Juventud, imprescindible juventud

ilustración capitulo 24 Sorrentino

Para estar realmente en posesión del complejo conglomerado que significa ‘estar vivo’ es totalmente imprescindible una dosis considerable de juventud.

En la práctica totalidad de los casos, para ello, se hace extremadamente necesario aprender a cerrar los ojos, vaciar la mente de todo tipo de recuerdos (obsoletas memorias/entorpecedoras reliquias) y hacer el típico restart. Reiniciar todo el mecanismo. En algunos casos de vejez demasiado avanzada o galopante, se recomienda incluso el formateo total [especial inciso­: imprescindible enterrar toda manifestación del síndrome de diógenes a una profundidad extrema, o sea, deshacerse de todas las carpetas de fotos y súper-ochos].

No es de extrañar que a una cierta edad empiecen a flaquearnos las fuerzas y que la negritud y el decepcionante y depresivo anti-empuje se apodere de uno sin más remedio que echar la vista atrás y recordar. Tendidos sobre nuestros pensamientos hacemos balance y nos suicidamos un poco más sin tan siquiera percatarnos del gorgoteo de sangre abandonando nuestro ser.

¡Como si alguien pudiese tener algo en contra de la nostalgia!…

Sentir nostalgia de los tiempos propios de juventud no es algo a lo que podamos hacerle ascos ni desacreditar de cualquier manera. Ella forma parte de nuestro ser y nos compone como cualquiera de las piezas del rompecabezas que es esto de la vida. Hay momentos para todo. Así que descartar -como si nada- parte esencial de nuestro ser, no sería solamente una lástima sino que sería una incongruencia/innecesario autoengaño. No obstante, se trata precisamente de esto: Si no quieres ser victima de tus vidas pasadas y si avanzar entre los vivos todavía forma parte de tus planes, deberías empezar a poner en perspectiva quién eres. Pensar en que quizá aún pueda valer una cierta altivez, una descabellada actitud de temeridad. Deberías iniciar una serie de rituales en los cuales la ‘inconsecuencia’ se vuelva palabra clave. Y en el momento en el cual te asalten unas ganas irrefrenables dictando tu postura ante ti mismo -y todos esos prejuicios que te impedían vivir de forma plena se alejen- cuando se desatasque todo tu empuje… olvida todo lo que has vivido y lánzate al vacío.

Esta seria quizá la moraleja de mayor destaque en la filmografía de Paolo Sorrentino, uno de los directores más prominentes de la actualidad. Uno de estos hombres que nos induce a la reflexión sin que para ello nos tenga que echar una de esas charlas tremendísimas que no hay quién aguante.

No se trata de citar todas aquellas frases hechas con todo el cuidado y mucho mimo, se trata de interpretar en nuestros corazones -lo que realmente importa- a un nivel único y personal, totalmente singular. Adquirir todo lo que nos pueda servir, que casi siempre se trata de aprender a despojarnos de todo lo que efectivamente no sirve para nada.

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Hay un golpe de efecto fundamentalmente kitsch para comprender el cine de Paolo… efecto sin el cual la imprescindible juventud qué reflexionamos, justificaría nuestra axiomática necesidad de restablecerla y subrayarla como esencial en la asunción de nuestra propia postura vital ante esto precisamente: la vida. Efecto (el kitsch) que en el cine de este hombre, nos remite a nuestras propias reminiscencias y nos envejece inexorablemente.

Con el paso de los años vamos limando aristas y todas las propuestas que se nos abalanzan delante traen una etiqueta que se cuela enseguida en nuestro campo de visión. El pequeño trocito de papel -sujeto de su hilito- se balancea delante de nuestros ojos como una irritante mosca que se nos quiere posar justo en la puntita de la nariz. Casi siempre lo logra. Y curiosamente esto ocurre antes incluso de ponderar el peso de cada una de esas mismas propuestas -nuestros ojos viejos y cansados enfocan ya tan solo la fluctuante etiqueta- es el peso de la edad dictando.

