La mirada perdida

ilustración Angelopoulos

La trágica muerte de Theo Angelopoulos nos dejó perplejos. Una moto le arrolló mientras salía a la calle un momento. Acababa de empezar el rodaje de la que habría sido la última parte de su trilogía, empezada con ‘Eleni’ (2004) y seguida con ‘El polvo del tiempo’ (2008)… Al parecer fue la moto de un policía -quien estaba fuera de servicio- que le alcanzo.

En seguida le trasladaron a un hospital cercano, pero por las graves heridas en su cabeza ya no pudieron hacer nada por él.

De ‘El otro mar’, tan solo alcanzó a rodar 12 minutos de metraje. De su estúpida muerte se llegaría a especular con la posibilidad de un asesinato. Su cine podía ser demasiado incómodo y de tal forma apolítico, que en la Grecia convulsionada de hace 5 años, el atrevimiento de Theo hablando de un país plagado de ruinas que ahora parecía estar exhalando su último aliento, podría no ser aceptado por ciertas facciones. Pero su amigo Petros Markaris, implicado en el rodaje, explicó que no fue el caso. En realidad no pasó de un estúpido accidente.

Al parecer, Theo investigaba en un túnel -cercano a la localización de rodaje- la posibilidad de trabar el tráfico por un momento… fue entonces que quién conducía la moto no le vio y terminó arrollándole.

A esta obra inconclusa que nos dejó abandonados, huérfanos… sucedieron creativos pero vanos intentos para tratar de minimizar nuestra pérdida. Se habló de la posibilidad de que el húngaro Béla Tarr -también creador de un tiempo cinematográfico propenso a la meditación, a la exaltación de un espíritu inmerso en la contemplación- pudiese dar forma a todo lo que Angelopoulos no pudo finalizar. Se habló de la posibilidad de que Wim Wenders, siempre tan interesado en el cine dentro del cine, pudiese ser quien se cargase tal fardo a cuestas. De su hija, Eleni, también se habrían ilusionado nuestros ojos al saber verdadera tal noticia…

Pero la dura verdad es que no nos hubiese alegrado el paso de testigo a nadie. Y nadie se sintió a la altura o tan siquiera en posesión de un atisbo de similitud tal, que hiciese posible tan irremplazable sustitución.

Theo era único. Tan especial que nadie podría haberse sentado en su silla. Si hubiese dado el caso de estar más adelantada la producción… ¡quién sabe! Pero la abrupta extirpación de su principal motor, volverían sus escasos 12 minutos totalmente inservibles.

Su espíritu griego como el de ningún otro… ¿Quién podría llegar a alcanzarle el peso? ¿Otros directores griegos actuales y prominentes? Sí. Ahí tenemos a un Yorgos Lhantimos en verdadero estadio de gracia, por ejemplo, pero su cine dista tanto, tanto del de Theo.

Imposible transponerse a ese lenguaje resuelto en los esquemas de los propios huesos. El peso de un entendimiento adquirido entre todas las estratificaciones que se le fueron superponiendo, y que en su corazón -y tan solo en el suyo- trataría de adivinar un sentido a la incongruente y marcada inhumanidad que carga la historia.

Hay obras tan sobrecogedoras que a veces nos resulta difícil abordarlas con cierta seguridad en nosotros mismos. Un temblor que deriva en piel de gallina y luego en amago de descompás. Nuestro corazón da un vuelco en esta coraza que es su prisión. Un vuelco que parece abalanzarse sobre sus barrotes queriendo salir. Sabiendo que solo puede reventar en el intento. Ayer hemos vuelto a ver ‘La mirada de Ulises’ (1995). Una de aquellas obras que cargamos en lo más hondo desde que en su día la hayamos visto recién salida del horno. Han pasado 22 añitos ya.

Cuando tienes 20 años y la información que manejas y tu propia madurez emocional son aún necesariamente incipientes, todo se está construyendo en tu interior de forma anárquica y adaptativa. Si hay un hueco dónde pueda encajar un nuevo elemento, seguramente no quede mal dónde sea… aunque lo que pueda haber alrededor le sea totalmente ajeno.

No hay muchas reglas para esto del montaje de un yo ideal. No hay un yo ideal. Sin embargo, el orgullo de haber sentido ayer que esta obra era parte inherente de nuestros seres, nos hizo suspirar.
Atestiguamos que a veces hay cosas que, aunque se queden en nuestro interior colocadas en una estantería cualquiera y sin ficha para encontrarla después, quizá podamos más tarde constatar (con gran sorpresa) que hemos producido nuestras propias estanterías -y todas las fichas de todos los volúmenes de nuestro interior, de nuestra consciencia- precisamente con la misma madera de la cual reconocemos estar hechos nosotros mismos.

