Imágenes inocentes/Imágenes basura

ilustración Libon story

Hace muchos años, sobrevolando un lejano y plomizo cielo dividido en dos, llegó Wim Wenders para posarse en nuestras vidas. Traía consigo un enorme séquito de artistas y sus extrañas marañas de reflexiones y profundos hallazgos. Hace muchos años que entró en nuestro corazón para quedarse ya para siempre. Esto no es raro ni algo insólito, el cine de este alemán comprometido, dulce, reflexivo y tan poético caló profundamente entre sus conocedores.

Quizá la primera semilla que le conocimos siga germinando aún a día de hoy después de tantas y tantas décadas de su eclosión, ‘El cielo sobre Berlin’, o como la conocí yo toda la vida: ‘Wings of desire’ (1987). ¿Cuántas veces no habré pronunciado este título mayor? Por ventura, el mayor de cuántos haya podido conocer hasta la fecha…

Con esta bendita película, Wenders nos trajo a Nick Cave y los Crime and the city solution. Nos trajo al maravilloso Bruno Ganz y al extraño Otto Sander. Y además, la tristemente desaparecida a la temprana edad de 45 años -Solveig Dommartin- de quién se enamoraría perdidamente nuestro director y todo el mundo.

Solveig le habría reservado en su corazón un lugar especial a Wim, durante algún tiempo. Y con él escribiría la espléndida ensoñación road movie intercontinental que fue ‘Hasta el fin del mundo’ (1992). Y con este título pudimos seguir añadiendo más nombres, músicos, artistas, otros cineastas, otro cine, otras poesías que podrían haberse quedado al otro lado del muro y que él generosamente nos entregó, ya para siempre.

Este año estamos a punto de ver ‘Los hermosos días de Aranjuez’ (2016) basada en la obra de teatro de su amigo el escritor Peter Handke que fue -junto a nuestro director- el tejedor de aquella semilla angélica que vimos al poco de estrenarse. Tendríamos alrededor de 16 o 17 añitos solamente cuando escuchamos por primera vez a Rilke enlazado en los brillantes textos e imágenes de aquel prodigio. Y orgullosamente sentimos como todo al respecto se nos quedó tan incrustado.

Sin lugar a dudas, ‘El cielo sobre Berlín’ fue la película que más veces hemos visto, como el niño que pide que le lean una y otra vez el mismo cuento antes de dormirse.

-¿Más que ‘Blade Runner’ (1982), por ejemplo?

-Pues sí. Como el doble de veces. Habrán sido unas trecientas veces o así, por no         exagerar.

-¿Más que ‘La doble vida de Verónica’ (1991)?

-Sí, bastantes más…

…pero no nos liemos.

Mientras tanto, fuimos descubriendo su filmografía anterior.

Ahí había títulos como aquel rodaje aplazado de una película de ciencia-ficción (adaptación de ‘Day the world ended’ (1955) de Roger Corman) en ‘El estado de las cosas’ (1982), rodada en Portugal. Su magnífica trilogía de road movies: ‘Alice in the cities’ (1974) ‘Falso movimiento’ (1975) y ‘En el curso del tiempo’ (1976). Y títulos tan aplaudidos como ‘París, Texas’ (1984) o la adaptación del atormentado Tom Ripley de Patricia Highsmith en ‘El amigo americano’ (1977).

Atrás quedaría una lista memorable de películas de ficción que precisamente incidirían en la reflexión de su propia naturaleza de ficción. Siempre el cine dentro del cine. Incluso en aquellas de carácter más documental como ‘Relámpago sobre el agua’ (1980) que rodaría con la ayuda de un canoso, aunque jovencísimo Jim Jarmush. En aquella preciosa película se cuentan las intenciones de un Nicholas Ray -a punto de morir por el avanzado estado de su cáncer- que llama a Wenders -inmerso en su película de Hollywood ‘El hombre de Chinatown’ (1982)- que acude enseguida en su auxílio.

El gran creador que fue el director de ‘Rebelde sin causa’ (1955) intenta trazar la posibilidad de hacer la que sería su última película. Algo totalmente irrealista dado su estado de salud.

En aquella época en la cual empezamos a diseñar nuestro mundo a base de emergentes reflexiones, estaba yo imbricado en la creación de mis primeros abordajes plásticos cuando vino nuestro gran director a mi pueblo.

