no estamos habituados a contemplar. Y así, hacernos sentir tan dentro, perteneciendo por completo a aquel desolado mundo repleto de sombras y esporádicas y poéticas luminiscencias.

Sántántangó es una obra prodigiosa que solo podemos recomendar con todo nuestro corazón, y cruzar los dedos para que un día de estos logremos adentrarnos en ella y revelaros nuestras más profundas sensaciones al respecto.

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Maloin, es vigilante en una estación de trenes y una noche cualquiera es testigo de un asesinato. En juego hay una maleta de la cual se acabará haciendo cargo. La maleta está llena de dinero, lo cual cambiará totalmente su vida.

Inspirada en la novela de George Simenon, “El hombre de Londres” (2007) es una película terriblemente hipnótica y angustiante a partes iguales. ¿Qué haríais vosotros con semejante maleta entre manos? Regalo envenenado fuente de funestas pesadillas.

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Esta película nos deja doblemente hechos polvo, porque de su hipnotismo saltamos con una increíble facilidad a los suspiros de lo intolerable. Quizás se le podría incluso calificar como extremadamente aburrida no fuese a la vez profundamente intrigante. Resolver todo lo que nos transmite no es tarea simple y lo más fácil será descartarla en la urgencia del momento.

Quizá nos dejemos algún que otro corto suyo en el tintero. Nos ronda alguna candente sospecha de no haber logrado condesar totalmente la carrera inmensa de nuestro más allegado profesor de filosofía. Pero todo ello era necesario para contar de esta fantasía que es ‘El caballo de Turín’ (2011) y que supondría el consciente punto y final en la carrera de Tarr.

Nadie se lo ha podido creer aún. Él sigue empeñado en su notable ejercicio como docente. En su generoso empeño en dar clases de cine -imparte el doctorado que hace unos años fundó en Sarajevo como ‘Film Factory’-. Y ahí sigue enseñando a las jóvenes generaciones del celuloide.

http://moreliafilmfest.com/estudiando-en-film-factory-parte-1-bajo-la-tutela-de-bela-tarr/

Como obra de cierre de su propio ciclo como director, ‘El caballo de Turín’ es completamente adecuada, en las palabras del maestro se trata exactamente de su propio testamento fílmico. Y no obstante, consideremos que la vida tiene de estas cosas… Nunca podemos saber exactamente lo que nos espera ¿verdad?

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Sea lo que sea lo que nos reserve el destino, nos llena de orgullo trasportaros estas palabras que aquí se generan en estos momentos desde el cine que llevamos dentro, extraídas directamente de la película en cuestión:

En Turín, el 3 de enero de 1889 Friedrich Nietzsche sale del número 6 de la Vía Carlo Alberto. Quizás para dar un paseo, quizás para ir a la oficina postal a recoger su correo.

No lejos de él, o efectivamente muy distante de él, un cochero está teniendo problemas con su terco caballo.

A pesar de toda su insistencia, el caballo se niega a moverse, por lo cual el cochero ¿Giuseppe? ¿Carlo? ¿Ettore? pierde la paciencia y levanta su fusta contra él.

Nietzsche se acerca al gentío y pone fin a la brutal escena del cochero que para ese entonces echaba espuma de rabia.

El fornido y con bigotes Nietzsche de repente salta sobre el carruaje y lanza sus brazos alrededor

del cuello del caballo, llorando.

Su vecino lo lleva a casa donde yace quieto y en silencio sobre un diván durante dos días hasta que murmura sus últimas palabras de rigor: “Madre, soy un estúpido”

Vive otros diez años, tranquilo y demente al cuidado de su madre y sus hermanas.

Del caballo, no sabemos nada.

Entonces es aquí que Tarr inicia su película. Su particular testamento envuelto en un entorno horriblemente apocalíptico en dónde el cochero, su hija y el moribundo caballo nos enseñan su repetitivo y circular día a día. Esperando precisamente el último de todos ellos. Que seguramente esté al caer… aunque testarudos se nieguen a creerlo.

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Ya solo comen su patata cocida diaria. Y cada vez tienen menos apetito, aunque siempre se lancen famélicos a la humeante patata que quema. Ya sólo se levantan pensando en que al día siguiente se volverán a levantar igualmente.

