Lloverá

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Hay veces que no logro entender por qué hay obras tan incrustadas en según qué personas. Por ejemplo el otro día, en una de nuestras conferencias respecto al cine que llevamos dentro, una niña de unos 11 o 12 añitos nos hablaba de su enorme pasión por ‘The Shining’ (1980) de Stanley Kubrick. Es difícil entender por qué unas obras tocan tanto a unas personas y quizá menos a otras. Aparentemente no tienen por qué tener ningún tipo de co-relación con la persona tocada.

Para Carlos -que es de las personas más sensibles que conozco- la película que traemos esta semana le puede. La ha visto millones de veces y de cada vez que lo ha hecho le ha encontrado más motivos y razón de ser. La importancia -que quizá a la mayoría de cosas que consumimos tenemos que exprimirle con todo el peso del alma- en este caso, es para él como un regalo instantáneo. Sentido tan a flor de piel, que pese a ser una película durísima (y aparentemente no pegarle nada) la lleva por dentro como una grave lección, aprendida al dedillo además.

A mí no me deja nada indiferente y la reconozco como una obra valiosísima, sin embargo estoy deseando pasar página y olvidarme ya de lo que he visto. Un poco como el fado de mi país: bellísimo sin duda, pero tan duro que prefiero no escucharlo, demasiado dolor…

Menos mal que me suele pasar aquello de que cada vez que vuelvo sobre una película la suelo tener ya mayormente olvidada y vuelve a ser todo un descubrimiento para mí. Olvido personajes, estructuras, giros y puntos clave incluidos. Por tanto, vuelve a ser totalmente nueva, pura.

Una vez más, me tocará olvidarla a toda prisa, aunque quizá esta vez se quede de forma indeleble en mi memoria, puesto que el presente post me hará ir sobre ella como acostumbro, tocándola desde dentro, en lo más hondo.

Aquí estamos hablando de la ópera prima del macedonio Milcho Manchevski ‘Antes de la lluvia’ (1994). Y en este caso hablamos de CINE con mayúsculas. Tal vez después de todo, esta venga a ser la mejor opción… hablar de esta película como un mantra para que me pueda purgar. Hablar de ella para que no se me quede enquistada, para que no menosprecie sus enseñanzas lanzándola al olvido de forma inmediata.

Para qué podamos celebrar como se merece, cada gota de lluvia.

A veces una obra puede resultar demasiado dolorosa como para retenerla del todo y sin embargo, esta quizá sea la forma más eficaz de tener presente sus cualidades y largo empuje. Porque las premisas de humanidad que en ella se entrañan nos pueden ayudar a ver más allá de nuestros propios ombligos y encima, ponderar ‘lo nuestro’ a través de todo lo que nos rodea. Incluso lo que damos por sentado como fuera de alcance en nuestro círculo vital.

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De su tema central, habrá quiénes encuentren la guerra entre hermanos uno de los más atroces comportamientos de que se tiene constancia. Incluso habrá quiénes consideren que unos hermanos lo son más que otros. La consanguineidad aún tiene la última palabra y aquello de que todos somos hermanos puede que resulte un poquito demasiado poético, tanto que seguramente incluso suene estridentemente patético. Nosotros no lo creemos, pero dejemos que nuestra elección de esta semana guíe vuestros instintos y dejemos que sea el vuestro, el corazón que os hable a vosotros mismos, en la intimidad de vuestras propias consciencias.

Hay zonas en nuestro planeta -aquí bastante cerquita de nuestro paraíso terrenal- que de cuando en cuando criticamos por puro hastío y falta de perspectiva. Hay zonas aquí al lado de casa que parecen estar totalmente dejadas de la mano de dios. Y una de las cuestiones que precisamente sentimos que desangela estos sitios suele ser una arraigada y fundamentalista condición de creencia a rajatabla. Y sobre todo, por aquello de que dios nos libre de que mi hermano crea en algo distinto a mí.

Pero también hay veces que tenemos la suerte de toparnos con una mente clara que nos guía. Como la de este macedonio afincado en Nueva York -Milcho Manchevski- que nos presenta la realidad que se vive en su país de origen de manera a ser imposible no salir tocado al tratar de percibirla. Y decimos de su claridad mental porque logra dar cuenta de una realidad sin lógica ni remite y hacerlo sin subterfugios. Por más que nos aventuremos a encontrarle justificaciones a lo ocurrido, es como si una fatalidad en el aire que precede la lluvia nos rondase de manera a no dejarnos escapatoria. No hay hacia dónde huir.

Vale, tenemos presente aquello de que lo que nos resulta extraño nos asusta, y que en una reacción natural a lo más que llegamos es a entrar en la oscuridad a puñetazo limpio. Pero también hay ocasiones en que la oscuridad es condición permanente y ya no hay porqués, sentidos, lógicas ni fundamentos, sangre, religión o credo, ni nada a qué podamos hincarle el diente como pasible de ser entendible.

