Mi bebé alado

ilustración Ozon

François Ozon es de estos directores que no le gusta verse encasillado en ninguna temática particularmente definida, y su forma narrativa tampoco es que sea especialmente singular.

Si es cierto que una fuerte imagen de marca permite identificarte a la legua y así recabar legiones de devotos de tus guiños y estilísticos ademanes, lo cierto es que por otra parte no puede haber nada más constrictor. Si la vida te lo permite, ir a dónde nunca has ido antes puede significar el enorme placer que se percibe en todos y cada uno de los cuidados cuentos de este francés. Además, el propósito se sirve solo si has tomado la decisión de no aparecer reflejado en tu obra en afirmaciones tan contundentes como:

“Yo hago películas para estar detrás de la cámara, no delante. Estoy seguro que digo cosas muy íntimas sobre mi mismo en todas mis películas, pero es mejor decir que no de forma explicita, es mucho mejor para mi estar detrás de una mujer” François Ozon.

(http://www.imdb.com/name/nm0654830/bio?ref_=nm_ov_bio_sm traducción nuestra).

¿A quién no le gustaría poder dedicarse a algo totalmente diferente cada vez que se pone manos a la obra? Una nueva visión, una nueva inmersión, una nueva forma de percibir la vida y el arte. ¿Verdad que es precisamente esto que todos andamos buscando? Poder vivir mil ‘yos’ en mil circunstancias diferentes, ¿os lo imagináis?

Finalmente logras registrar algo único. Lo has compuesto tú y en muchas partes de tu obra seguramente habrá trazas de ti mismo -pese a las marcas clásicas del desapego- pero lo que importa es la forma en que se cuenta el cuento. Si está bien o mal contado y no tanto que en él se refleje tu bella imagen. Para ello es necesario mucho crecimiento, gran madurez.

En más casos de los que nos gustaría admitir lo ideal hubiese sido precisamente haberse hecho a un lado. Innegablemente eso suele ser un ejercicio muy difícil de practicar, solo destinado a muy pocos.

Con relación a la obra de Ozon nos pasó algo muy extraño e inusual, admitimos que quizás esta vez se nos haya ido de las manos:

De los autores que acostumbramos a traeros -y que llevamos tan dentro- suele haber un conocimiento previo de toda su obra de un modo general y también especifico de prácticamente todas sus películas. Evidentemente que con el paso del tiempo no tenemos tan presentes todas y cada una de ellas y hay algunas que destacan inmediatamente sobre otras. No fue diferente en el caso de las obras de François.

Lo que ocurre es que -con la escusa de tratar tal o cual tema- solemos elegir una película en concreto y luego volvemos a ver más una o dos aparte, para realizar el post y el vídeo de manera a poder transmitiros nuestra verdadero compromiso con tal o cual autor. Sobre todo, para volver con mayor confianza al recuerdo que guardábamos -en algunos casos de hace más de treinta años-.

Para afianzar nuestras sensaciones y no dejar que la memoria nos juegue malas pasadas, volvemos siempre sobre las pisadas de tal o cual autor, pero en el caso de Ozon no pudimos ceñirnos a esta regla. De pronto, nos sobrevino una inquietante urgencia. Empezó a formarse tal ansia, una sed tan descomunal por más y más películas suyas. Todas tan diferentes, todas tan interesantes. Todas tan apelativas. Repletas de sugerentes sorpresas y diversos puntos de vista… que finalmente terminamos viendo una enorme cantidad.

Aunque hubiésemos decidido con antelación recuperar la fría y mágica -a partes iguales- ‘Ricky’ (2009), volvimos a ver las recientes: ‘Una nueva amiga’ (2014), ‘Joven y bonita’ (2013), ‘En la casa’ (2012). Y no pudimos dejar de sentirnos unos mirones una vez más con ‘Swimming Pool’ (2003). O sentir todo aquel amor, pozo de ignorancia desmoralizante que es ‘Bajo la arena’ (2000). Y luego, evidentemente, tuvimos que recuperar ‘Gotas de agua sobre piedras calientes’ (2000) y ‘Los amantes criminales’ (1999), ambas fundamentales, fundacionales.