En la distancia, medio borroso y desenfocado, el peso de aquella propuesta se desvanece en su complexión manida y de colores demasiado vulgares para entrar a consideración. Las etiquetas suelen determinar el cajón en el cual guardaremos nuestros objetos a análisis, a fruir, o simplemente, a descartar. Los cuales son así considerados en la mayoría de los casos.

Nos amoldamos a nuestros gustos, nuestro criterio es justo porque ya hemos vivido y sabemos bastante de esto. No suficiente, que va, lo sabemos de primera mano porque o somos clásicos o somos modernos. Quizá somos incluso los paladines de la misma post-modernidad, homo-digitalis como ningún otro… por ventura, el primero de nuestra especie.

Y también es cierto que no estamos ni podemos estar puestos en lo último porque aún no hicimos sitio al porvenir… y curiosamente, quizá aquel pueda no ser otro que un añejo revival.

Por supuesto, lo kitsch funciona como aquello de ‘para gustos los colores’ y efectivamente, cuando contrapuesto, cuando evocado de manera a que se quede yuxtapuesto con otros manierismos de indudable belleza y patente éxtasis estético, lo más probable es que todo se contagie entre sí. Lo bello se vuelve lo feo y lo feo ya no sabríamos decir qué es realmente. Nuestra consciencia a juicio, nuestro gusto contra la espada y la pared.

No son los elementos Kitsch -el puro mal gusto tratado de manera delicada, transitoria y asustadora- en el cine de Sorrentino, los cuales definen mejor sus necesidades creativas. Pero son estos espectáculos, estos detalles, estos esperpentos elaborados con precisión para la provocación de la vergüenza ajena, que nos ayudan de forma tangible a confrontarnos con nosotros mismos. Son ellos que nos afirman del cuerpo que aún cargamos y nos permiten situarnos en la realidad. El pellizco que declara que seguimos despiertos… embelesados con una danza del vientre de lo más común, babeando con un cantante pop que no podía ser más hortera, emocionándonos con un mimo lanzando pompas de jabón, hipnotizados, expectantes de esa magia que sabemos imposible que se produzca, y sin embargo, seguimos esperando…

Ya lo hemos visto todo. Esta es nuestra vejez inherente. Las costras, la caspa, el desaliño, el sudor reseco, el pelo blanco, la rodilla mala, el olor a pis, las manchas en la piel y las cataratas en los ojos. Un querer y no poder asumido que nos contorna y nos estampa en toda la boca un beso de mareo. Sí, la muerte en la alcoba. Quién lentamente echa hacía atrás su capucha, se quita el manto negro, apoya la hoz en la mesilla de noche y se nos mete en la cama.

Hay muchos que no llegan a despertarse a su toque glacial.

Con razón de esta su genialísima idea que fue la de hacer real un papa joven, volvimos sobre las películas de este creador impar: con las ideas muy claras y un gusto reseco, húmedo y mohoso y sobre todo de dudosa procedencia… que cumple absolutamente todos y cada uno de sus objetivos. Un hombre que nos re-liga. Que nos conecta con el cosmos entero. Religión de naturaleza realista dónde las haya, porque además, nos conecta totalmente a través del cuerpo. De la decrepitud y del molesto paso del tiempo. Imposible no tenerlo presente.

Sin medias tintas ni cualquier tipo de hipocresía, con Paolo alcanzamos la totalidad que aún nos está permitida consumir, para una vez asimilada su enorme e imprescindible lección, deshacernos absolutamente de todo lo inútil que ya ha dejado de formar parte de nuestras vidas.

