Pixote, la brutal ternura

ilustración Pixote

Parecían haberse puesto de acuerdo nuestro adorado Abbas Kiarostami y este argentino afincado en Brasil desde sus 19 añitos -de su nombre Héctor Babenco- …parecían haberse puesto de acuerdo para emprender el que sería su último viaje. El 13 de julio nos dejaría cuando tan solo unos días antes, el 4 del mismo mes, se le habría adelantado Abbas.

Si bien pensado, como ya decíamos en nuestra entrada dedicada al iraní: https://elcinequellevamosdentro.wordpress.com/2016/12/09/autentica-copia-original/ quizá a esto que surge en la blanca página que tenemos entre manos se le pueda considerar también otro de sus viajes. No a título póstumo, sino a razón del enorme ser que quedó impregnado en nuestras memorias y que sigue su periplo sin detención. Contagiando por doquier toda su sensibilidad.

De sus primeros viajes queda aquel episodio en el cual huyendo a la persecución antisemita y los duros tramites militares que suponía hacer la mili en su país de origen en los años 50- y que le haría emigrar muy pronto.

Mientras tanto, haciéndose brasileño, toda una vida repleta de dulzura y duros tormentos.

Para la presentación homenaje de esta semana, elegimos tres de sus grandes obras: ‘Pixote, la ley del más débil’ (1980), ‘El beso de la mujer araña’ (1985) y su última película, la autobiográfica “Mi amigo hindú” (2015).

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Hablar del cine de Héctor es hablar de Brasil, porque aunque cuente entre su filmografía con algunos títulos aparentemente muy norte americanos, otros medio argentinos, en su sangre bullen las fuertes emociones y una clase de moral -aprendida de muy joven- que solamente podemos reconocer en los extremos radicales que enverga la cultura de este bellísimo pero duro país.
Entre las películas realizadas como producciones de carácter más internacional encontraríamos por ejemplo aquél título tan conocido en el que Meryl Streep y Jack Nicholson interpretaban a dos vagabundos alcohólicos, “Tallo de Hierro” (1987). O aquel otro con Tom Bereger, Aidan Quin, John Lithgow, Daryl Hannah, Katy Bates y Tom Waits, “Jugando en los campos del señor” (1991), siguiendo la novela con el mismo nombre de Peter Matthiessen y adaptada para la pantalla por el gran Jean-Claude Carrière.

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Y aún, cuando se acerca a Argentina en títulos como ‘Corazón iluminado’ (1998) o en ‘El pasado’ (2007), este último con un fantástico Gael García Bernal…

Hablar del cine de este hombre conlleva hablar de diversidad y conflictos inmersos, radicados en extremos totalmente opuestos. Es hablar de los grandes abismos sociales, las injusticias y las emociones demasiado intensas. De tal manera arraigadas… que aunque lleven desde hace milenios dándonos los aires de su gracia, solo pueden guardar relación con esa sangre brasileña, caliente y plena de vida en su expresión más expuesta y desinhibida. Visceral y profundamente real.

La vida y la muerte siempre tan cercanas. Ambas, dadas de la mano en este viaje terriblemente violento pero extrañamente repleto de dulzor. El chicle y los globitos estallando con candor mientas a tu lado un navajazo termina con la vida de alguien que conoces, por ventura alguien que amas.

La vida y la muerte aún pertenecen a ese tipo de entelequias que no logramos disecar por más que en ellas nos internemos. Probablemente no existan para que las entendamos del todo y finalmente nunca lo hagamos. Sin embargo, es la fina línea que las separa la que de entre todas las cosas aún nos llama con más fuerza a la reflexión… nuestro vano y fútil intento, nuestro más noble intento.

Seguramente las que traemos hoy no serán películas para corazones en estado delicado pero -de su propia delicadeza- podemos afirmar que si aún quedan cinéfilos sin conocer estas maravillas de las cuales aquí os hablaremos ahora, quizás aquellos deberían replantearse sus conocimientos y filias respecto al séptimo arte. Deberían finalmente reconocer la enorme carencia que supondrá en su propia autoestima y amor personal no haberse enterado hasta ahora de que aquí hablamos probablemente de todo lo que el cine siempre nos permitió mirar, pero que muy pocos se atrevieron a averiguar.

