Lo que queda

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Debutar probablemente sea de los momentos más complejos a los que estamos sujetos los vivos.

En cierto modo hay demasiado en juego para hacerlo a la ligera y si tienes la suerte de poder elegir de toda la amplia gama de posibilidades a tu disposición, es cierto que te puedes llegar a hacer la cabeza un lío. Recordamos un personaje del neófito Almodóvar de los años 80. Ella, muy loca con su pelo frito y súper ilusionada, entra con su novio en una lamparería. Fascinada con todas las lámparas expresa su embelesamiento de forma totalmente esperpéntica. Le gustan todas, son tan bonitas todas aquellas lámparas tan horteras. Y por eso no puede elegir ninguna en particular, las quiere todas…

En la vida no podemos elegirlo todo, que bien visto, así dejaría de ser una elección. Podemos tener mayor o menor grado de definición respecto a algunas cosas, podemos estar segurísimos de muchas otras, ya sea por afinidad o gran pasión, o también cabe la hipótesis de tener muchas dudas respecto a todo y finalmente no elegir nada. De todas formas siempre nos queda la ficción para probar hipótesis, para elegir caminos diversos tratando de descubrir por cual deberíamos ir. Cuales son realmente las cualidades de cada uno de ellos y cual se adapta mejor a nosotros mismos. ¿Por cuál sentimos predilección? ¿Cuál es el nuestro?

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En varias ocasiones hemos expresado esta convicción que nos guía y que no viene a ser otra que la que dice que lo que aquí importa, como en la vida, no son las obras sino las personas. Y en el caso de la película que nos ocupa esta semana, la condición tampoco varía, no obstante estamos hablando de una obra mayor. Un trabajo de enorme riesgo y totalmente definido en su carácter desnudo y provocador. Una obra en la cual sus creadores nos muestran que tienen muy claro lo que pretenden en esto del cine. Y además, su elección es cristalina.

Jesús Serna y Lucas Parnes finalmente han emprendido su particular viaje para sorprendernos con su primer largo. Y colocando lacasitos en puntos muy precisos de su camino, nos confirman a modo de pistas, que la suya es una apuesta viva y totalmente coherente. En ella se preocupan tanto por su potencial espectador como en dejar patente su singular forma de acercarse a sí mismos. ¿No será esa la principal preocupación de todos y cada uno de nosotros?

Su propuesta no es simple precisamente por desviarse radicalmente de los típicos recursos al uso. Tampoco es que podamos afirmar que sea una aproximación difícil, puesto que sus trazas de universalidad nos someten desde el primer al último instante. Nos someten y también nos encierran y nos agobian y nos vuelven un poco locos. De no ser así, probablemente estaríamos ante la típica ecuación en la cual el autor se desentiende de su obra para no dejar que aquella le absorba. No estaríamos ante una obra que habla de , y para . Y de haber sido así, desconfiaríamos de ellos porque seguramente estarían tratando de desnaturalizar el terror que provoca, el vértigo que conlleva todo esto de empezar…

Se trata por tanto, de una obra que con enorme sinceridad lidia directamente con lo íntimo y lo personal. En ella resalta un ‘yo’ que afirma no saber quién es aún, y no por ello existe menos…

Un angustiado Antonin Artaud, tratando de atrapar sus fugaces pensamientos y hacerse consigo mismo, ya lo habría expresado en una de sus famosas cartas al editor Jacques Rivière. Esta sería su pregunta glacial:

“¿hemos de concluir que, al no pensar plenamente, uno ya no es nada, o se puede admitir, a despecho de todo, que es algo, aún cuando no sea todo el yo, tan alto, tan denso, tan grande como el yo?” (A. Artaud: Correspondencia con Jacques Rivière, en: Cartas a Génica Athanasiou, 1973 p. 70).

Sobrecogedora sentencia que devendría en gran medida en la pregunta universal y revolucionaria de cualquier creador. Puerta abierta a toda posibilidad fragmentaria, inconclusa o velada. Su correspondencia con Jacques Rivière se transformaría en la biblia de todo creador que realmente no pudiese reconocerse ajeno a su trabajo, ni esclavo de modas o artificios cumplimentados. Su trabajo indiferente de su propio espíritu.

Poco después, Artaud entraría a formar parte del Laboratorio de Investigaciones Surrealistas y sería durante algún tiempo uno de sus más activos miembros. Abandonaría el movimiento una vez que Breton y su troupe surrealista decidiese embarcar en el común movimiento comunista -moviéndose hacia la acción política- mientras que el surrealismo de Artaud lo hacía desde las experiencias de la vida interior. Impostura la de aquellos surrealistas, totalmente opuesta a su pensamiento, ya que ningún totalitarismo o escuela puede gobernar las inquietudes únicas de cada uno de nosotros. Y la revolución siempre se hace a nivel personal e íntimo.