Por supuestísimo volvimos a ver el simple, deslumbrante y terrible mediometraje ‘Regarde la mer’ (1997). Pero tenemos que añadir que antes de volver sobre gran parte de la filmografía de este artista, empezamos precisamente nuestra inmersión con la última de sus películas, ‘Frantz’ (2016).

Esta semana, para hablar de este excelente director y tratando de no alargarnos en no más de dos de sus películas de forma más concisa, le pedimos a Mari Carmen Riquelme que nos acompañase para una nueva sesión de ‘Entre Carlos’. A Ozon, Mari Carmen ya le conocía de unas cuantas sesiones de buen cine, pero para la ocasión ha visto expresamente ‘Ricky’ y ‘Frantz’. Para saborear la delicia y charlar luego con nosotros a cerca de sus impresiones al respecto…

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Mari Carmen es una excelente cantante que no le gusta que la pillen cantando porque le da mucha vergüenza. Pero lo hace tan bien que es inevitable pedirle más y más y más. Hasta su genuina vergüenza es tan bella que no podemos dejar de insistirle.

En realidad su estrecha relación con el cine procede del fuerte lazo del amor. Antes de que aquel se produjese no había por su parte una especial predilección por esta manifestación artística y nunca se había detenido a pensar demasiado en ello. Enamorada del cineasta Jesús Serna -también él devoto cinéfilo- como es natural, el séptimo arte fue gradualmente tomando cuenta del corazón de Mari Carmen.

Filóloga de formación, hace algún tiempo se dedica a la dramaturgia para niños. Escribe pequeñas obras adaptadas a las necesidades específicas de los grupos de niños con los cuales trabaja. Ya son muchas las obras que de su pluma nacieron en colaboración con Jesús. Y en más de un rodaje se ha visto envuelta y de alguna forma, en su horizonte, al cine lo vislumbra en su perfecta y precisa silueta. Acercándose desde lo lejos en una indecible puesta de sol de quitar los sentidos.

Se le acerca lenta pero decididamente. Y cuando está ya tan solo a unos escasos centímetros, el cine le dice con voz rasposa y un poco de toz:

-’Hola chica, (cof cof) ¿te vienes conmigo?’

A lo que ella contesta:

-‘Por supuesto’.

Le da la mano. Y camino a la oscuridad de la noche brillante se deja perder entre sus brazos.

Volviendo a François Ozon. No es que este francés sea un artista desprovisto de estilo como pudiera darse a entender en nuestra introducción respecto a su ecléctica postura ante su propio cometido. Y quizá pudieran rondarnos varias pistas que a modo de denominador común funcionen como una especie de anhelo suyo que da la impresión de permearse en todas sus películas -o casi todas- puede que intente atrapar una cierta espiritualidad contemporánea. Tal vez un vano -aunque en ocasiones casi logrado- bosquejo por disecar esa escurridiza posibilidad que en el mundo actual se nos figura prácticamente ausente la mayor parte del tiempo.

Una espiritualidad que se prevé demasiado cerca de la carne para poder decirse de ella con todas las de la ley. Que a veces se guarda en los huesos pero que así escondida se nos olvida para que pueda venir a distribuirse en los mecanismos del pensamiento y la razón. Ignorando corazones, falsas morales, sentimientos obtusos y cosas de otros tiempos que ya no tienen cabida en este mundo.

Una búsqueda que ciertamente también recae en ocasiones en lo ridículo y en lo cómico y la cual, desigual, tan solo es posible a través de una irrevocable sinceridad.

Obviamente, lo espiritual unas veces está mucho más presente que otras, y la mayor parte del tiempo no suele estarlo del todo. Porque luego -sino con la misma intensidad, con mayor ímpetu incluso- en sus deliciosas películas también están dictando los omnipresentes mandatos del placer.