No es fácil describir ninguna de las descarnadas películas de este argentino/brasileño que llevamos tan dentro. Cada una de ellas es un canto a la vida y una dura caída en picado en la constatación física de la muerte, siempre inminente. Tan duro, que todas sus propuestas nos arrebatan las palabras. Ante ellas -Majestades, todas ellas- ya no hay nada que añadir. Esta es la pura verdad.

Antes de entrar a describir -a duras penas- nuestras tres elecciones de la semana, no dejaremos de mencionar sus dos primeras películas ‘Lúcio Flávio, o passageiro da agonía’ (1977) retrato de un bandido de los 70 perfectamente realizado, y “O rei da noite” (1975) que transcurre en los años 40 en Brasil, película de época para empezar su escasa pero fulgurante carrera. Un must see.

Y finalmente, la película que quizá le haya otorgado mayor reconocimiento (dudamos entre sí deberíamos tratarla con igual profundidad que a las tres elegidas o dejarla tan solo como referencia extra. Llegamos a la conclusión que aún está bastante reciente en el consiente colectivo y que su tremendísimo tráiler será más que suficiente) se trata de ‘Carandiru’ (2003):

¿Por qué nos meteremos en estos fregados? Con lo fácil que sería hablar de una película musical y alabar las coreografías de tal o cual director. Una comedia romántica, quién sabe… de aquellas que a dado momento a todos nos puede llegar a tocar la fibra sensible y dejarnos saciados y suspirantes. Pero el cine es lo que tiene… a veces nos retuerce para enseñarnos una verdad mayor y de ahí no podemos salirnos ya. Nos hace encararnos a nosotros mismos en los abismos y los oscuros recesos sometiéndonos a sus implacables juicios solemnes. Y luego, cuando algo de esto te toca, todo lo demás empieza a decrecer a simple ojo desnudo. Todo pierde importancia. Todo se desinfla a tu alrededor dejando a descubierto la dura costra que nunca más terminará de cicatrizar.

En ‘El beso de la mujer araña’, que está hecha con grandes actores -gigantescos William Hurt y Raúl Juliá y una fantástica e increíble Sonia Braga- es en su tono teatral, que de tan milimétricamente medido logra meterse por todos nuestros poros y quedarse marcada indeleble en nuestra psique, en nuestro torrente sanguíneo per aeternum.

En esta película se juega con nuestras emociones más ocultas empujándonos a nuestras propias soluciones resilientes -las más loables- las proporcionadas por nuestro inagotable imaginario.

Una vez más, cuenta uno de los dramas carcelarios más arrebatadores de que tenemos memoria.

Raúl Juliá es un preso político en una de aquellas tremendas cárceles de Brasil. Es apaleado y vilipendiado por sus carceleros que quieren descubrir donde se oculta la célula revolucionaria a la que pertenece. Como no logran sacarle información, hacen un pacto con William Hurt -su afeminado compañero de celda- prometiéndole la libertad condicional si les proporciona los datos que quieren sonsacarle a Juliá.

Aunque no sabemos muy bien si Hurt se acerca a Juliá con la simple intención de lograr su propia libertad, su aproximación resulta de lo más sincera… Sus cautivadores amaneramientos exhalan los aires teatrales de la película sobre nazis que decide contarle como modo de evasión más que logrado. Aquella es su particular e inteligente forma de escapar del mundo tan hostil y horripilante en donde están atrapados. La forma que tiene de hacerle la estancia lo más agradable posible a su rebotado y revolucionario compañero de celda.

El tiempo pasa y una maravillosa Sonia Braga (la mujer araña) nos conquista a nosotros y a ellos dos. Nos besa profundamente para arrebatarnos el corazón.

En la película muda que transcurre en la cabeza de Hurt -con personajes dueños de los arrebatos propios del primer cine en sus profusos gestos afectados- Babenco hace un genial y grandioso homenaje al cine en sí mismo. Hurt, con enorme pasión narra una intrigante historia de espías repleta de los manierismos más preciosistas que conocemos. Y mientras tanto, del hechizo de la narración surge una posible forma de amor. Como la flor que encuentra su camino hacia el sol abriéndose paso por entre una fina grieta en el duro cemento.
Es cierto que se trata de un amor a medias. El personaje de William Hurt es homosexual -y aunque por momentos podamos desconfiar de sus intenciones- percibimos como nace el afecto por su compañero, como se afianza a poco y poco. Ya lo mismo no podemos decir de Juliá, aunque su exponencial amistad por Hurt también le deja divagar más allá de condiciones y promesas. Al fin al cabo, todos somos de carne y hueso.