9

En ‘La mirada de Ulises’, Theo Angelopoulos vuelve a hacer un recorrido por la historia como en muchas de sus películas. En tal ejercicio no se dedica exclusivamente a enumerar cada una de las batallas inherentes a la formación y complexión de una serie de países que visita en su tristísimo viaje. En aquellos se adentra con todo su corazón para tratar de entender los danos colaterales sufridos y para reflexionar a cerca de la guerra y su obstinada inhumanidad. Traza el mapa sobre el cual el eterno conflicto en los Balcanes se refleja en la mirada de un Harvey Keitel (Ulises) tremendamente apesadumbrado, pero determinado en recobrar sus raíces, sus motivos y todo su ser.

Ulises es un cineasta griego que vive en el exilio en EUA y que vuelve a su ciudad natal, Ptolemas, para la exhibición de una controvertida película suya. Pero en realidad vuelve por otro motivo bien distinto. Recobrar su sentido vital.

Alguien le ha dicho que tres bobinas de película por revelar, que habrán gravado al inicio del siglo XX los hermanos Manakia -precursores del cine griego- puede que existan realmente. Y si existen ¿Dónde se encuentran? Y si las encuentra ¿Qué cuentan sus imágenes?

Se sabe que los Hermanos Manakia, indiferentes al amargo conflicto étnico y nacional de la región, se dedicaron a gravar con una pequeña cámara las vidas de los habitantes de los Balcanes. Entonces, de existir, esas imágenes vírgenes y perdidas pueden significar la mirada más pura y sincera de que se pueda uno hacer cargo.

Mirada que probablemente su protagonista hace mucho que perdió.

El viaje es siempre un recorrido personal a medida que avanzamos sobre el territorio.

A golpe de corazonadas varias, Ulises va recorriendo sus pasillos interiores para darse cuenta de lo lejos que ha quedado esa su primera mirada, ese primer atisbo a través de su particular objetivo.

Objetivo que vendría a significar toda su inocencia -en su íntima y necesaria subjetividad- ahora ineluctablemente perdida.

En la supuesta existencia de las bobinas de los hermanos Manakia, un asomo de pureza le pone en marcha. Y Ulises se aferra a toda posibilidad, no le queda otra. Alcanzar su propia mirada perdida -su añorada inocencia- es cuestión de vida o muerte, de ser o no ser.
Su singular y objetiva Odisea acababa de empezar.

la-mirada-de-ulises

Se pueden coger con los dedos los harapos de una Odisea cuyo protagonista afronta hecho trizas. Este Ulises, aparentemente no es tan sabio ni tan guerrero como el otro Odiseo, aunque también lo deje todo para luchar por su particular objetivo, volver a casa, volver a ser.

Este también es el Ulises de Joyce que trata de sujetar el presente y el pasado en su mano. Cuyo futuro pone en causa en varios momentos de su periplo cuando constata la importancia de lo aquí y ahora.

Y ese enorme mar que se le extiende delante, plagado, abarrotado de posibilidad. Pero sobre todo atenazado por la ira, la incomprensión, la ignorancia y la muerte. Ese mar que deprime pero que también posibilita una cierta melancolía, puesto que le corre por las venas pese a tenerlo tan distante en la memoria. Tan densamente gravado a cincel…

Y más que ninguno de los convulsos y paradójicos acontecimientos históricos llevados a vida o muerte que transitan en su recuerdo -en mil ejemplos durante su viaje- visita la importancia de otra guerra que se declara mucho más próxima aún. Justo la suya, la de este Ulises en concreto. La guerra que en su interior enciende su motor de búsqueda.

La guerra que también es la nuestra, cuando su mirada se nos entrega.

Angelopoulos fue un genio, por si aún pudiese haber dudas al respecto. Seguirá habiendo quienes hablen del sopor de sus películas contraponiéndolas a la espectacularidad y el entretenimiento que ofrece el cine más comercial. Y por mucho que nos pese, seguirá habiendo quien ni tan siquiera lo pueda perder en el olvido puesto que solo se puede perder lo que se llegó a tener.

Imagen 10.png

En sus eternos travelings desarrollándose en paisajes de colosal belleza, encontramos nuestra propia mirada perdida. Y es en esos parajes tan interiores que también tratamos de recobrarla. Cual Ulises, también nosotros en cuanto espectadores, navegamos en sus mares y nos perdemos en su apaciguadora niebla. Y lloramos en sus heladas y blancas planicies de nieve. Y sentimos el desamparo de quiénes lo han perdido todo y que -entregados a la locura- tratan de recoger sus propios restos del suelo.