En todas ellas el placer se observa como motor y verdugo de nuestros propios instintos. Indisociable parte de nuestro ser que nos conduce a las más terribles y a las más maravillosas sorpresas. Y precisamente, es en la urgencia de la sorpresa que Ozon se esmera en empollar -en el más controlado de los entornos- sus experiencias más placenteras. Clave en todo el cine de François y sabiduría de excelencia de aquellos pocos que no solamente logran guardar el postre para el final, sino que mientras tanto te van dando indicios sobre la posibilidad de que se trate de un dulce que nunca has probado.

Precisamente en ‘Frantz’, François juega con las migajas de su ser esparcidas a cuenta gotas a lo largo de su filmografía. Juega con nosotros en cuanto espectadores más olvidadizos que conscientes -e incluso echando mano de equivocados discursos meta-críticos como aquel en que le comparan, tildándole como el Almodóvar francés. Es cierto que aunque sean totalmente absurdos los fundamentos de tales diplomas, una vez firmados, difícilmente se desvanecen de nuestra memoria. Innegablemente pasan a formar parte de uno… y en tal tesitura: ¿por qué no aprovecharlos en esta nuestra sociedad tan voraz y propensa a todo tipo de chismes?

Siguiendo la estela de la película ‘Remordimiento’ (1932) de Ernst Lubitsch, Ozon da título a su película con el nombre del chico muerto en la guerra –Franz– un joven músico alemán cuya tumba es visitada por su viuda prometida y un amigo francés del que nadie en la familia de Franz conoce la existencia.

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Teniendo en cuenta este factor contemporáneo que es nuestra inapelable pertenencia a los círculos dictados por la moda -ya sea en cuestiones puramente estéticas o a un nivel social mucho más intrínseco- convengamos que todos somos esclavos de nuestro tiempo. Por eso, aunque a primeras Ozon nos remonte a una época distante como aquellos primeros años del posguerra en Alemania, él sabe que pensaremos como personas de ahora, sabe que no nos es posible trasladarnos por entero al 46 y al 47.

Sabe que aunque todo se vuelva súbitamente blanco y negro -cuando la tristeza no deje traspasar el color- será con nuestros ojos habituales que seguiremos buscando todo el espectro. Y como el suyo es un cine de placer (damos por sentado) -en claro homenaje al cine de Wim Wenders, de Edgar Reitz, los maestros del Nuevo cine alemán– nos entrega ráfagas pinceladas de colores brillantes, suaves y delicados. La luz penetra con cierto candor -cálida en nuestros corazones- pero luego… la lección no es aquella del placer sino de la tristeza y del remordimiento que duramente también nos puede enseñar el cine. Pesadas cargas a cuestas -por culpa nuestra- al percatarnos de nuestros abrumadores prejuicios. Incluso como espectador -víctima engañada por su propio tiempo- tenemos que cargar también todas estas idiotas suposiciones.

Es cierto que no hemos vuelto sobre sus aclamadas comedias ‘8 mujeres’ (2002) y ‘Potiche-mujeres al poder’ (2010), deliciosas y totalmente volcadas hacia el placer. Todos los placeres que pueden advenir con el cine… pero no pudimos dejar de sucumbir a aquel desternillante delirio que adaptó de la original obra de teatro de su director preferido, Rainer Werner Fassbinder (de quién hablaremos en el siguiente capítulo) ‘Gotas de agua sobre piedras calientes’ (2000), que es una comedia ácida o un drama extremo que no podría más que llevarnos a la risa. Risa nerviosa pero también absurda y deliciosa risa.

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En ella se lidia una obsesión amorosa que en su crescendo de maltrato consentido es dónde adquiere el gusto y el equilibrio excitante de una imposibilidad a voces. El suicidio puede ser el paso más sensato… ¿pero nos podemos reír de algún suicidio?