Yo tendría unos 19 añitos y todos los días soñaba con los mundos de Wenders mientras pintaba mis ángeles. De alguna manera había aprendido a caminar como Damiel. De mirada dulce observaba lo falso tangible que me rodeaba. Empezaba a intuir que las apariencias de las cosas distan enormemente de su realidad intrínseca.

En su día no supe de su visita al pueblo (justo su puerta de entrada a Portugal y a la película que enseguida trataremos) pero no se me pudo haber puesto más de punta la piel cuando vi el pueblo retratado en la película que hoy aquí nos ocupa.

A partir de entonces, todo lo que pude soñar con la posibilidad de conocerle, de aprender de él. Eso fue ya un aprendizaje en sí mismo.

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Foto original de Wenders en una de las fuentes de mi pueblo

‘Lisbon story’ (1994) empieza nuevamente como si de una road movie se tratase.

El viaje ilustra el cambio, es la toma de consciencia que refleja la transformación de la visión como metáfora recurrente, y que recorre todo el cine de este alemán que amamos. Y a esa edad yo empezaba a hacer mis primeros viajes, a ir sobre el mapa hacia dónde no me había permitido ir antes. Entre otras ciudades portuguesas viajé bastante a Lisboa en aquella época.

Y luego más tarde, llegué a vivir en ella.

Fue un periodo especialmente cargado de experiencias y mucho arte, mucho cine, mucha música y todo el mundo por descubrir. Sin fronteras ni barreras.

La música popular -una constante en el cine de Wenders- en esta película que nos habla directamente a Carlos y a mí, asume la voz de Teresa Salgueiro y su grupo Madredeus. Y es tan curioso el homenaje que le hace Wim a este grupo portugués que por momentos incluso se olvida de seguir narrándonos su historia. De pronto la película adquiere un tono contemplativo tal, que se convierte inadvertidamente en un vídeo clip que discurre en la vida, cargado de belleza y mil símbolos embrujadores.

Al malogrado António Variaçõens, Wim no le habría rescatado para su película sobre Portugal, pero nosotros sí lo traemos porque es precisamente el cruce entre lo tradicional y lo moderno solapados lo que se viene a reflexionar en esta mágica película que tanto nos toca.

Y además, no tenemos por qué ceñirnos directamente a lo que ella patenta. El mundo es infinito y ya no tiene fronteras.

El Señor ‘Invierno’, sonoplasta (diseñador de sonido) -amigo del director de la película que se recoge en la película de Wenders como tema central- recibe una postal urgiendo su presencia en Portugal para sonorizar la película que está haciendo su amigo con métodos tradicionales.

Se trata de hacerle un homenaje al cine justo en el año del centenario de su nacimiento.

Enseguida se pone en marcha el Señor Invierno -maravilloso Rüdiger Vogler- camino a la soleada Lisboa.

Desde Alemania hasta Portugal recorre una Europa ya sin fronteras que reconoce como su casa. No obstante dice aquello de que aunque la radio suene diferente en Alemania, Francia y España, el paisaje sigue repitiéndose. Un paisaje azotado por la guerra y cada vez más estandarizado como espíritu de los tiempos.

Si bien mirado, nuestro protagonista -en su original- Mr. Winter, representa la tradición que en este mundo cada vez más globalizado pierde referentes. Peligroso dilema creativo sobre el cual reflexiona Wenders y que viene a ser el meollo del ensoñador relato que nos propone.

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Al llegar a Lisboa, Invierno descubre que su amigo, el cineasta, ha desaparecido dejando abandonado en la mesa de montaje todo su trabajo. El sonoplasta se pone enseguida manos a la obra mientras le espera.
Ataviado con su viejo micrófono, Winter va visitando las preciosas localizaciones que eligió recoger el director con su vieja cámara de manivela. Recorre los preciosos recovecos de la bellísima ciudad y nos inunda con sus embriagantes sonidos.

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Mientras tanto Winter conoce a Teresa -la propia Teresa Salgueiro- y a los Madredeus, quienes viven justo en el piso de al lado.

Se enamora perdidamente de Teresa, obviamente. Se deja hechizar por aquella música de corte clásico -como música de cámara- pero que con sus dejes tradicionales tan marcados subraya a la perfección el espíritu, el sabor de un tiempo ido que persistimos en seguir añorando.

