Las mejores intenciones

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Dios es amor.

Entonces si dios es amor y el amor es ciego… (Como un niño jugando al escondite por primera vez) ¿Será por eso que a dios no se le puede ver?

¿Antilógico silogismo que no podía ser más verdadero o total tergiversación metafísica?

Cuando se parte de la razón pura para tratar de discernir estos temas, siempre, invariablemente, le hacemos un flaco favor a todo lo que pueden llegar a aportar. Y aunque por otra parte, la aportación nihilista se acerque con sus mejores intenciones, es con nuestras mejores intenciones también, que nos introducirnos en la profunda, fría y religiosa obra con el mismo nombre, ‘Las mejores intenciones’ (1992) de Bille August.

Ingmar Bergman tenía ya 73 años cuando el producto de un guion suyo de lo más personal e íntimo se estrenó en la televisión sueca. Habiendo anunciado que se retiraba de la dirección tras rodar ‘Fanny y Alexander’ (1982) -no dejando por ello de estrenar unos 15 títulos más entre rodajes derivados de sus propias producciones teatrales, aplaudidas tv movies y algún que otro documental- en aquella ocasión le cedería el puesto a un joven Bille August en plena cresta de la ola. Quizás tratando de alejarse de una obra tan profundamente existencial, por propia y personal. Y es que se trata precisamente de la historia real de sus padres, de cómo se conocieron y de todas las angustiosas dificultades que se les atravesaron en el camino hasta poder casarse.

Más adelante, de cómo las mejores intenciones y una austera religiosidad por parte de su padre -separaría inexorablemente la pareja- para aún más tarde, terminar cediendo… Su mundana decisión de hacer las paces entre humanos le pondría a prueba mientras tratase de reconciliarse consigo mismo. Para ello tendría que hacer la vista gorda a dios y a los principios más básicos de las enseñanzas de Cristo.

Con 44 años de edad, Bille August sería elegido por el propio Ingmar para dirigir esta historia de amor tan íntima. El verdadero origen de sí mismo contado hasta el preciso momento de su nacimiento. Una historia tan realista y verdadera que los huesos aún se resienten al evocarla.

Todos parecemos estar de acuerdo en que el joven August hizo un prodigioso trabajo. Tanto respecto a la serie de televisión (para la cual el guion fue originalmente concebido) como en su versión más corta, para cine. Y es que el prodigio -en contadas ocasiones- resulta ser la simple admiración profesada. El reconocimiento y la evidente cortesía a lo intachable, a lo intocable. Y August fue totalmente fiel al maestro tratando por todos los medios no hacerse notar lo más mínimo.

Curioso logro si revisamos su trabajo anterior a la dirección de esta obra… Si pensamos que acababa de ganar un óscar: y que el ego suele abigarrarse en tales circunstancias, el ejercicio en sí es más que un logro, un ejemplo de humildad tan improbable como sumamente reconstituyente.

En el país vecino de Suecia, Dinamarca, -de dónde August es originario- debutaría con ‘Luna de miel’ (1978), reflexión sobre la depresión en el seno de un joven matrimonio. Sus películas de niños, adolescentes y jóvenes adultos como tema central fueron todo un hito en su momento y recaudó el reconocimiento de propios y extraños. Seguro que muchas niñas habrán gritado de puro éxtasis al paso de sus nuevos ídolos, ideados y aupados con maestría por Bille en esas sus primeras películas. Ahí se encuentran ‘El mundo de Buster’ (1984) ‘Zappa’ (1983) y ‘Twist and shout’ (1984). Luego vendría el reconocimiento internacional en Cannes, laureado con la palma de oro por ‘Pelle el conquistador’ (1987), la cual también le habría arrebatado el óscar a Pedro Almodóvar, quién ese mismo año concursaba por primera vez a los premios de la academia con ‘Mujeres al borde de un ataque de nervios’ (1988). Una vez más, el drama ganaría sobre la comedia. Aunque el clásico de Pedro proviniese del más terrible de los dramas…

‘Pelle el conquistador’ es sin duda una obra mayor en la carrera de August y seguramente estuvo en el origen de la decisión de Bergman al pasarle el testigo. El maravilloso Max von Sydow se haría igualmente con algunos importantes premios a raíz de aquella agreste y ensoñadora realidad que se contaba en ‘Pelle’. La historia de un papá demasiado viejo para defender a su hijo pequeño de las calamidades de una época plagada de brutos jornaleros e injustos señores, pero no lo suficientemente viejo para reconocer -e incluso motivar- los sueños crecientes de la tierna infancia de su hijito. Existencia a punto de convertirse en aventura, tan solo posible a los ojos de un niño.