En ‘Los amantes criminales’ (1999) ya Ozon nos había puesto a los pies de los caballos frente a nuestros más ocultos e inconfesables deseos. En aquella declarada revisión del clásico de los hermanos Grimm, su Hansel y su Gretel no eran inocentes, aunque él sí era virgen… Tampoco eran hermanos sino novios. Sin embargo, cuando la bruja -quien en realidad era un bruto ogro salido- les aprisionaba en el oscuro sótano de su cabaña en medio del bosque, el supuesto Hansel descubriría por qué aún no había logrado perder el virgo con su novia.

También en ‘Joven y bonita’ (2013) vuelve a tratar la virginidad y lo que puede llegar a conllevar dar rienda suelta a nuestras más bajas pasiones sin cualquier tipo de mesura. La cuestión moral se vuelve a servir desde las cimas menos admitidas o consideradas políticamente incorrectas. Pero vamos, que la moral en sí quizá sea precisamente la amoralidad del tema por ser aquella – convención instituida. Y ya cuando juzguemos tildando nuestros propios comportamientos como dignos e indignos, nos veremos las caras en los espejos solitarios de nuestros baños más privados.

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Al final estas cuestiones siempre se relacionan con nuestra propia moral. Nuestra conducta más o menos comprometida socialmente o terriblemente socavada por la propia sociedad. De una u otra manera desembocan en nuestro íntimo inconfesable para retorcernos y hacernos volver sobre nuestros oscuras pulsiones y taimadas filias.

Y luego toda aquella espiritualidad perdida. Echada a perder a manos de algún tierno y alado súcubo que nos visita por las noches para hacerse con nuestros naturales fluidos… porque ojo, todos tenemos uno de estos que nos rondan en las noches de mayor cansancio. A duermevela podemos percibirlos entrando por la ventana abierta en pleno verano. Luego solemos cerrar los ojos y quedarnos totalmente traspuestos. Y que tire la primera piedra quién jamás haya sido visitado por uno de estos alados demonios.

Esto nos hace Ozon, tirarnos de la lengua. Esto es lo que consigue…

En su debut, ‘Regarde la mer’ (1997) -con menos de una hora de duración- se ceñía a contarnos la casualidad de dos mujeres que se conocen en una apartada casa en la playa. Una de ellas con la única compañía de un bebé de pocos meses recibía la inesperada visita de la otra, una mochilera muy punki que le pedía plantar su tienda de campaña en el jardín de la casa.

En realidad la soledad puede llegar a hacer los peores de los estragos y quizá el peor de todos sea precisamente el de confiarnos en el desconocido.

Tan perturbadora como sugerente, esta pequeña película es una auténtica joya, tal y como la más divertida y también provocadora -en otros sentidos- ‘Una nueva amiga’ (2014). También protagonizada por dos mujeres y una bebé muy pequeñita aún.

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Quizá aquí pueda ser dónde Ozon se aproxime más a Almodóvar, como habrá querido ver algún crítico que no se nos quita de la cabeza… Su pequeño argumento es muy pero que muy simple, pero cuando uno lo piensa dice, Ya… pero sí me ocurre a mí ¿cómo actúo?:

A la muerte de su mejor amiga, Claire promete cuidar a su marido y a la hija de ambos de quien es madrina. Pero cuando Claire logra recomponerse un poco de su pérdida y decide ir a echarle una mano al viudo de su mejor amiga, resulta que conoce la que se convertirá en su mejor amiga. Ui… ¿ha quedado demasiado explicito? Rogamos nos perdonéis…

También en un jocoso tono plagado de sensuales sugerencias, ‘En la casa’ (2012), cuenta como un profesor de lengua se ve completamente atrapado por la redacción que en sucesivos capítulos le va suministrando uno de sus alumnos. El niño no tendrá más de quince o 16 añitos, y el profesor primero empieza por dedicarle unas exclusivas clases extras, dice que en él ve potencial y quiere así animarle a seguir escribiendo. De cierto asegurar que los jugosos capítulos de su sugerente cuento sigan llegando a sus manos. Como cada mañana, para enorme deleite del profesor, una nueva entrega llega al instituto en dónde transcurre gran parte de la acción.

