Plata manchada de negro neumático

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El trabajo industrial que pudiese suponer una aproximación fidedigna al magnífico mundo de Andy Warhol desvirtuaría enormemente su mismo empuje y concepto base – hazlo tú mismo.

Obviamente que podríamos hacer ‘nosotros mismos’ tan exhaustiva investigación. Tratando de discernir la verdad expresada, de la expansiva cantidad de material -que aunque producido en toneladas industriales en su nombre- se desvirtúa en sí mismo, prodigándose en vanas tentativas superficiales y anécdotas risibles. No obstante, debemos admitir que todo ello ayudó a aupar al estrellato mitológico contemporáneo este artista sin par. Y por eso pensamos: ¿Qué es la verdad después de todo? O ¿Por qué siempre la verdad? ¿Será lo ‘superficial’ el nuevo ‘profundo’?

Y aunque la enorme variedad de hoy día -a galope entre emergentes fuerzas de masas y una individualidad extrema- nos remita a la aceptación que el enclave –celebrity– ha supuesto en nuestras vidas… podríamos seguir cavilando en la profundidad o convenir que de forma consensual y homogénea todos terminamos haciendo uso de los quince minutos de fama que nos estaban destinados.

La verdad es que ya no nos basta el cuarto de hora que pronosticó Andy, ahora es ley de vida. Como claramente subraya el primer capítulo de ‘Black Mirror’ (2011- ) de esta su nueva temporada, ‘Nosedive’:

Hoy estamos a finales de enero, el 28 para ser más exactos, -momento en el cual redactamos el presente- y tan solo podemos reducir nuestra fama a los escasísimos 9.000 minutos que nuestros vídeos de YouTube nos reportaron hasta ahora. Quizá podamos añadir esporádicas fotos colgadas en Facebook con un aceptable número de likes, aunque a lo mejor alguno de aquellos se haya debido a un acto reflejo más que a un acto de contemplación. Quizá tuvimos otros momentos de estrellato muy concretos a lo largo del tiempo. Contados escenarios de lucimiento personal. Reconocimientos más o menos consensuados que nos hicieron sentir algo parecido a la fama. Pero definitivamente, celebrities no somos. Al menos aún no lo hemos logrado, pese a todo el empeño que le ponemos.

Nos faltan suscriptores. El número de visitas no se corresponde al número de horas que le dedicamos a esto. La aceptación no se traduce en comentarios múltiples que no nos dejen vivir. Y tristemente, nos cuesta aceptar que aún logremos dar abasto y contestar a todos nuestros seguidores. A todos y cada uno de vuestros amables comentarios.

¿Quince minutos Andy? Tú quizá fuiste el primero en pronosticarlo, pero no sabes lo corto que te has quedado. La superficie de las cosas… la piel del mundo es de plata manchada de negro. Negro mate como el rastro que deja el neumático en el asfalto en un súbito frenazo. De tanto pasar la racleta se nos ha superpuesto la imagen.

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Andy transportó los bajos fondos a la televisión, convirtió el friegasuelos en producto de máxima sofisticación, puso en las portadas de las revistas a sus amigas, las drag queens y los yonquis del ultramundo. En cientos de entrevistas nos explicó que la libertad podría consistir en no comerse demasiado el coco. Una actitud que le reportó una visibilidad expansiva, que a la larga constituiría el medio a través del cual el consumo de masas se decantaría por una cierta frivolidad en detrimento de la erudición y sus soporíferos reclamos. Algo hasta entonces, tan propio del medio artístico.

Puede que su obra corriese el riesgo de verse devaluada a dado momento… pero a la larga, su dictamen se haría ley de vida. [Si aún no os habéis suscrito a nuestro blog, puede que este sea el momento idóneo. Igualmente nuestro canal de YouTube está sediento de suscriptores como tú. Sería genial poder contar contigo -y como se suele decir en estos casos- es tan fácil y además, completamente gratis].