Quizá nos quede un largo transito hacia una comprensión más profunda de todo lo que aquí se juega. De todo lo expuesto a girones y de oídas y tan solo quedándose en nosotros a medias… Nos quedan no obstante, las ganas de conocer más a fondo cada uno de aquellos paisajes velados que a través del tiempo fueron siendo testigos de las distintas encarnaciones perpetradas en nombre de alguna insana causa. Pero finalmente el telediario nos aviva la memoria y toda la historia que se nos escapa -por haber tenido la suerte de no haber vivido una guerra- quizá sea la forma que tiene la vida de sonreírnos. Este es el empático resultado de una sensibilidad sostenida con finas hebras por nosotros y que Angelopoulos nos resuelve en sus ejemplos varios.

Esa enorme estatua de Lenin descuartizado, cruzando el río. Imponente. Las gentes santiguándose a su paso…
No podrá haber mejor ejemplo de las contradicciones de la mente humana. Por mucho que luchen por nosotros y en nuestro nombre, somos quienes somos y perseguimos lo que perseguimos y cada uno trazará su propio viaje. Y no hay viaje que se repita.

ang3

Hay un momento del metraje, cuya naturaleza no nos parece justo revelar para todos los que no habéis visto aún esta película gigantesca, sería un triste spoiler del cual no queremos ser responsables. En dicho episodio, Ulises visita su propia familia. Toda la familia está reunida en casa. Hasta papá parece estar de vuelta, aunque luego algunos agentes de paisano se lo vuelvan a llevar… Hay un momento de plena felicidad en el cual Ulises vuelve a ser un niño por momentos.

Los tristes arrebatos de los hombres que cumplen sus deberes tienen que estropearlo siempre todo, pero en ese instante Ulises no podía ser más dichoso. La tristeza no le abandonó un ápice, pero dentro de lo que cabe, no podría estar más feliz. Y es en ese momento mágico que viendo la película también podemos retrotraernos a nosotros mismos. A cuando ‘yo’ era un niño:

Incluso puedo viajar antes de mi propia existencia. Me acuerdo como se conocieron mis papás. Sé de primera mano como fue su primer beso. E incluso antes de que se conocieran, me los imagino viendo en alguna tele de alguna vecina los primeros pasos de Neil Armstrong en la superficie lunar.

En esa enorme secuencia magistral que a muchos hará entrar en calor acurrucándose en brazos de Morfeo, recuerdo lo felices que fuimos todos juntos. Y la memoria de los que ya no están entre nosotros. Y el tiempo que no se ha vuelto a repetir. Los juegos que hicimos de niños pero sobre todo los momentos difíciles, trágicos, dolorosos.

Todo lo que se guardaron papá y mamá de contarme por ahorrarme el disgusto.

Y esto es algo que no se aprende en los libros de historia o en los malditos telediarios, pero que en esta película se ofrece como uno de los mayores tesoros que aún podemos conservar.

Llegado a una Sarajevo en guerra, el determinado y valiente Ulises sigue buscando la existencia de las tres bobinas de vírgenes miradas -símbolo de su mirada perdida- cuando se encuentra un resignado y aturdido Erland Josephson a cargo de la filmoteca de la ciudad.

80cfd79d27e648803fa56a95bc3ed33c

Erland le dice como la guerra estalló justo cuando estaba a punto de descubrir la fórmula química para revelar el centenario negativo de los hermanos Manakia. Enseguida se tuvo que poner a salvar los archivos de su filmoteca -que constituirían la memoria del país que ama y que estaba gritando su último estertor- por eso dejó los negativos aparcados.

Ulises, atormentado y febril le echa en cara haberse detenido tan cerca del final, pero Erland le dice que nada tiene sentido cuando tratas de conservar tu propia vida.

Finalmente Erland se pone al trabajo nuevamente y logra revelar las tres mágicas bobinas. Las más puras de que se tenga memoria.

Al fin al cabo, quizá -después de todo- existan cosas más importantes que nuestra propia vida.

Anuncios

2 thoughts on “La mirada perdida

  1. Magnífica!
    Terrível!
    Gostei muitíssimo, apesar de tão, tão dura…Essencial a todos na minha humilde opinião. Para que possa haver Paz neste nosso mundo.
    Obrigada e Parabéns, mais uma vez pelo vosso excelente trabalho.

    Me gusta

    1. Muito Obrigado por comentares. Nao sabemos se com o cinema que fez Theo haverá um pouco mais de paz, mas temos esperança de que pelo menos haja maior consciencia sobre quem somos e o que andamos a fazer neste mundo. Un beijinho muito muito grande. Fortes emoçoens e muito bons filmes.

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s