En ‘Lo que queda’, Jesús y Lucas nos colocan delante del espejo a nosotros mismos en cuanto espectadores. Y aunque en su doble autoría pueda transparentarse un cierto contrasentido, no olvidemos que en lo más universal precisamente es dónde subyace lo singular. Eso es lo universal.

De alguna forma, la doble autoría de su obra, nos asegura más que un sitio en la butaca, un lugar de privilegio en la misma pantalla. Discurso doble que transcurre en nuestro interior todo el tiempo. Diálogo interior versus diálogo patente interno… siempre del uno al otro. De su protagonista Esteban -o de su sombra- a nosotros. Siempre dentro. De nosotros a nosotros mismos.

Como quizá ya se haya podido dar a entender, la cuestión central de este excelente largo discurre a través de las vicisitudes del ‘yo’ indefinido. Y evidentemente, en todos los problemas derivados de ello. Puedes mentir a cerca de quién eres, y si lo haces con convicción todos te responderán con la proximidad que requiere alguien convencido y seguro de sí mismo. Pero si da el caso de que andas buscándote y te encuentras totalmente perdido, la gente te rehuirá como a un leproso…

Y además, no hay medias tintas en esta premisa capital, aquí no nos andamos con manierismos, miramientos y otros artificios de lo políticamente correcto. Aquí la gente trata a los demás como los sienta en el alma y quizás eso sea precisamente lo que más desconcierta.

Al poco rato de empezar su metraje, lo absurdo empieza a subir hacia los cielos en un vertiginoso vuelo aupado con fuertes golpes de ala. La subida es gradual pero veloz. Tan densa que cuando te das cuenta no sabes ya ni dónde estás ni a qué atenerte.

Si ‘Lo que queda’ (2017) no perteneciese al género de la ciencia-ficción, diríamos que se trata de una obra existencial con rastros de obras mayúsculas como pudiese ser el caso de ‘Pedro Páramo’ (1955) de Juan Rulfo o ‘El extranjero’ (1942) de Albert Camus, por referir alguna. Pero solo puede ser ciencia-ficción por inabarcable, incluso inconcebible pese a toda la cotidianeidad y aspereza de su realidad rural.

Al tratar de percibirla íntimamente, sentimos como algo nos ronda más allá de nuestra atmosfera personal que solo puede pertenecer a otra dimensión. Y tenemos que convenir que entregados a tal ejercicio tan solo estaremos tratando de definir su procedencia. Tratando de dar un cierto grado de color a su esencia. Pero al fin al cabo… ¿Qué es el género cuando la creatividad se aborda con todas las de la ley? ¿Cuándo metes toda la carne a asar sin un mañana en el horizonte? ¿Cuándo lo que estás poniendo en tela de juicio es precisamente una posible versión de ti mismo, aún a expensas de poder volverte loco en el intento?

La pregunta cabal no tiene marcha atrás: ¿Quién soy?

Nada transcurre en la pantalla que no repercuta en el más remoto de los exiguos pasillos de nuestro ser. Exilados del mundo, auto-exilados incluso. ¿Pero podemos SER sin los demás?

Es el mayor poeta portugués de todos los tiempos, Luís de Camões, quien nos coloca la cuestión desde un enfoque un poco menos abrumador… Quien súbitamente nos tranquiliza un poco a través de unos versos que dicen de los demás, de quienes no aceptan la condición del hombre que elige estar solo. O tan siquiera, dudar de sí mismo.

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Me da todo el mundo por perdido,

Al verme tan entregado a mi cuidado,

Andando siempre tan apartado de los hombres

Y de sus tratos olvidado

(traducción nuestra).

 

Pero quizá tal concesión, nos resulte insuficiente para apaciguar toda nuestra inquietud. Quizá precisamente para seguir dándonos lucha la pregunta siga reverberando con todos sus ecos y coros en todas nuestras cavidades. La pregunta infinita estallando en todos y cada uno de los huecos incomprendidos e incompletos de nuestro ser.

Quizá tampoco otra posible versión de los hechos -que nos desvelan estos dos promisores cineastas- sea suficiente para calmar nuestra sed de concreción, nuestra extrema necesidad de conocer alguna bosquejada definición, algún mero reconocimiento que nos pueda resultar plausible. Algo que no sea la mentira o la ilusión de los fantasmas, o todo lo que queda…

…que no puede ser más que ficción.