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Andy escribió una parte fundamental de la historia del mundo en el cual vivimos. Acercó los suburbios y los guetos antagónicos y con ello -en tal choque- nos acercó mucho más entre nosotros. Casi pudiese dar la impresión de que él mismo fue el democrático inventor de internet y de las redes sociales. Pero pese a la tontería, no quedaría de más subrayar que de hecho, las cosas en este mundo no funcionan simplemente porque sí. Todo se toca, todo se contagia… y el virus suele ser insaciable y letal. No hay quién sea un producto puro de mamá y papá, e incluso así, llegará el momento de partir en busca de la propia identidad. La cual a su vez, tampoco da muestras de impermeabilidad.

Los memes nos componen tanto como los genes. No sabríamos decir cuáles encarrilan más nuestras vidas, qué decisiones nos hacen tomar unos u otros. Los memes son la porción de información otorgada por la cultura, en cuanto que los genes lo son por línea genealógica. Tengamos en consideración que papá y mamá decidieron tenernos, tanto por la necesidad más básica de nuestra especie… como debido a su propia cultura. Que a su vez, nuestros abuelos se dispusieron a conocerse también por las suyas.

Si tu abuelo vivió toda su vida en una pequeña aldea, seguramente no tuvo acceso a la misma clase de cultura desarrollada en la gran ciudad. Por ello, tu abuelo habrá determinado su postura ante sí mismo y ante los demás, y tú serás -en algún aspecto- fruto de ello. Echándole un vistazo al enorme muestrario de casos tipo, solo podemos concluir que los genes pueden ser determinantes para situarnos en el mundo. Por ventura, nuestra genealogía y los memes a aquella adheridos, hacen con que nos decantemos más hacia una cultura u otra. Conforme a nuestra propia sensibilidad y empuje (que adviene también de aquellos). Y siempre, invariablemente, si se dio el caso de que hayamos tenido la suerte de poder elegir.

Tal vez por eso mismo, muchos se rebelen inclinándose por una cultura completamente opuesta a la de su original procedencia. Quizá por ello, el mundo siga girando tan aprisa. Seguro que ahí radica la natural característica del acto creativo cuando insiste en apropiarse de supuestos contrapuestos para producir lo nuevo, lo inusitado.

No fue nada fácil hacer determinadas elecciones a lo largo de la historia. No fue fácil y sigue siendo harto complicado encontrar nuestro propio lugar en el mundo. Para Andy era más fácil reproducir el mundo existente -y convertirlo en arte- que crear algo nuevo. Pero ojo, en ello reside uno de los puntos de reflexión más urgentes y dignificantes que se puedan experimentar. Todo proviene de algo, todo se contagia como decíamos… pero la facilidad que encontró Andy para colocarle un espejo delante a nuestra sociedad de consumo, no fue ni un golpe de suerte ni provino de un aparente surto de pereza.

Quizás el arte sea el ámbito más puntero. El de mayor vanguardia, encabezando toda evolución cultural. Y lo que hizo Andy, en su día, nadie lo había hecho antes. Se arriesgó.

A la orden del día sigue estando un nuevo descubrimiento que te puede cambiar la vida, un guiño que te hace plantearte a ti mismo y al mundo de un modo originalmente radical. Y todo ello puede que no tenga nada que ver con Andy Warhol de forma directa, pero en gran medida él ayudó a hacer posible que cualquiera pueda soñar más allá de sus propios límites. Lo hizo dándole visibilidad directa a la realidad más encubierta, apartada y encerrada. Popularizando y masificando comportamientos considerados raros. ‘Normalizando’ sin crear escuela. Y encima, lo hizo a través de la tele, de la prensa escrita y fotográfica, dando voz a los escombros, parias y despojos, que finalmente serían quienes podían ofrecer una verdadera alternativa y sacarnos de toda monotonía social prestablecida. La verdad de un mundo, que en ocasiones, podía ser mucho más amplio de lo que nos habían anunciado.

