Palimpsesto

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No se puede acurrucar uno en su manta -con el frío azotando afuera- y esperar que la consciencia aflore en todo su esplendor. Por lo menos a través de una lógica más o menos establecida que nos permita comunicar nuestros más profundos y arraigados anhelos. Es harto complicado percibir las floraciones agrupándose en el hielo hendido, y tengamos por seguro que ahí están, quizás sea inevitable percatarse de ellas. Antes o después, contar de su belleza.

Hay un tiempo para dormir y un tiempo para despertar. No obstante, a menudo tiende a confundirse lo uno con lo otro de manera inextricable. Y es probable que sea precisamente ese el camino más entero, más cabal, sobre el cual reflexionar en caso de que deseemos alcanzar un ápice de verdad en todo esto.

Ya en nuestra vida despierta, por momentos complicamos lo que de complejo no tiene por qué no ser simple. Es decir, la complejidad que la vida nos ofrece debería establecerse como su propia ley, pero jamás deberíamos amasar demasiado los elementos no sea que nos perdamos a nosotros mismos en el intento. No sea que la locura interponiéndose en nuestro campo de visión nos impida ver a través de sus indomables ademanes. Querer explicarlo todo, tratar de justificar cada detalle se puede convertir en la fatalidad de su misma esencia.

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El director taiwanés Hao Hsiao-Hsien, es de estos hombres cuya deriva se presta a indagar en las profundidades de nosotros mismos, en nuestros propios mecanismos de entendimiento y comprensión sin que por ello deje de maravillarnos y sumergirnos en los más inusitados exotismos. La complejidad de sus propuestas no merma la indiscutible riqueza del mundo inmenso que nos descubre y que se contiene en nuestro interior. Una vez más, aquí el cine nos vuelve a servir de excusa para reflexionar más allá de la pantalla. Por la simple razón de que una obra -cualquier obra- no debería jamás eximirse de sus naturales propiedades expansivas, más allá de su propia y real fisicidad. Una obra cerrada no es obra no es nada…

Tampoco es que sea demasiado saludable ponernos a lanzar una sarta de deberes y obligaciones por los cuales nuestra propia y elaborada pedantería podría llegar a pasarse al lado oscuro por inútil sobrexposición. Confesamos que a nosotros también nos viene bien de vez en cuando ver una de aquellas obras que no nos va ni nos viene. El puro entretenimiento, el simple goce de gastar el tiempo sin más, también forma parte de nuestras vidas en la medida en que resulta imprescindible. De igual modo que aquel ejercicio de mirar al infinito incluso con los ojos puestos en el texto. Sin más. Tan solo porque sí y sin mayor motivo. Perderse. Desconectar. Por momentos, apagarse.

Resulta que el otro día, sin ir más lejos, tratando de encontrarle algún sentido y buscando entre los beneficios del cine de consumo rápido, nos dimos a la típica comedia americana de policías y ladrones. Pensamos que sería muy saludable trabajar algo así por aquello de ir a dónde no nos hemos permitido ir con anterioridad. Pero resulta que fuimos allí tan solo para admitir acto seguido, que tal empresa no se merecía una entrada de destaque. Quizás nos equivoquemos y volvamos a reformular la idea. Pero el intento por hacer de nuestra aproximación lo más diversa e incluyente posible, resultó -en este caso- ser terriblemente vano.

No es que el entretenimiento por norma sea malo en sí mismo, pero la verdad es que en la mayoría de los casos no llega a calar y deja un sabor demasiado fugaz. Aunque nos frustre trabajar tan solo a medias, sinceramente, pensamos: ¿Merecerá la pena buscarle las cinco patas al gato cuando seguramente en nuestras reflexiones estaremos huyendo despavoridos del meollo del problema, tratando de ilustrar lo inilustrable? El cine de masas -todo aquel que busca ser consumido de forma a pasar ‘un buen rato’- puede resultar incluso inapropiado. Si nos ponemos estupendos: ‘El loco es quién más ve’. ‘Quién está verdaderamente despierto’. Y con esta premisa podríamos argüir que nos consta que la vida es demasiado corta para perder el tiempo con películas para pasar el rato.

No obstante, hay un tiempo para dormir y un tiempo para despertar. Y en el caso de la película sobre la que aquí reflexionamos, se da el extraño cruce entre la contemplación despierta y consciente de lo que se nos figura un verdadero sueño. Entre velos y desvelos está la cuestión.