El porvenir que una cualquier vidente te pueda aseverar pero que jamás podrás creerte.
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Es en sus modos teatrales -a veces casi imperceptibles- que esta película sugiere. Es en esos dejes exagerados y a veces remachados a golpe de afectaciones varias, que también emerge como obra mayor.

En su declarado homenaje al dramaturgo noruego Henrik Ibsen y su soñador aventurero e inconsecuente ‘Peer Gynt’ (1867), se nos asegura que la fantasía no logra apoderarse de este pueblo horrendo, plagado de prejuicios y arquetípicamente cerrado a todo lo cierto y genuino que el teatro aún puede proveer. Entre otras cosas, casa de la falacia y de la falsedad, la cual encuentra en la mentira la posible liberación y razón de ser. Plena de vida.

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Toda la luz y toda la gloria… tan solo su protagonista parece darse cuenta de cierta posibilidad, cierta ensoñación que pese a la fatalidad inherente, le eleva hacia construcciones oníricas de escabrosos finales.

Hilado con fino hilo de seda, el complejo drama nórdico de corte fantástico tan solo sirve en la medida en que el cariz alucinógeno y poliédrico de la película justifica aún más la esquizofrenia de su perdido protagonista, interpretado por un casi real Rodrigo García Olza en evasiva contraposición al resto de personajes.

El temerario aventurero de dudosa moral que es Peer Gynt es un reflejo más de Esteban poniéndose en causa a sí mismo, pero de su lección adviene otra mayor. Mayor incluso que aquella que dice de la mentira como recurso final, algo así como ‘soy quien tú quieres que sea, al menos así, seré’.

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Su verdadera y última lección se conecta con todas las emociones, tan sinceras y creíbles como los impulsos que mueven los armazones de los seres encerrados en ese pueblo sin nombre. Dando vueltas sobre sí mismos. Encerrados en sus redomas impermeables, parecen no hastiarse de perseguir continuamente su propia sombra, como el perrillo que quiere morderse su propia cola. Rodando en su eterna espiral para siempre jamás.

Y mientras tanto, Serna y Parnes también se emocionan al punto de no poder hacerse ya ni una única concesión a sí mismos. Con su película gritan un rotundo no a la mentira. Su película eclosiona de las negras cenizas de una realidad incierta que aseveran a pleno pulmón, a consciencia. Y definitivamente, lo que les importa después de todo, es seguir buscando la verdad, al precio que sea. Ya ni tan siquiera el privilegio de la mentira encuentra asidero en esta obra descarnada y yerma que reniega de todo menos la verdad.

FALACIA DE LO RENTABLE

[Adolfo Luxúria Canibal / António Rafael]

Al servicio de la falacia el pensar unificado. En la redoma de lo rentable es pensar manipulado. Enterrado el machete de guerra, bajo el peso de la ejecutora propaganda. Se alaba a quien nos encierra en la servil condición de la demanda. Como la negra oscuridad que oculta lo existente. Mucha luz vuelve indistinto lo que es bien evidente. Enterrado el machete de guerra bajo el peso de la ejecutora propaganda. Se alaba a quien nos encierra en la servil condición de la demanda

(traducción nuestra).

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Al ‘Entre Carlos’ de esta semana os traemos a estos dos talentosos cineastas que dicen de sí mismos que: Jesús Serna (Albatera, 1984) y Lucas Parnes (Rio de Janeiro, 1983), aunque hayan vivido la mayor parte de sus vidas en Alicante, se conocieron en Madrid hace ya unos cuantos años. Al acabar la escuela de cine, Jesús dirigió con Paco Fernández el cortometraje ‘Polvo de Hadas’ (2007), en el cual Lucas trabajó como jefe de producción. Y posteriormente han dirigido a cuatro manos los cortometrajes ‘Los invitados’ (2009) y ‘Los sentados’ (2011).

En sus influencias más íntimas y personales -que ni siquiera tuvieron que hacer suyas sino que de alguna forma ya traían bien arraigadas- podemos encontrar, entre otros, a Jaime de Armiñán o Carlos Saura:

O de cosechas más recientes, por ejemplo destacan el fabuloso Christian Petzold, del cual nosotros aún tan solo pudimos disfrutar de ‘Phoenix’ (2014), pero que nos dejó rendidos:

En Abanilla -Murcia- pudimos entrevistar a estos dos jóvenes directores respecto a su sugerente propuesta. En primicia además…

Esto fue todo lo que logramos sacarles:

 

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