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‘Pixote’ está íntegramente hecha con niños de la calle -no actores- entre los cuales tan solo Fernando (Pixote), Jorge (Lilica) y Gilberto (Dito) -sus protagonistas más destacados- habrán probado suerte en alguna tv movie y una que otra película, pero ninguno de ellos lograría hacerse una carrera como actor.
El enorme elenco de chicos de la calle estaría compuesto principalmente por Fernando Ramos da Silva (Pixote), Jorge Julião (Lilica), Gilberto Moura (Dito), Edilson Lino (Chico), Zenildo Oliveira Santos (Fumaça), Claudio Bernardo (Garatão), Israel Feres David (Roberto Pé de Prata), José Nilson Martin dos Santos (Diego) y una fantástica Marília Pêra (Sueli)… Ella sí, famosísima en Brasil por sus personajes en numerosas películas y sobre todo en sus populares participaciones en los clásicos culebrones brasileños conocidos como telenovelas.

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En un tosco primer abordaje, así para empezar, podríamos decir que en la primera parte de la película -con un fuerte tono documental- Babenco traza una denuncia social pertinaz y totalmente desgarradora de la vida en los internados para chicos de la calle -o sin recursos- en el Brasil de los 80.

En su segunda parte, los chicos logran escabullirse de aquella terrible prisión para menores, para de alguna forma darnos la visión invariable de la culebra que se muerde la cola. Afuera, la vida puede tener un aspecto, una florescencia colorista que no les ofrecía dentro. Puede haber un cierto bosquejo de esperanza, un cabello ondulando al viento en la fuga y libertad prometida, pero finalmente no deviene en nada mucho más sonriente que la realidad vivida en aquellos supuestos centros de integración social. Aquellos refugios, cuyos sistemas correccionales se supondría que deberían albergar y promocionar las solidas carencias de afuera… existir exactamente para la pura protección del menor. Para minorar los sopapos que el mundo les tuviese reservados.

No son exactamente lo que se supondría que fuesen aunque finalmente deberíamos cuidarnos de pensar en ellos tan solo como terrible prisión, cuando lo de afuera -la vida real- es la que está podrida de raíz. Cuando es ella y todo el sistema estupidopolítico de fondo la que los genera.

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Paradójicamente, nada de esto es lo que nos toca verdaderamente en ‘Pixote’. De alguna manera todos hemos sido alertados para ello e insensibles ya se encargaron de dejarnos desde las más diversas plataformas.

En buena verdad, todo esto no pasa del tosco abordaje que encontramos para sustituir nuestro enorme estupor, la falta de palabras que nos invade al tratar de describir una realidad tan tremenda. Tan ineluctable. Tan sobrecogedora. Esto no es el telediario. Esta película -desgraciadamente- es la vida real.

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Pensar en aquel angelito que da nombre a la película… en todo lo que ha vivido. Once añitos solamente y todo lo que ha visto ya. Su mirada tierna y dulce totalmente corrompida. Mirada tantas veces molestada. Violada infinitamente… Y a la cual ni siquiera se nos ocurriría la posibilidad de cambiarle el chip. Pensemos que simplemente solo ha vivido toda aquella violencia, toda aquella horrífica realidad. Eso es todo lo que conoce.

Por todo lo que ha pasado este niño que amamos desde el momento en que lo vemos cruzar la pantalla por primera vez. Símbolo de infancia perdida -inocencia despedazada- vivida por tantos y tantos a lo largo y ancho de nuestro mundo inmundo. Símbolo que podemos encontrar en los ecos mismos de la vida fuera de toda ficción… en la propia muerte de Fernando Ramos da Silva -quién habrá intentado actuar en otras producciones dado el enorme éxito alcanzado en esta película, pero que sin estudios y no pudiendo aprenderse sus diálogos terminaría siendo desechado. Para que luego, una vez volviese a su pueblo en el interior del país, resignado y enredado en los trapicheos y la vida jodida de siempre, con tan solo 20 añitos de edad terminaría siendo víctima de una redada en su propia casa.

Un policía dispararía hasta terminar con su vida.