Encima, la música de Madredeus -plagada con sus textos cautivantes- nos traen aquellas memorias que rescatamos a nuestra primera toma de contacto. Carlos les vio en Jaén en una noche mágica en la cual empezó a llover a cántaros para que al cabo de un rato se abriera el cielo a una enorme luna llena, cristalina. Dice que Teresa, emocionada con los elementos a su favor, estaba totalmente rendida, sin poder parar de cantar.
Yo también les vi en uno de aquellos festivales veraniegos al norte de Portugal, y también, justo la noche que asistí al concierto llovió de forma totalmente inusitada, en pleno verano.

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Pero volviendo a Invierno, quien mientras espera a su amigo tiene tiempo más que suficiente para leer a Pessoa. Exactamente en una versión bilingüe (alemán/inglés) que tiene en la mesilla de noche el director.

Le suenan mejor ciertos pasajes en inglés que en alemán y de hecho sigue confundiendo el apellido del poeta con el ‘Nadie’ francés –personne– lo cual ilustra perfectamente los pasajes que compara de Fernando Pessoa a la ‘Carta a los corintios’ de la Biblia Sagrada, que también tiene en la mesilla su amigo:

Si no tengo amor, no soy nada

“Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe.

Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. 

Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.

El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. 

El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

El amor no pasará jamás.

Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá

(Carta de San Pablo a los Corintios 13:1)”

 

De vez en cuando Invierno le un trozo más y se queda pensativo. Enamorado de las palabras de este poeta inmenso. Se queda prendado de unos versos que trataremos de traduciros, dicen:

Pensar cego nasceu, mas sabe o que ver é.

No magno dia até os sons são claros.

Pelo repouso do amplo campo tardam

Múrmura, a brisa cala.

Quisera, como os sons, viver das coisas.

Mas não ser delas, conseqüência alada

(Pessoa: Soneto XXI).

 

El pensar ciego nació pero sabe lo que es ver.

Durante el día magnífico hasta los sonidos son claros.

Por el reposo del amplio campo se retrasan.

Murmura, la brisa se calla.

Quisiera, como los sonidos, vivir de las cosas.

Pero no ser de ellas, consecuencia alada

(Traducción nuestra, Pessoa: Soneto XXI).

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Pero Winter -que es este hombre que viene del país del frío para hacernos ponderar la importancia de la creación pura- entre lecturas y paseos de grabadora en mano por la ciudad, también tiene tiempo para jugar con el grupo de niños que pululan por la casa de su amigo, el director de cine.

En sus juegos, Invierno propone a los niños que descubran los sonidos que hace con las clásicas técnicas de sonoplastia que domina a la perfección. Después de todo, esa es su profesión.

Y es en este juego infantil que Wenders nos susurra al oído el secreto que encierra su magistral película. Los ojos perdidos en el horizonte de aquellos niños agudizando su sentido de audición son todo un cuadro.

Todos ellos descubren con enorme sorpresa todas y cada una de las imágenes que les evocan los clásicos sonidos que va creando el Señor Invierno…

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Encantados, nosotros como espectadores también queremos jugar. Aunque quizás pueda parecer que se trate de otra de las rancias batallitas del abuelo, repetitiva y sin mayor finalidad que la de pasar el rato… ponderemos lo que decía Miquel Barceló al respecto, aquello de pintar un tomate por primera vez… Algo así como que él estaba seguro que no estaría pintando un tomate por primera vez, sin embargo su impulso, su intención, sería aquella del hombre que pinta un tomate por primera vez. Como lo habrá pensando igualmente el hombre primitivo en las cuevas de Altamira. Eso es lo que importa, ¿o no?

Cuando somos jóvenes y ya hemos hecho unos cuantos viajes, podemos vernos tentados a realizar la más innovadora de las creaciones. De hecho, tercos y poderosos nos dictamos a nosotros mismos que si no producimos algo totalmente nuevo no merecerá la pena ir sobre lo mismo. Mejor no hacer nada.

A rajatabla, nos colocamos a nosotros mismos entre la espada y la pared y castigados, solo podremos salirnos de ahí cuando la bombilla se nos encienda en lo alto del coco.

A dicha ecuación habrá que añadir aquello tan duro pero que tan pertinente nos enseña de la importante lectura crítica de la realidad. Arte que aún no podemos dominar con todas las de la ley. Poco tiempo de vida…

Juzgar lo innovador frente a lo que de verdad importa cuando aún se conoce más bien poco, es tarea ardua. Y ya no solamente resulta difícil entre los más jóvenes e inexpertos, se trata de un síntoma que podemos observar también en otras circunstancias vitales, hijas del miedo y la frustración. Pero igualmente entregadas a la obstinación.