El cuento que escribe el niño, por otro lado, retrata la casa de su mejor amigo, un compañero de clase. Amistad constituida por interés por aquello de las licencias poéticas y necesidades creativas… y poder así colarse en su casa e investigar a su familia de clase media. Peligroso y curioso leitmotiv repleto de potencial.

A poco y poco, al profesor aquella historia le va cautivando más y más para que una vez esté ya totalmente absorto llegar incluso a incurrir en terribles delitos, no sea que su particular Sherezade le niegue una nueva entrega.

Un poco en la misma línea, ‘Swimming Pool’ (2003) la deslumbrante Charlotte Rampling hace de exitosa escritora inglesa en plena crisis creativa. A sugerencia de su editor se va a Francia a pasar unos días a la casa que él tiene allí. La casa tiene una magnifica piscina y la imaginación de la escritora es prodigiosa. Enseguida se pone a trabajar y todo parece ir como la seda cuando descubre que en la casa no estará ella sola concentrándose en su nueva novela.

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Mientras tanto, la típica y comprensiblemente amargada escritora tiene tiempo para conocer un poco la región… en uno de sus paseos incluso visita el derruido castillo del Marqués de Sade. Quizás como distinguible signo del sado-masoquismo a que toda creación se atiene.

Quién se dedique a escribir sabe bien que no es fácil dejar que invadan tu espacio sacándote mil veces de tu concentrado silencio -requisito crucial para cualquier escritor- no obstante, también sabe que si no entran otros sonidos imprevistos en juego, la obra no se podrá generar – con toda la crueldad que conlleva algo a lo que se da a luz y que abrirá los ojos por primera vez.

Ozon también sabe que a veces nuestros mejores aliados son precisamente nuestros propios fantasmas. Ellos no solamente pueden ayudarnos a crear el entorno más propicio a nuestros placeres más ocultos pero también nos pueden elevar en nuestros más noble sentimientos. Como en ‘Bajo la arena’ (2000), en dónde nuevamente la maravillosa Charlotte Rampling se niega a creer que su marido se haya perdido en el mar. Ahogado, suicidado quizá… ¿Pero por qué?

Algún motivo, extraño augurio de una explicación que no tiene sentido. Por su parte ella seguirá amándole, devota, como si nada hubiese ocurrido. Entregada a su adorado marido, quién a su vez -como su propio fantasma- seguirá devolviéndole todo su amor.

Aún a expensas de haberos tan solo dejado con la miel en los labios en las escuetas descripciones anteriores, ellas resultan fundamentales para llegar a una cierta conclusión respecto al cine de este hombre. Quizá después de todo tengamos que admitir que quizás exista algo de Almodóvar en su acercamiento al sexo. En su inteligente trazado de los personajes que a veces parecen sacados de un catálogo de tonticos que resulta imposible no amar.

Ya sea por su innegable recurso al suspense, logrando tenernos en vilo todo el tiempo, o por las atractivas imágenes que genera en sus sensuales encuadres… de ojos brillantes, expectantes con ese resultado que ni se nos ocurriría tan siquiera aventurar adivinar, reconocemos que nos tenemos que rendir a François tanto como a Pedro.

Quizá todas ellos sean cuentos muy diferentes y no exista realmente una línea tan recalcada como en las películas del manchego, pero de algún modo todas ellas son increíblemente excitantes. Eso es algo que no podemos dejar de admitir.

Y si hay verdaderamente algo que los aúne, es hacernos sentir bellamente aupados en la maravilla que el cine aún puede regalar.