Lo complejo -que no lo complicado- viene a significar en nuestras vidas porque nos conduce hacia ejercicios esencialmente experimentales, arriesgados y por ende universales, porque siempre tocarán el halo humano que nos indica de la evolución misma a la que aún puede entregarse nuestra especie. Esto es lo que nos mueve a un nivel de profundidad digno de mención. Siempre en la esperanza de avanzar hacia territorios nunca antes trillados. Siempre tratando de ir más allá de nuestros ínfimos conocimientos y arraigados gustos de serie. Más allá de nuestros nefastos motores de monotonía y zonas de confort u otras narcotizadas ensoñaciones como las propuestas por cierto cine de consumo rápido. Hay un tiempo para inexistir y un tiempo para existir.

‘The Assassin’ (2015), ¡es tiempo de existir!

‘La asesina’ de Hao Hsiao-Hsien es el último documento visual y probablemente la más bella de todas las películas de este interesante director. Pero como esto de lo bello es relativo y siempre depende de cómo se mire, tampoco es que esto signifique demasiado. Quizás tampoco la historia de la asesina que da título a esta maravilla sea el mejor aliciente de todo lo que nos propone Hao en su genial película:

Ella es adiestrada por una monja para volverse un auténtico animal de guerra -una asesina a sueldo- pero resulta evidente que en su implacable aprendizaje no se ha visto desprovista de sensibilidad. En más de una ocasión se ha dejado llevar por sus sentimientos y ha terminado perdonándoles la vida a más de una de sus necesarias víctimas. Ha fallado estrepitosamente en su cometido, y quizá por ello el siguiente trabajo que le encargue la monja sea el más difícil de todos sus exámenes – matar a su primo. Prominente mandatario de una de las regiones en juego en medio de una trama política difícil de descifrar.

En la China rural del siglo IX, en la cual transcurre la acción, las conquistas territoriales, además del uso de la fuerza en sangrientas batallas se hacían también a través de bodas de conveniencia. Ese quizás sea el primer motivo por el cual nuestra protagonista es alejada de su hogar y enviada por su familia a convertirse en asesina junto a dicha monja…

Todo ello ocurrió hace tanto tiempo que es imposible tener por seguro todos los detalles que trata la cinta, por eso Hsiao-Hsien, fiel a sus trucos de prestidigitador, se las arregla para contarnos la historia sin faltar a la más plausible de las verdades históricas. La que dice de ciertos flash-backs que muy bien podrían haber sido flash-forwards. Quién sepa realmente lo que ocurrió, como ocurrió y por qué ocurrió, que lance la primera pulla.

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Quizá en dónde se luce el verdadero cometido de Hao, es en la densidad de captura que supone una época tan lejana e inabarcable. Ahí en dónde el sueño y el desvelo se hacen mellizos siameses. En ese reducto en dónde permanece inalterable la duda existencial como gran reto, el ser y el querer ser. ¿El poder ser?… Obviamente EL SER que construimos para nosotros mismos a cada paso que damos, en cada una de nuestras más difíciles decisiones. Y que se libren nuestros jefes, dueños y señores de decirnos lo contrario. Por ello no faltamos ni un día al trabajo y somos implacables. Somos lo que creamos para nosotros mismos, o no somos.

En medio de todas estas (casi literales) complejas cuestiones y decisivos ademanes, sin saber si finalmente llevará a cabo el cometido de asesinar a su primo o no, nuestra asesina duda. Recuerda motivos y viejas leyes, tradiciones y conclusivos poemas rescatados a los tiempos, que establecen verdades como puños. Y se pregunta siempre: ¿Quién soy?

Nuestra asesina no es implacable porque no es inhumana, es una máquina muy afinada pero su duda nos hace dudar a nosotros mismos. Ya no solamente como espectadores, sino como seres conscientes que quizá la mayor parte del tiempo vagamos por callejuelas de inconsciencia pura, transponiéndonos a cada esquina.

Volvimos a revisar el ‘Maestro de Marionetas’ (1993) y a maravillarnos con la historia de este titiritero arquetípico que fue Tian-lu Li, tan cargado de humanidad, tan certero en su reveladora narración. Y mientras tanto, volvimos a poner en duda parte de la historia velada que es la de nuestra asesina:

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Tian-lu nos cuenta de la complejidad de los grados de parentesco en el seno de la comunidad taiwanesa, en primera persona. Y quizá aquellos hayan sido imitados directamente de China, país hacia el cual se vio sometido el archipiélago hacia dónde Hsiao-Hsien huyó con su familia en 1948 cuando la guerra civil China, y en el cual se desarrolló como persona y como artista. Aunque haya nacido en China se le considera uno de los principales exponentes del cine taiwanés, por mérito propio. Pero quizás, de haberse casado su padre en la casa de familia de su madre, a su padre debería de dirigírsele como tío, y a su madre como tía, no fuesen los brujos tradicionales adivinarles una suerte desdichada por ello, como le pasó a Tian-lu.

Los grados de parentesco no son lo que parecen y quizá este dato pueda ayudar a deslindar el gran jeroglífico que ronda la comprensión lógica en esta película que es ‘La asesina’.