Después del encargo de Bergman, August se iría a Estados Unidos en dónde haría unos cuantos episodios de la serie ‘El joven Indiana Jones’ (1992-1993). Dirigiría ‘La casa de los espíritus’ (1993), adaptada por él mismo y por Isabel Allende partiendo del best seller homónimo. La fundamentalista y quizá no suficientemente conocida ‘Jerusalém’ (1996), ‘Smila: misterios en la nieve’ (1997) con una magnífica Julia Ormond. Y probablemente firmaría la más memorable de las adaptaciones que se haya hecho jamás de ‘Los miserables’ (1997) de Víctor Hugo.

Se desenvolvería entre Estados Unidos, Sudáfrica y Dinamarca, entre el thriller, la soledad y los clásicos temas de la vida en pareja. El alzhéimer, la pena de muerte, el emotivo biopic de uno de los carceleros de Nelson Mandela en ‘Adiós Bafana’ (2007), otro biopic deslumbrante: ‘Marie Kroyer’ (2012), la vergüenza ajena y la fuerza vital de la revolución en ‘Tren nocturno a Lisboa’ (2013), la dificultad de asumir la eutanasia en ‘Corazón silencioso’ (2014) y unos cuantos títulos más que nos esperan en los próximos meses…

Ingmar Bergman sabía perfectamente lo que hacía al sugerir a Bille para la dirección de sus memorias germinales. Porque aunque la carrera de August pueda dar la impresión de dispersarse entre temáticas menos afines y provenga de otras aparentemente aún más dispares, hay algo profusamente humano que las aúna y las anuda y que vuelve toda su filmografía un conjunto extremamente coherente. Ello se prende exactamente con una de las cuestiones más recurrentes y exploradas por el propio Bergman: la moral, la ética, la existencia de dios y todos los demás tormentos que acechan al ser humano consciente, en ocasiones, precisamente por falta de consciencia…

No es excepción el retrato que de los progenitores de aquel hace August, recurriendo a los elementos simbólicos del reconocido director sueco. Símbolos minuciosamente extraídos y extrapolados al conjunto de su propia filmografía, la cual trataría de componer precisamente en la exploración de nuevos territorios y formas de contar. En este caso el retrato de una familia a punto de formarse que sería la misma que daría origen al gran maestro -el maestro de tantos- quien al pasar el testigo estaría asimismo reconociendo a su propio discípulo, alargando su propia y inevitable labor. Revelación de ciclo infinito.

La fotografía en las películas de Bergman parece medida milimétricamente, y lo mismo pasa en este caso. No son luces simples las que aquí se utilizan, no se trata de iluminar bien al actor o al entorno, se trata de captar las auras de los personajes, de iluminar el mecanismo de sus pensamientos, la candidez y la atrocidad de sus sentimientos. Pero no evocando a las personas que encarnan, no, sino haciéndolas presentes en ese mismo instante. Se trata de incidir sobre la elegancia en el porte de algo mucho más importante que los actores mismos. Se trata de retratar a dios en sus miradas casi mudas. De no dejar escapar el momento en el cual Él les abandona.

Es una luz fría que se proyecta desde la calidez más humana con toda su vulnerabilidad, auténtico acto ceremonial. Es una luz abstracta, preocupación hacia lo que todo abstracto pueda llegar a contener de religioso. Esa unión que se nos escapa y que sin embargo no podemos evitar tratar de aferrar. Magnífica labor de Jörgen Persson, habitual en las películas de August.