Nos enseñó que la belleza de la frontera existe precisamente cuando aquella se traspasa. ¡Que para eso está!

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En su acercamiento cinematográfico, Andy nos dejó bien claro que no hace falta una narrativa convencional para embelesarnos. Que el cine, como cualquier tipo de arte, tampoco tiene por qué conocer fronteras. Su consumo puede ser una experiencia única -desde su formato convencional- siempre y cuando la aproximación adoptada sea flamante y avanzada. E incluso, que su real existencia puede ser única y exclusivamente para que se hable de ella. Sin que nunca tan siquiera se llegue a consumir.

Hablen bien o mal de nosotros, lo que importa es que hablen, como decía Oscar Wilde.

Recordamos aquella divertidísima flash new que decía: ha acudido tanta gente a la galería que nos vimos obligados a quitar los cuadros de las paredes… Ahhahahah.

Tanta era la expectación que suscitaba, tan poco el interés real en su trabajo…

Habrá a quienes esto pueda sonar un contrasentido en sí mismo. Y nosotros debemos confesar que nos dividimos entre ambas opciones. Nos parece bien y no nos lo parece, a la vez. Esta es la magia de la frontera, que se puede cruzar hacia un lado y volver a cruzarla de nuevo hacia el otro. La frontera existe como tal, precisamente para ayudarnos a definir. Pero es en su subversión que la realidad gana terreno a lo virgen, a lo inexplorado.

Los criterios del arte conceptual establecen que la importancia del objeto artístico (físico) debe constituir tan solo el mero medio a través del cual se exprese la idea. La idea es lo esencial y por lo tanto no debemos exagerar la importancia del objeto en sí. A expensas de perder su verdadero motivo y razón de ser.

Este mismo concepto que Andy Warhol estableció como su propio credo -de algún modo partiendo de las premisas del dadaísta Marcel Duchamp- le elevó al cosmos de lo popular y le permitió erigir una serie de fronteras de innegable belleza. Tan solo por el mero hecho de haberlas creado precisamente para ser transpuestas. Para dejarse poner en causa. Pero finalmente, bellas y de evidente valor material, físico.

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Su idea, el fin en sí mismo, pertenece a esa clase de obra estructural que produce el atípico movimiento que nos empuja a crearnos dueños de nosotros mismos en cuanto fruidores creadores. Nos enseña como la obra habla y se produce a través de su espectador. Y como la obra luego, sigue viviendo infinitas vidas de real especulación a través de los tiempos. Esa es su carcaza, la grandeza de su superficie.

Andy nos invita en todas sus obras a hacernos con nuestras propias vidas, con nuestro ‘yo’. Que no viene a ser otro que nuestro punto de vista y nuestra opinión. Tal y como únicamente podemos proceder con todas las demás obras. Las que sean y de quienes sean. Incluso las más cerradas, herméticas y hurañas. Nuestro ojos solo ven lo que nuestros genes y nuestros memes nos permiten. Ni más ni menos. Dile a un daltónico que eso es rojo, dile a un comunista que eso es verde…

Andy nos enseñó con mil ejemplos, lo fácil que puede ser inventarnos un ser único para nosotros mismos, totalmente singular… para adoptar de por vida. Y si nos cansamos, pues lo sustituimos por otro afín, totalmente renovado.

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Estamos de acuerdo Carlos y yo, que cuando por esos museos del mundo nos paseamos, a veces se nos sugiere una dedicación extra en determinadas obras. Dedicación para la cual en más de una ocasión no nos hemos sentimos suficientemente propensos. Una exigencia quizá algo abusiva dado que una sala de exposiciones se visita andando y cuando te encuentras un banco prefieres digerir lo que aún no tienes suficientemente asimilado, en lugar de descansar las piernas frente a otra obra más…

En varios museos y galerías de arte se habilitan ciertos cubículos -generalmente a oscuras y cerrados a la zona más luminosa de la exposición- en dónde discurren estos objetos artísticos cuyo soporte podría llevarnos a calificarlos también como cine. Pero resulta que aquellas obras así expuestas, reclaman y protestan por un tiempo de visualización exclusivo. El conocido vídeo-arte, otros medios derivados y análogos objetos, proceden a sujetarte un tiempo determinado y a no dejarte avanzar a tu ritmo.