Cuando tomas consciencia de que la televisada guerra de Irak fue una invención para engañarnos, por ejemplo… Y si además resulta que eres un cineasta comprometido y estás profundamente preocupado que tu arte se pueda encontrar en un callejón sin salida, lo más seguro es que la angustia te tome en sus brazos y tú mismo te tires al primer clavo ardiente que se te ponga por delante. Eso fue lo que le ocurrió al evasivo amigo de Invierno. Deambulando por la ciudad sin un mañana…

Ojo, que aquí seguimos conmemorando el nacimiento del cine hace ya más de cien años y reflexionando sobre a dónde nos podrá llevar el séptimo arte.

Precisamente el que tendría que suponer el elemento disonante en esta historia sería el sonoplasta, quien trajo innovación al medio. Que lo complementaría, sí… pero también quien lo alteraría en su original mirada primigenia e inocente. ¡Muda!

De algún modo el sonido corrompió el cine y no obstante, tratando de innovar, tratando de alcanzar la pureza perdida… su amigo el director, habrá producido una alteración tan grave que el sonido ya no será el problema en exceso, sino que supondrá precisamente la pieza de que carece.

Hace tiempo que Friederich Monroe (Patrick Bauchau) abandonó el proyecto que Winter lleva sonorizando desde el comienzo de la película.

Sobrecogido por aquello de la infección en la mirada. Por el peligro que encierran las imágenes que venden nuestro mundo a precio de saldo. Habiendo dejado de creer en su propia capacidad para producir una visión única, pura y verdadera, afirma:

Las imágenes nos mienten, no podemos confiar en ellas. Y yo no puedo seguir produciendo imágenes si ellas se van a corromper por mi propia mirada.

Pero tengo la solución, he encontrado la forma de captar imágenes puras, totalmente inocentes.

Y fue justo aquí que la creatividad del cineasta se alzó al paradigma de lo inútil. Justo aquí que el aparentemente obsoleto señor Invierno hizo su contribución ineluctable.

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Las imágenes de su amigo son de hecho las más puras, sin embargo… en un cubo de basura, una cámara recoge imágenes al azar que nadie verá.

Entonces Winter le dice a su amigo que sí, que todo necesita avanzar, todo necesita evolucionar, el cine incluido. Y sí, necesitamos plasmar la verdad a través de él. ¿A dónde iríamos a parar si todo fuese falsedad y si las imágenes fuesen a tomar cuenta de nuestras vidas y a domesticar nuestros instintos? Pero, con las palabras de Pessoa le afirma que: “Durante el día magnífico hasta los sonidos son claros”

Es tan verdadero todo lo que plantea el centenario director Manoel de Oliveira (en un cameo que produce auténtica piel de avestruz) -doblándose a sí mismo en una de las sesiones de sonorización de Winter- es tan cierto todo lo que plantea respecto a la existencia del hombre en el universo y su real duda existencial, de que siga existiendo el universo de no haber un hombre para constatarlo.

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Todo ello es parte esencial de la ecuación, porque al fin al cabo… si la solución es tan terrible como la encontrada por el cineasta con sus imágenes inocentes/sus imágenes basura, mejor seguir soñando con lo que tenemos a mano.
Ya sea más rudimentario o recurrentemente explotado hasta la saciedad. Aún siendo lo mismo lo que de mejor logramos, sin duda será algo mejor que la nada.

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Charlot y Keaton haciéndonos reír y llorar a la vez. La fuerza, la intención y entereza del primer hombre que pintó el primer tomate. Pero también la de todos los hombres que lo hacen con la misma intención y pureza.

Como Wenders, que nos emociona profundamente con un gesto tan manido y que sin embargo nos recorre produciéndonos escalofríos por vez primera.

La tradición no tiene por qué estar reñida con la verdad y toda evolución. El 3D no tiene que estarle vedado a las historias simples y ser empleado tan solo en producciones de gran espectacularidad. Porque la pureza al fin al cabo, puede estar tirada en un bote de basura y finalmente no servir más que para contaminar el planeta. Al fin al cabo, todavía son nuestros ojos -nuestra subjetividad- la que podrá llevarnos a alguna parte.

La mirada inocente debemos recobrarla cada día, al despertar. Cada vez que abrimos los ojos a la vida.

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