Ayudar a su padre a vestirse, que con el brazo malo no puede solo. Un trago de aguardiente para el camino… pero el caballo se niega. Ya no puede más. El caballo no volverá a tirar del carro.

Volver a casa y volver a ponerse la ropa vieja, que afuera no se puede estar con la que está cayendo…

Preocupados con la complexión de su repetitivo día, bajo ese viento atosigante, ese látigo indomable que a su paso todo se lo traga. En ese territorio reseco en dónde no volverá a llover jamás, tratan de no dejar ninguna hipótesis al azar. Aunque se le presenten, en diversas ocasiones formas de aplazar su rutina, de huir quizás… insisten seguir el ciclo irreprensible de sus días tal y como mejor los conocen. Convencidos de que no puede haber pasado lo peor.

Habrá sido una iluminada Marina Abramoviç, quién en el curso de una entrevista dada para televisión a razón de su trabajo con Bob Wilson en el Teatro Real de Madrid, que nos llamaría poderosamente la atención para el innegable trabajo de repetición ad infinitum, que conlleva una puesta en escena como las asombrosas propuestas de Wilson. Innegablemente aún más doloroso si la obra en cuestión se llama “Vida y muerte de Marina Abramoviç” (2012), en la cual se hace especial hincapié en los tormentos vividos en primera persona por la propia artista interpretándose a sí misma.

Marina explicaría que al comienzo era terriblemente desgarrador volver sobre todo aquello. Tener que recordar, interiorizando (volviendo presente) todos sus tormentos, de verdad estaba siendo un auténtico calvario. Pero curiosamente, en el transcurso de los ensayos, a poco y poco todo se iría apaciguando. Lentamente, como si de una oración se tratase, todas aquellas horribles memorias se irían normalizando en su interior hasta dar paso a una increíble purga. Una auténtica curación.

Y quizá, a la repetición de los cincos días antes del apagón total que supone ‘El caballo de Turín’ no se le pueda aplicar esta fórmula. Sus protagonistas no pueden más que repetir sus rutinas diarias a falta de otra cosa mejor que hacer. Aquello es un intolerable y desquiciante circulo vicioso, pero por otro lado, quizá en ello aún podamos encontrar alguna posible iluminación…

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‘El caballo de Turín’ no es una película comentable. No se puede ir sobre ella sin volver sobre una sarta de lugares comunes que es a lo único a lo que las palabras podrían aspirar en este caso (como en casi todos). No se trata de que no podamos encontrar los términos adecuados, es que no existen términos para describir de la desolación y desamparo que se vive en primera persona y que solo el cine -entre otras obras de carácter visual- pueden aún, mágicamente dar cuenta.

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El viento, el viento y el polvo. Fustigantes las telúricas fuerzas que nos ciegan, que nos destituyen de lo que aún pudiese quedarnos de humanidad. Pero todo ello quizás se deba precisamente a la humanidad perdida en primer lugar…

Dios se enfadó y dio un golpe en la mesa. Se puso su pesado abrigo y se fue sin tan siquiera cerrar la puerta detrás de sí. En su carro metió todo cuanto nos había regalado. Incluida el agua, la luz y el tiempo.

Y todo fue culpa nuestra. Sí, nosotros somos los únicos culpables de que Dios se haya ido del todo.

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2 thoughts on “Cuando dios se fue del todo

  1. Parabéns mais uma vez.De novo me fizeram descobrir um cineasta Magnífico, Bela Tarr
    Vi As Harmonias que adorei. Duríssimo e Belíssimo na mesma proporção, isto na minha humilde opinião.Penso continuar ver tudo o que me seja possível dele.Muito Bom.
    Obrigada, Beijinhos.

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    1. Muitíssimo Obrigado. Sem dúvida o Béla Tarr é daquelas pessoas que sabe chegarnos ao coraçao sem ser pelos caminhos mais trilhados. Nú y sem precoiceitos, sabe mostrar-nos o mais horrível e o mais belo do ser humano… sempre em construçao. Um enorme abraço e muitos beijinhos dos Carlos.

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