Cierto es que cuando consumes arte en una galería el tiempo tiende a extenderse y a encogerse conforme a tus necesidades e intereses más inmediatos. En cierta medida depende también de tu estado anímico (como casi todo en este mundo, la luna sigue gobernando nuestros líquidos envoltorios). Y quizás la libertad de que goza el consumo de arte en general, se vea de alguna forma coartada en estos objetos tan exigentes. Tal vez porque en nuestra vida consumimos mucho más vídeo que pintura, dibujo, escultura o instalaciones espaciales y otros artilugios diseñados para despertarnos los sentidos.

Entonces el vídeo -como el cine del Andy Warhol- quizá se haya visto por ello, relegado al extremo oscuro de un mundo poblado de fantasías mucho menos asequibles, menos manidas y populares. No obstante, ello no indica que sea menos interesante o debamos restarle importancia.

Es cierto que entre otras cosas, Andy decía de su método de rodar aquello de que: ponía su cámara en funcionamiento, se iba a hacer sus cosas y volvía cuando el rollo estaba a punto de terminar para substituirlo. Que en realidad no le interesaba tanto la progresión real de lo que estaba ocurriendo delante de la cámara como lo que aquella luego le proporcionaba (lo cual de por sí, ya nos daría pie a largas reflexiones).

Pero lo cierto también, es que solemos quedarnos con esta parte de su facilitador y aparentemente frívolo discurso. Como si todo le diese igual y le trajese sin cuidado… siempre dejando patente el hazlo tú mismo. Pero lo cierto, decíamos, es que ignoramos que aquel solo se completa teniendo en consideración que Andy luego podía quedarse horas y horas delante de sus películas. Completamente absorto. Entregado a sus sutiles matices en plata y negro neumático.

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Para Andy, producir películas se volvió un hábito particularmente dulce. Entre sus conocidas producciones destacan ‘Flesh’ (1968), ‘Trash’ (1970) y ‘Heat’ (1972) como experimentales documentales de tono subversivo pero siempre desde el naturalismo cuotidiano al más puro estilo Factory. De entre las obras más comerciales, o mejor dicho, con una estructura más convencional y que por ello habrán gozado de mayor aceptación: ‘Blood for Dracula’ (1974) y ‘Flesh for Frankenstein’ (1973). Pero en realidad todos los títulos anteriores pertenecen a Paul Morrissey. Aquí nos referimos tan solo al Andy que producía, y en el último caso, ni eso.

La identificable traza de la Factory conllevaría comprensibles malentendidos y muchos pensarían que aquellas eran obras de Andy. Bien entendido, Morrissey habría sido el ayudante de dirección en varios de sus proyectos y a bien decir, la promiscuidad autoral era más verdadera de lo que suelen dictar ciertas leyes y otros egocentrismos. ¿Otra herencia más de daDa?

De hecho, Joe Dallesandro, el actor no profesional que protagonizaría las tres primeras, sería reclamado y reverenciado como una de las flamantes estrellas de Andy, que también lo era, ojo:

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Aparte de éxitos más sonados, como ‘Chelsey Girls’ (1966) y ‘Lonesome Cowboys’ (1968) -en parte, realizados y dirigidos también por Morrissey (aunque en ocasiones ni constase en los créditos)- las películas de Andy constituirían una provocación al propio medio cinematográfico en sí. Una aguda observación más allá del mainstream para reflexionar a cerca de la verosimilitud del habitual y narcotizado consumo de cine por parte de las masas.