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La limpieza es real porque se hace a fondo y sin subterfugios, sin cinismo. Jude Law dice a dado momento en esta serie majestuosa que es “El joven Papa” (2016- ): Soy guapísimo. Nunca hubo un papa tan guapo y tan joven como yo… y tal afirmación solo podría provocar asco si no provocase antes estupor. De pronto, con la cámara espía vigilando nuestra propia reacción, nos damos cuenta de los casi imperceptibles tics que el joven papa nos está provocando. Cómo si tratase de volvernos locos: Sí hombre, eres muy guapo, y tienes toda la razón. Nunca hubo uno así tan joven como tú, eso es un hecho. No tienes abuela puesto que eres huérfano de orfanato, pero de entre todos los hombres que lo digas tú… Tú que eres quién está más cerca de Dios… Ui… pero si es verdad, al menos dices lo que sientes sin falsas modestias. Siempre tan nefastas. Algo de santo hay en ti y en tu comportamiento tan extraño. Tan alejado del mundanal bullicio. ¿Pero puedes ser tan puro? ¿Puedes realmente ser tan santo? Hombre, el santo padre eres… Y más santo no debería de haber para hacerle justicia a vuestra inclasificable supremacía católica… ¿pero es eso posible?

La gran empresa que es “el joven papa” no se percibe en la simple pureza y limpieza de sus actos, guiños y posturas. La máxima necesidad creativa de Sorrentino no es la de sumergirse en las formas ni tampoco en las magníficas proezas de la metafísica que las posibilita, que aquellas posibilitan a su vez… Sorrentino ambiciona mucho más que el cielo, la tierra o el cielo en la tierra, o cualquiera de sus metáforas divinas. La idea que tiene en mente está muy clara y su objetivo no proviene de una ambición al uso. Con un golpe de maestría sin par, el papa, este así tan joven y tan guapo y tan sincero y puro y santo, de repente se vuelve real.

De la ficción que propone para la tele este notable director de cine italiano, hay algo que lentamente empieza a cocerse y que trata de traspasar rectangulares fronteras… la belleza es patente en cada uno de sus acercamientos, y aquí todo lo kitsch ya se ha fundido perfectamente en su exuberante y sobria composición. Cada uno de sus movimientos de cámara carísimos. Sus grúas, sus zooms y todos sus travelings ad infinitum. Toda la parafernalia de un vaticano retratado al más ínfimo detalle. ¿Es la capilla Sixtina en serio? ¿Seguro que le dieron una licencia a Sorrentino para rodar en San Pedro? ¿Cómo? Pero no es nada de aquello lo que traspasa verdaderamente las fronteras de esta enorme ficción (aunque quizá todo ello ayude a conseguirlo). Lo que ocurre a dado momento, es que la ficción en sí empieza a desvanecerse. Nuestra mirada atónita, perdida, extasiada… empieza a ver más allá de todos aquellos marcos que limitan y delimitan y vedan y restringen y coartan.

Ya no hay plasma, tele u ordenador enmarcando todos estos trampantojos, ya no hay distancia entre lo clásico y lo inmediato. Lo oculto y lo secreto empiezan a manifestarse. El misterio empieza a revelarse y el papa se eleva delante de nuestros ojos: ya sea en su helicóptero o porque Sorrentino decidió que la cámara fuese bajando en un complicado plano hacia contrapicado para darnos la verdadera y real dimensión de este santo en la tierra.

Luego quizá vuelva lo humano que aún se debate en su santa persona. Y lo tenemos aún más cerca… Quizá vuelva algún cinismo inherente y mal resuelto, o quizá se trate del cinismo genérico, el de los perros y de la no-escuela de Diógenes de Sinope, el gran filósofo griego. La autosuficiencia que nunca se aplica del todo, todas las pretensiones extremas (no justificadas pero abiertas a debate) las riquezas retorcidas de quién todo lo tiene, a no ser lo que más le importa.

Quizá todo ello no pase de pura provocación inconsecuente, tan propia de la juventud. Pero también el brillo de la juventud que es la única que aún nos permite introducir el cambio en nuestra forma de ver el mundo. De actuar redirigiendo nuestra conducta. La juventud que puede ser la de un facha -no hay ideología en tal término- e incluso si lo miramos como calificativo (aunque queramos desconcertarnos con este hecho), hay viejos muy jóvenes pero no por ello debemos de engañarnos y confundirles con progresistas.