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Los cachorros juegan a morderse y a arañarse. En tal conducta puramente instintiva podemos llegar a encontrar los rasgos del amor fraternal que busca tanto ejercitarse en los menesteres de la autodefensa como en la generación de vínculos a un nivel mucho hondo de lo que daríamos en creer a simple vista desarmada. Aunque resulte evidente si siguen jugando o si ya entraron a mordidas incisivas para hacer daño de verdad…

En esta película se nos presenta la enorme variedad de conductas a las que podemos estar adheridos en ejercicio activo e incluso llegar a ese punto en el cual los propios congéneres -hermanos de sangre criados mano a mano y perteneciendo incluso a la misma camada- dejan totalmente de lado su propio ser mayor -el que les hace ser quienes son realmente- para desviarse hacia los parajes de la locura más inhóspitos y desoladores.

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Antes de la lluvia viene la tormenta y la tormenta está cargada de locura. Tan sobrecogedora que ni siquiera los relatos de vida en ella inmersos nos sirven para apaciguar los destrozos dejados a su paso altamente destructor.

Milcho Manchevski nos enseña como nacen las ovejas durante la tempestad, el aire eléctrico y atosigador no detiene el parto horas antes de que ocurra lo peor. También hay niños pequeños paseándose en alguna secuencia… Es decir, la vida sigue su pulso imparable tal y como el tiempo no se detiene jamás. Pero lo que enseña de verdad es que la vida realmente es la excepción. Además, lo dice claramente, para más inri. Y aunque a primeras no nos lo podamos creer porque tal sentencia no entra llanamente en nuestros esquemas mentales, tenemos que darle la razón: La verdad es que efectivamente la paz es la excepción.

No hay diferencia entre animales y humanos, a fin de cuentas hay bestias humanas entre nosotros y animales dóciles que no le harían daño a una mosca. Tal línea ni siquiera se plantea.

Lo que sí se tiene que poner en causa, es ¿por qué vamos en busca de la tormenta? ¿Por qué nos metemos en ella de lleno? ¿Por qué después de haber logrado salir del manicomio en dónde nacimos y nos criamos, tendemos a volver? ¿Qué nos impulsa?

El hogar nos llama… parece reclamarnos en momentos de crisis, nos sugiere que a lo mejor debemos reunirnos con los nuestros, que nos necesitan, y que podemos e incluso debemos ir a echarles una mano.

En ocasiones, volver, se puede llegar a plantear como forma de hacer las paces con nosotros mismos. Buscando solventar nuestra ausencia, de alguna manera. Volver a casa puede ser una bendición y no obstante, en esta película, Milcho nos explica que no siempre volvemos a casa con tal objetivo. Hay veces que la electricidad en el aire nos llama con una finalidad más determinante y carente de sentidos plenos. Algo más hondo que nos hace abalanzarnos hacia nuestra propia penitencia auto-inducida. Nuestra irrevocable culpa que no se podrá purgar hasta que la lluvia no empiece a caer…

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Paradójicamente, la dura yema que os proponemos está repleta de detalles que nos indican la forma lógica de abordarla. Tallada en su estructura exigente, busca la sorpresa en la fascinación geométrica y sin embargo, resulta demasiado fácil dejar escapar pequeños símbolos, pequeñas partículas -que desde el primer momento sabemos que no están colocadas al azar- y que pese a ello se nos escapan en su mensaje más arrollador y directo. Engullidos en la vorágine de los cielos que no terminan de decidirse.

Su tema es totalmente ajeno a cuestiones lógicas, como decíamos. Un poliedro perfecto para la locura más atroz:

La película se divide en tres partes principales. La primera transcurre en un monasterio en Macedonia, la segunda en Londres y la tercera vuelve a transcurrir de nuevo en aquel país balcánico dónde la vida y la muerte no pueden tener el mismo valor en su poesía de fondo.

En el primer cuadro, ‘Palabras’, Carlos y yo no logramos ponernos de acuerdo respecto a las cuestiones religiosas que parece abordar: Un joven monje -cuyo voto de silencio no le permite expresarse con mayor claridad que su profunda mirada- acoge a una chica que huye y busca refugio en el monasterio. Precisamente encuentra un escondite ideal en el cuarto del joven monje, quien Carlos dice que la esconde a posta de los demás monjes y luego aquellos le expulsan del templo por sus reglas religiosas ancestrales, como la mentira o la omisión.

Por otra parte, yo creo percibir la duda respecto a romper su voto de silencio y buscar ayuda entre los monjes -que de todas formas no sabrá si le prestarán o no- o si es a través de su voto de silencio que logra alcanzar el apogeo de su humanidad precisamente. No desvelando su secreto pese a las posibles consecuencias de su acto.

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En el segundo cuadro nos trasladamos a Londres para la secuencia ‘Caras’, en dónde se nos presenta nuestro protagonista, el fotógrafo Aleksandar, interpretado por el excelente actor Rade Šerbedžija. Y Katrin Cartlidge que hace de Anne, la editora de una revista de fotografía que se siente confundida entre su emergente amor hacia el fotógrafo y el que empieza a poner en causa respecto a su marido.