Los detalles y los mil fragmentos esparcidos en esta pequeñísima historia se alargaran hasta el infinito si nos apuramos un poco, así que más vale concretar lo que realmente importa aquí. Porque una vez más, la mente humana es un laberinto que se extiende mucho más allá de nuestros deseos y a veces son nuestros mismos deseos los que nos atrapan inexorablemente.

En esta exigente película de hace tan solo dos años, es a través de una fundamental transcendencia estética que Hao se nos acerca y nos rodea y nos inunda de belleza para volver a colocarnos sus preguntas de siempre. ¿Quiénes somos realmente? ¿Cómo vemos el mundo? ¿Qué podemos extraerle para entendernos a nosotros mismos? ¿Qué queremos entender de verdad? ¿Por qué nos detenemos tan a menudo en las razones de la lógica, es que no hay otras razones?

Detrás de todos los velos, asomando por alguna oscura y fría grieta, ¿aún habrá alguna posibilidad de que el arte trate de responder alguna de estas cuestiones?

El cine de Hsiao-Hsien se prodiga en estas preguntas porque esa es una de las más básicas funciones del arte, que en último término no tendría por qué tener función alguna como tal. Cabe al espectador buscar en las inquietudes del autor y hacer así vibrar en su interior cada uno de los verdaderos dilemas, los motivos por los cuales el arte -más que una vía de escape como abogan los entretenimientos más recurrentes- se puede volver conocimiento y arma de indagación existencial. Sobre ello discurre el magnífico documental de Olivier Assayas, ‘HHH A Portrait of Hou Hsiao-Hsien’ (1999), por si deseas conocer mejor a este hombre tan especial:

Hay veces que los motivos no quieren ni pueden responder ni responden a preguntas de carácter plano -no hay preguntas para respuestas de sí/no o tan siquiera, tal vez. Y para ello no hay historia más adecuada, no hay camino válido, no hay aproximación correcta, tan solo la persecución de la verdad. Y la verdad es tan intricada, hay tantos factores envueltos en la ecuación para tratar de disecarla (y una vez disecada no reflejará ya ni la sombra de lo que tenía que haber sido… otra falacia más). O sea, se trata de un intento por abarcar lo inabarcable porque eso es lo único que de veras importa.

Hsiao-Hsien es un hombre verdadero y sabe -de lo que le interesa- lo poco que le es dado entender. Se sumerge en profundidad en su objeto bruto y desde su mismo corazón empieza a tallar hacia afuera, hasta que las sombras y los brillos de sus hallazgos nos devuelvan el atisbo más sincero de su descubrimiento, de su labor, de todo su empuje. Hsiao-Hsien sabe que por mucho que investiguemos y tratemos de sacar la verdad a la luz, en esto de la existencia a veces ni la más adecuada de las metodologías puede guiarnos a través de todo el proceso. La vida está aquí en este momento -es imposible capturarla con vida- y por eso, tan solo con trucos de mago puede encontrarnos al otro lado de la pantalla. Boquiabiertos, ante esta inusual y casi onírica maraña de despliegues, nos tenemos que entretejer a nosotros mismos haciendo uso de más de unas cuantas de las herramientas de nuestra propia percepción.

¿Tantas formas tenemos de percibir?

Inevitablemente nos desviamos hacia los derroteros de la confusión. Entre nosotros y la verdad se erigen frecuentes veladuras, velos entre velos y sombras entre velos de luz, que en realidad son la única verdad a la cual se nos permite acceder. ¿Cómo era el chino antiguo que se tuvieron que aprender estos actores? ¿Quién lo supervisó? ¿En qué líos adicionales nos habrá metido la traducción a nuestros idiomas occidentales? ¿Los subtítulos funcionarán de verdad?

Podemos establecer, definir y aseverarlo todo de manera a dejar que cuaje, en firme. Pero no por ello estaremos estableciendo un lazo de mayor rigor sobre la presa de nuestro conocimiento, de nuestra percepción. No por ello estaremos en posesión de la verdad.

Cuando este autor tan particular se propuso hacer una película wuxia, sus preocupaciones no fueron las de la espectacularidad, como ademán propio de este tipo de propuestas y gran bandera del género. Tampoco es que de su historia se pueda sacar -en la inmediatez- la típica lección moral con las cuales este tipo de cine suele regocijarse.

Se prendieron algunos cables que elevaron como plumas a algunos de sus intérpretes y si bien analizada y alargadamente ponderada la historia podría llegar a dar bastante de sí, pero no en una primera inmersión. Las preocupaciones de Hao se volvieron a prender con sus temas de siempre, con sus enormes preguntas. En este caso se alejó enormemente en el tiempo para situarnos en la China del siglo IX, con todas aquellas cuestiones que historiadores y otros expertos siguen igualmente preguntándose… porque simplemente para ello no hay respuesta. Ni sí, ni no, ni tal vez. El tiempo pasó y sobre ello no hay quien pueda viajar para tratar de esclarecer todas nuestras dudas.