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En la película encontraría su propia ley en el peso de una pistola a su medida. Y luego, todo lo injustificable que traemos por bandera, impregnando y destilando de todos nuestros prejuicios -estos sí, sin justificación alguna, porque ni tan siquiera nos detuvimos ni un instante en la reflexión de posibles porqués-. Toda la verdad aparentemente injustificable que aquí reina con nombres y fechas y con toda la elegancia de lo innegable. Toda la garantía de lo sentido en primera persona. Porque retamos a todo aquel que no sienta empatía por Pixote a tirar la primera pedrada.

Por último os recomendamos ‘Mi amigo hindú’ (2015). La que sería la última de las intensas películas que nos dejo este inigualable cineasta.

En este caso, aunque se haya dicho de la película que estaba ligeramente inspirada en la propia vida de su autor, en las terribles sesiones de quimioterapia y otras dolorosas intervenciones a que su linfoma le obligaría, tenemos por seguro que es la obra más personal y profundamente autobiográfica de Héctor.

En Willem Dafoe, Babenco encontraría su perfecto alter ego. Y la película es tan sentida, íntima y profundamente inspiradora que no hay de entre vosotros quién visione esta maravilla sin que se le estremezca algo por dentro.

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Las interminables sesiones en el hospital, que a primeras rehúye pero que de alguna manera logra tomarse con cierta filosofía (y con enorme belleza…) se tratan de una sutil y determinada apuesta con la vida. Como quien dice, entremos una vez más a la nave de ‘2001, una odisea en el espacio’ (1968)… pero invariablemente, la enfermedad termina afectando a todo a tu alrededor.

La vida se siente siendo echada por la cañería cuando los que te quieren se sienten desvanecer. Evaporándose en todos aquellos entretantos y esperas infinitas. Primero son días, luego años, luego todo ello se convierte en una eternidad.

¿Dejar de existir por amor? A lo mejor cabe la hipótesis de que tus seres queridos ya no aguanten más y terminen dejándote, yéndose inexorablemente.

Pero lo más sabio, lo que destacamos sobre todo -lo que nos regala la sensibilidad inmensa de Héctor- es el hecho de no encontrar la imaginación solamente como mero consuelo en medio de todo esto. Sino que su máxima vital encuentra en la creación su lugar de recuperación y con ella unas ganas irrefrenables por seguir luchando por la vida.

En la figura de su amigo hindú, el pequeño que conoce en el hospital y que también lucha por su vida, es en dónde establece la magistral lección vital que nos entrega a modo de testamento.

Si reflexionamos un poco al respecto, pensemos que la muerte súbita de un bebé no puede ser tan distinta a la de un niño de 6 o 7 añitos. Es decir, a los bebés que mueren espontáneamente (tratando de justificar su sinsentido) se les puede aplicar la teoría de que cuando el bebé sueña tan profundamente puede enredarse en sus sueños… puede soñar tan intensamente que simplemente deje de respirar rememorando su anterior y reciente estado vital, aún envuelto en líquido amniótico. Por eso -luchar por su vida- para un niño pequeño puede no ser el más atractivo de los retos.

Héctor, en la figura del magnífico Willem, trata de inventar mil formas de cautivar con sus historias a su pequeño amigo. Y convengamos que cuando tratas de ayudar -aunque no puedas con tu alma- cuando le echas una mano a quién tal vez aún lo necesite más que tú, tu propia vida gana más sentido si cabe. Tu fuerza se restablece y tu imaginación se revigoriza. Se retroalimenta. Esa suele ser la mejor opción, la mejor solución. Y luego, toda la creación.

Soñando infinitamente con la posibilidad de dirigir una última película -la que estamos viendo precisamente- Babenco revisita sus clásicos de elección. Se regodea bailando bajo la lluvia o bailando a lo Fred Astaire, incluso sin poder tan siquiera salir de su cama. Hasta en sus inúmeras muertes y sucesivos comas, Babenco nos cuenta cómo juega al ajedrez, cual Max Von Sydow en la ‘El Séptimo Sello’ (1957). Burlando la muerte. Haciéndole una jugada maestra, aplazándola.

Aunque quizá la de Babenco haya sido una muerte más cálida después de todo. Una muerte algo más amable.

Héctor se nos fue. Y esta vez la vida acertó en brindarle la oportunidad que tanto desea todo gran artista… Si es que lo desea de verdad y le pone todo su empeño.

Nosotros no somos hindúes, pero tampoco olvidaremos tus historias jamás.

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