Antonio Mercero habría dirigido ‘Tobi’ (1978), con lo cual, ante ‘Ricky’ (2009) de François Ozon, algunos críticos habrían querido ver similitudes, asistiendo a lo que tacharían como un posible plagio, treinta años después. Los plagios se denuncian. Aunque ya de eso no tenemos noticia en este caso particular.

Tratando de no entrar en vanas polémicas nos gustaría simplemente remachar que un leitmotiv, principio motriz y otras particularidades de una obra, no tienen por qué constituir plagio si radicalmente aquellos se perfilan hacia otras direcciones. Partiendo y desembocando en planteamientos completamente diversos. Deslegitimar una autoría -como en este caso- sí que podría constituir caso de delito. No obstante, en la medida en que nuestra cultura precisamente se verifica vaso-comunicante, carecen de fuerza este tipo de apreciaciones infundadas que obviamente solo buscan lucrarse de la polémica desatada. Por eso mejor que el olvido se encargue de tan desafortunadas tonterías.

‘Ricky’ (2009), nuestro bebé alado, podría ser uno más de entre todos aquellos maravillosos cuentos que quizás no elegiríamos de buenas a primeras después de visto lo visto. Probablemente porque no nos atraiga demasiado su carácter más fácil para hacer taquilla. Quizá porque realmente no sea una película bella per se, y sin embargo…

Había una niña pequeña, de siete u ocho añitos, rubita y con grandes ojeras. Todos los días se iba a la escuela en autobús. Su mama trabajaba en una fábrica y su papá las había abandonado. Ella ya ni se acordaba de él.

Pero un día, mamá conoce a un hombre peludo en su trabajo y se lo lleva a casa. ¿Quién será aquel extranjero que está desayunando con mamá? Todos risueños los dos. Y a mí nadie me hace ningún caso.

Encima, pasados unos meses nace Ricky. Ahora me harán menos caso aún. Seguro!!!

Ricky es el tierno bebé que viene a llenar de color las grises existencias de estos personajes ojerosos e inmersos en una monotonía sin par. Habitantes de un mundo necesariamente feo y repleto de impureza.

Una vez más, la espiritualidad está en jaque. No hay nada por qué rezar ya. No hay nada en qué creer. Y sin embargo Ricky… una buena mañana despierta con unos terribles moratones en los omoplatos.

Son las alas… las alas que le están saliendo por fin… Pero nadie se lo cree.

¿Cómo se lo van a creer? ¿Estamos tontos o qué? Si a mi me tocase la bonoloto tampoco me lo creería, ¿os lo podríais creer vosotros?

Y por eso ‘Ricky’, quizá aún pueda ser de todas las deslumbrantes películas de François la más importante de todas cuantas nos haya ofrecido. Porque nos hace creer que un día también nosotros podemos tener un bebé alado.

Por eso gracias François, gracias por hacernos creer.

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3 thoughts on “Mi bebé alado

  1. No sé si al final van a aparecer tres comentarios míos en esta entrada o ninguno, porque he intentado comentar tres veces y siempre me sale un mensaje que dice que hay un fallo de wordpress y que mi comentario no ha sido publicado… Os lo digo porque no es la primera vez que me pasa en vuestro blog, no sé será casualidad.

    A lo que iba: Me admira lo mucho que trabajáis vuestras entradas, lo documentadas y trabajadas que están. Felicitaciones por mantener un nivel de calidad tan alto. Un abrazo, amigos.

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    1. Muchísimas gracias. No sabemos a qué podrá deberse ese fallo de wordpress, hasta ahora nadie se nos había quejado. No salieron tres comentarios tuyos, tan solo este al cual te respondemos y un me gusta tuyo. Muchísimas gracias por leernos y por comentar. Solo esperamos que nuestros textos sigan siéndote útiles. Por nuestra parte lo que más nos interesa es la transformación que se produce en nosotros al conocer toda esta fascinante información. No hay nada como nutrir el espíritu. Un fuerte abrazo de los Carlos.

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