La juventud a veces es muy mal interpretada. Y por ejemplo Gep, en ‘La Gran belleza’ (2013) [interpretado por Toni Servillo, actor fetiche y magnífico intérprete de varias de las obras de Sorrentino] sabe que ha malgastado su juventud de forma incongruente y se ha dado excesivamente a la dejadez que a veces también es uno de los síntomas o consecuencias de este importante estado vital.

Harvey Keitel quiere que su testamento filmográfico rezume ‘giovinezza’ y no obstante, aunque todo su equipo de jóvenes guionistas le ayude a escribir tal ambición, sigue sin poder mear. Tal vez el compositor que interpreta Michael Cane mee un poquito más después de todo. Porque al final descubre que todo su amor (muy mal administrado a lo largo de toda su vida) es la piedra angular que tiene que circundar. Es el amor que le impide seguir con vida y echar una verdadera meada de campeonato. Abdicar de lo más importante a veces puede ser la gran solución.

En esta genial aproximación, ‘La juventud’ (2015), el propio Sorrentino parece hacer balance a su arte a través de un coro de personajes e historias profundamente interconectadas. En ellas va sumergiendo sus apreciaciones abigarradas con su ternura tan personal, a la vez que revé su propio cometido creativo y analiza su mismo propósito.

En ella se nos permite revisitar otros lugares, otros personajes que duermen y se pasean y a veces levitan y que también podrían estar hospedados en ese hotel en Suiza, descansando… antes de volver al ajetreo. Ponderando la vida y sus inquietudes hacia ella, sopesando sus propios seres. Todos sus personajes podían irse a descansar a aquel resort.

Como ese Sean Pean a lo Robert Smith en ‘This must be the place’ (2011), la juventud adherida e imborrablemente tatuada que desproporcionada, parece no encontrar asidero con el paso del tiempo. En el caso de ‘La juventud’, por ejemplo en la persona de una asombrosa Jane Fonda. Cuyo discurso -tal y como todo el periplo de Sean Penn- no podría ser más disonante con la imagen que ofrece de sí misma. Sus labios profusamente arrugados con ese brillo de labios rojo Ferrari que seguramente se nos figure su peor elección. Pero luego, todo lo que dice, que es de una juventud extrema. Una claridad de pensamiento casi extenuante, y sin embargo una consciencia (muy a su pesar) también demasiado joven, y por lo tanto cruel. Demasiado afilada e inconsecuente.

El amor que puede cambiarte completamente la vida en ‘Las consecuencias del amor’ (2004), las cuales aquí serían invertidas en el caso de Michael Cane, que antes comentábamos. Y ‘El amigo de familia’ (2006), ese asqueroso usurero, quién meticulosamente jamás se habría dado a tales gastos… Porque convengamos que aquel paraíso es para personas de carteras abultadas como la suya pero no para sí mismo. En todo caso, de no haber sido tan tristemente traicionado, quizá terminase en una tumbona, tan pancho como el joven papa.

Todos los sueños y todos los síes, toda posibilidad, pertenecen a los jóvenes de corazón. Y el papa joven presidiendo desde las cimas de algodonosas nubes es el único que puede perdonar todos nuestros pecados mortales. Eximirnos de nuestros vicios, egos, visión unilateral y estúpida sabiduría. Es él -el único- que puede aún purgarnos de nuestra vejez.

¡Qué guapo es el joven papa! ¿Verdad?

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2 thoughts on “Juventud, imprescindible juventud

  1. Tenho a dizer vos que esta semana se superaram meus Amores.O jovem Papa e Muito Bom.
    Sorrentino e Fabuloso.
    O texto do Carlos esta uma delicia.Nao sabia que o meu filho era tao,tao sabio.Falas da velhice de uma maneira que me saltaram as lagrimas, e isso nao me acontece assim tao facil.E tambem da juventude com Mt acertividade, mas isso parece me mt mais natural.
    Os desenhos do Carlos continuam tao Belos como sempre.So posso dar vos os PARABENS e dizer vos que continuem.
    Fiquei com muita vontade de ver tudo do Sorrentino.Muito Bonito.Obrigada.

    P.S. Peco desculpa pela falta de acentos.Problema tecnico.Obrigada pela compreensao.

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