Pero quizá la mayor de las dudas se coloca en el cine en sí mismo, en este caso, como medio de transporte de una época que permanece entre velos, sedas y llamas vacilantes/o entonces repleta de místicas aupadas por fantásticas interpretaciones y otras ficciones poco dadas a la búsqueda de la verdad tanto como a la espectacularidad.

La ficción a veces no es el mejor y más adecuado medio de contar la historia. La ficción a veces es la más personal de las acepciones a través de la cual la creatividad se manifiesta. La forma más real de entre las más verdaderas de todas las aproximaciones, la subjetividad.

Y en el cine como ejercicio colectivo, deberemos preguntarnos por ejemplo, ¿cómo afecta tal o cual coreografía el sabor de una u otra escena? Algo tan patente en todo el lenguaje de este hombre que solo quiere sugerir. Que descuadra con sus encuadres vivientes, enseñando tan solo lo poco a que tenemos acceso, así es la verdad. Su cámara fija y permanente, aparentemente olvidada en cualquier parte, captando el rumor de la vida…

¿Cómo afecta al diseño de la historia original la natural improvisación a la cual incita a sus actores? Al parecer, conforme a lo que se hayan encontrado en las localizaciones elegidas, los actores trabajando a las órdenes de este hombre deberán adaptar sus líneas de diálogo, sus actuaciones… porque toda la historia puede cambiar a cualquier momento. Esto es la VIDA.

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Y es precisamente aquí dónde reside el Hsiao-Hsien que rescatamos para reflexión. El que nos invita a acurrucarnos y enrollados más aún en nuestra manta, a perdernos en un sueño avanzado. Un estado de vigilia que no permite una consciencia completa sino más bien un lento e inevitable tanteo por todos y cada uno de nuestros sentidos. Poniéndose a juicio a sí mismos en su chirriante despertar. Bostezo primordial que sacude la duda -en causa quizá nuestros propios hábitos- los cuales rara vez nos ayudan a contactar con el lujuriante mundo de ahí fuera, ese que llevamos tan dentro.

Hsiao-Hsien se dedicó a crear, a través de toda su filmografía y en sí mismo, el auténtico y más verdadero de los palimpsestos -pergamino que al ser utilizado varias veces, a través de sucesivos raspados del texto anteriormente elaborado, con el paso del tiempo dejaría al descubierto todas sus anteriores encarnaciones. Superpuestas todas ellas de tal manera que se volvería prácticamente imposible discernir el contenido de todas sus grafías, de todas sus historias.

Algo tan real como el paso del tiempo, todas nuestras posibles encarnaciones, todas las épocas pasadas y futuras, occidente y oriente sin distinción, artes milenarias y el cine aún balbuceante, dando sus primeros pasos. Todos los hombres habidos y por haber en un mismo sueño colectivo.

El embrión abriendo los ojos por primera vez aún habita el vientre materno.

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3 thoughts on “Palimpsesto

  1. Excelente entrada y excelente director.

    Respecto a lo que comentáis sobre el cine de entretenimiento, yo creo que no se puede comparar el cine “artístico”, más personal y que es una forma de expresión que busca la trascendencia (estética, filosófica, espiritual o de cualquier otro tipo) con el cine comercial y que simplemente busca el entretenimiento.

    Y opino que no se pueden comparar porque aunque se parezcan mucho son dos cosas distintas: Uno, el cine como arte, sería -valga la redundancia- una expresión artística. El otro, el cine como entretenimiento, es una obra de diseño en el sentido de que existen unas necesidades: la gente quiere divertirse en sus horas de ocio y se diseña un producto que le da eso que busca.

    Por eso pienso que hay que juzgar ambos tipos de cine desde perspectivas distintas: al uno desde el punto de vista artístico y al otro desde el punto de vista del diseño, de si cumple las funciones para las que ha sido creado o no.

    Por lo demás, ambos me parecen respetables y muy difíciles de hacer.

    Una saludo.

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    1. Exactamente, no podíamos estar más de acuerdo con tus palabras. Precisamente es nuestra intención trazar esa línea tan concreta entre dos realidades tan dispares, justo al tratar esta película en concreto. El género wuxia suele ser sinónimo de cine de masas y precisamente no tiene porque ser así. Lo demuestra Hao en esta belleza de obra que nos tiene completamente rendidos.
      Muchas gracias por tu iluminado comentario y un fuerte abrazo desde el cine que llevamos dentro.

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