Más que experimentos -que lo eran- sus películas divergían entre la prueba de diagnóstico como objeto final -en sus incontables Screen Tests- retratos repletos de belleza y glamour en una auténtica subversión técnica por querer ser foto cuando en realidad eran película… Y sendas aventuras de carácter documental. Las cuales con sus azarosas colocaciones de cámara y espontáneas actuaciones, procederían a desvelar lo más remotamente íntimo en los actos más banales y cuotidianos.

Su ficción, desarrollada en historias de corte minimalista, siempre tendía a ese carácter de provocación tan propio de Andy. Quizá por la exageración del realismo en ellas explicitado. ¿Por qué será tan difícil tragar la realidad?

Sin guion, los actores improvisaban sobre escasas premisas y dejarían sueltos sus propios instintos para dejarlos plasmados en celuloide. No eran grandes actuaciones ni pretendían serlo, sino retratos reales de quién actúa sin tratar de obviar el hecho de estar siendo atrapado en ese instante para toda la eternidad. Sus películas de aspecto un poco más formal también serían fuente de inspiración para jóvenes cineastas e inminentes promesas. En última instancia, de todo ello dependería nuestro futuro… El cine de Andy Warhol se habría inaugurado como un derrape en el asfalto, dejando un punto y aparte decisivo en la historia de nuestra evolución social. Nuestros memes ya no volverían a ser los de antes.

Las largas horas dedicadas a la contemplación de un acto tan puro como el de dormir en ‘Sleep’ (1964) de 5 horas con 21 minutos de duración. ‘Eat’ (1963) de 45 minutos, en dónde podemos observar a un hombre comiendo setas y recibiendo la visita de su gato que trata de averiguar que hace su amo. ‘Blow Job’ (1963) de 35 minutos, en dónde tan solo se puede ver la cara del hombre que está siendo felado -acción que da título al corto-. O la absorbente imagen estática del Empire State Building en ‘Empire’ (1964). Todos estos ejemplos atestiguan el interés de Andy por explorar de forma artística -como ocurrencia de pura observación- algo que no se había producido con anterioridad. Mirar lo superficial y aparentemente banal y recogerlo -después de todas las históricas exploraciones llevadas a cabo- mirar y captar por fin aquellos elementos crepusculares que se tienden a descartar y que sin embargo, quizá encierren más de un secreto en sí mismos.

La obviedad dada por sentada, que así puesta en perspectiva, tal vez pueda iluminarnos, dar cuenta de los más irrisorios matices que contribuyen en gran medida a hacer nuestras vidas más ricas y menos monótonas. En un grano de arena la grandiosidad del mundo entero…

Las explicitas reacciones de DeVeren Bookwalter en ‘Blow Job’. Los créditos en los cuales consta igualmente el otro actor. Quién en realidad hace todo el trabajo aunque nunca llegue a salir en pantalla, Willard Mass.

Los sutiles cambios que se van operado en la atmosfera mientras observamos el empire state durante 8 horas y 5 minutos. Magia pura elevada al enésimo fotograma. Dedicación exclusiva.

Quizá no seamos capaces de ser tan precisos y dedicados como Andy. Quizá nunca logremos visionar un cine que está hecho de antemano para que se nos escape. Quizá después de todo, tan solo logremos hablar de él sin verlo. Y probablemente hayamos gastado tiempo infinito viendo Sálvame, Gran hermano, La selva de los famosos y el Telediario.

La elección es nuestra después de todo.

El acto rebelde que ejecuta lo conceptual desde lo POP, adviene carcajada que contagia. Este mundo post-moderno en el cual vivimos incrustados, recogió de los surrealistas y de los dadaístas lo más divertido porque sus artífices lo fueron. También recogió otras minucias, detalles para una larga y lenta exploración personal… pero la risa, la risa como virus que transforma y hasta puede llegar a ser letal…

…esa, se trata de una irreverencia que le ha plantado cara al orden establecido y que ha logrado liberarnos a todos un poco más…

Si se trata o no de superficialidad no nos compite a nosotros decirlo. Sin embargo, pensamos que si lo es realmente, y compensa… ¿por qué no adoptarla?

 

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