Aleksandar le pide que viaje con él a Macedonia, que se muden los dos. Él no puede seguir en Londres a sabiendas que su país no está bien, que los suyos no están bien: esgrime. Acaba de dejar su trabajo, decidido a marcharse pese a haber ganado el Pulitzer por una de sus fotos.

Está en el auge de su carreara profesional precisamente y por eso ella le pregunta por qué su obstinación con mudarse a un sitio dónde la muerte está al orden del día. Y él le explica porqué. No es fácil pero se lo dice… Le dice que mató. Y eso ya no se lo podrá quitar nadie. Eso es lo que le pasa…

En un giro tremendo, en la cena que tiene Anne con su marido en un restaurante -tratando de dilucidar o lograr dar por finalizada su relación con él- la muerte y la violencia no impregnan  solamente los paisajes de Macedonia. Las caras son todas – la misma, puesto que la locura acecha en cualquiera, no hace falta irse a los Balcanes. Todas aquellas sutilezas del -te quiero pero ya no suficientemente como permanecer casada contigo- ya no se aplican. Ya no tienen sentido. La realidad es brutal.

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Y es en la tercera parte, ‘Fotos’, que Aleksandar nos confiesa su terrible tormento. La zona de locura que en su interior despunta y le empuja a dar el más temerario de sus pasos: reunirse con los suyos en el manicomio al que llaman hogar.

Huir de uno mismo con pasos tan redundantes puede suponer una tormenta en sí. La purga no se logra volando a casa por más que uno trate de desconectar de lo que mejor conoce y que sabe que le ofrece estimables asideros de confort.

Los cortes radicales con una parte esencial de tu ser pueden significar tu propia muerte en vida. Pueden advenir en añorado regreso a un pretérito estado inicial, tratando de dejar de pensar. De desconectar de todo. Como cuando aún en el vientre materno era todo sueño y posibilidad.

Pero cuando has cortado radicalmente contigo mismo y no te aguantas ya, cuando no sabes perdonarte a ti mismo… la reunión con los tuyos te puede coartar aún más la existencia.

Si sabes que lo que allí te vas encontrar es ese sitio dónde los hombres dejaron de pensar y que ya hace mucho han perdido sus confundidos corazones… Si ese sitio es dónde habitan tus hermanos que se matan entre sí, cada día. Y tú… tú que vas en busca de una cualquier y desesperada limpieza de espiritú… ¿Qué podrás encontrar entre ellos? ¿Cómo purgarte en ese infierno? ¿Aún le puedes llamar a ese, tu hogar?

Nos retrotraemos por segundos a la clásica disputa entre Caín y Abel. Como tú eres el bueno y yo te envidio al no poder serlo también, se acabará aquí mismo tu línea sucesoria. Ya nunca más volverá a haber otro de tu espécie.

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Manchevski no nos traza la línea divisoria entre los buenos y los malos en ningún momento y eso nos descoloca, nos deja un poco perplejos con nuestra propia percepción de aquella realidad. No hay ninguna diferencia entre buenos y malos. Y entre lo bueno y lo malo ya tan solo lo establece esta regla que traemos metida entre ceja y ceja para ir midiendo la cantidad de maldad y de bondad que nos encontramos a lo largo de la cinta. Para que al final constatemos que lo malo realmente es que ya tan solo podemos medir la estupidez humana cuando la culpa es tan enorme y precisa que todo ha perdido inexorablemente su sentido.

Una vez desvirtuado tu ser, los tuyos ya no podrán reconocerte.

Milcho Manchevski es dueño de una minúscula pero deliciosa e inigualable colección de poliédricas yemas como la descrita. Incluso tiene una con fantasmas ‘Senki (entre los muertos)’ (2007) y otra entre documental y ficción ‘Majki (madres)’ (2010). Finalmente este año presenta su nueva obra ‘Bikini Moon’ (2017).

Justo después de su fabuloso debut, el cual le consagraría de inmediato, trabajaría con Joseph Fiennes en ‘Cenizas y pólvora’ (2001). Pero justo cuando empezaba, corría el año de 1995, y Milcho habría estado a punto de ganar un óscar. Aquel año la academia consideró las mejores películas extranjeras, ‘Eat drink man woman’ (1994) de Ang Lee, ‘Fresa y chocolate’ (1993) de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, ‘Farinelli’ (1994) de Gérard Corbiau. Y se habrá llevado el óscar, ‘Quemado por el sol’ (1994) de Nikita Mikhalkov.

De todas formas, para un primerizo no debe de haberle sentado nada mal estar entre estos nombres mayores. Una nominación al óscar no es un premio nada despreciable. Aparte de todos los demás que ganó a lo largo de toda su carrera, claro está.

Por lo de los brillos infinitos que desprende este diamante a punto de cegarnos a cada instante, Carlos aconseja que ‘Antes de la lluvia’ se vea varias veces. Sin embargo yo creo que el dolor inmenso que provoca la transforma en una de esas obras a las cuales podemos recurrir pasado mucho, mucho tiempo. Una película demasiado importante para gastarla viéndola ad infinitum.

¿El mantra va por dentro?

 

 

 

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