La música, mínima y comedida, de Stefan Nilsson -tan exacta- esa es otra de las marcas tan características en el cine de Bergman que August decidió subrayar, trasladándola, haciéndola suya. Porque es cierto que la virtud de lo mínimo retumba con la contundencia requerida. Ciertamente será la limpidez que se hace imperativa en el silencio más remoto. Allá al fondo, en dónde el ruido no tiene la más mínima cabida.

En contraste con los nevados paisajes -los rigurosos inviernos o los veranos tan amenos de Escandinavia- los cuidados interiores. Escenarios diseñados para infundir mayor calidez con el uso de oscuras maderas… pero que no por ello resultan ser suficientemente apaciguadores. No llegan a envolvernos del todo, no nos abrazan. Más bien expresan un amago de abrazo en esa lejana y típica distancia nórdica, como un saludo desde la otra acera. Además está la capilla, situada en la remota población a dónde los protagonistas deciden ir a vivir. Enormes ventanales que hacen del interior la extensión misma del exterior. Unión panteísta dónde las haya.

Los diálogos precisos, los silencios cabales. Los actores en estado de gracia. Cada una de las escenas tan importantes y significativas que aún no sabemos cómo pudo resultar tan bien su reducción -de la serie de cuatro episodios a la película de apenas tres horas-. ¿Cómo demonios lograron hacerlo? Echamos en falta un par de escenas para entender ciertas densidades y otras profundidades que sí se pueden observar en la serie, pero de un modo general, la película no pierde un ápice de su esencia.

pernilla_augustSamuel Fröler

Pernilla August -quién se habría casado con Bille August antes de empezar el rodaje de la película- ganaría la palma de oro en Cannes por su interpretación de Anna Bergman. Y Samuel Fröler -Henrik Bergman- estuvo nominado en la misma categoría. Aunque no ganó el premio, su trabajo es memorable.

Henrik es un joven estudiante de teología que pretende convertirse en pastor pero que aún no ha logrado examinarse. Tal vez sea el desencanto religioso que parece empujarle a una incipiente crisis existencial. Él proviene de una familia rica pero al haber sido criado tan solo por su madre y no haber tenido el apoyo de sus poderosos pero retorcidos abuelos, él y su madre tienen que recurrir a sus tías para que le financien el curso. El único deseo de su madre es que se convierta en cura, pero el fuerte carácter del joven Henrik parece arremeter contra su dudosa vocación.

Tiene una novia mayor que él, que es camarera. Y también un amigo -el hermano de Anna- que le presenta a su adorable hermana. Ellos son de una familia muy rica, y más bien atea, que no acepta el amor que empieza a despuntar entre Anna y el pobre futuro pastor. Sobre todo la madre de Anna.

Max Von Sydow -el padre- que ya está muy mayor, habría hecho la vista gorda y todo lo posible porque su niña fuese feliz como y con quien ella quisiese. Pero finalmente es su esposa quien tiene la última palabra en el asunto, quién -con sus mejores intenciones- investiga al joven Henrik hasta descubrir que aún mantiene su relación con la camarera…

Anna padece tuberculosis y tiene que irse a Suiza a recuperarse. Mientras tanto su madre intercepta las cartas que su hija le envía a Henrik y hace todo lo posible por mantenerla apartada de él. Pero el destino quiere reunirles de nuevo y Henrik -ya ordenado- y Anna -ya recuperada- contraen matrimonio para irse a vivir a un lejano pueblo dejado de la mano de dios.

Las condiciones son terribles y la idealista Anna se va dando cuenta que no está hecha para un trabajo tan duro y exigente como el de la esposa del párroco local.

Testarudo, Henrik insiste que es donde más se le necesita que debe de permanecer. La palabra de dios justamente sirve a quienes no pueden acceder a Él con facilidad. Y por eso, hasta un trabajo que la mismísima reina le propone, rechaza. Pero Anna no aguanta la situación y termina marchándose con su hijo pequeño a la ciudad.

A lo mejor se dice aquello de que el amor es ciego porque dios está demasiado ocupado para mirar por nosotros. Tal vez porque ni tan siquiera exista. No obstante, la creencia en dios parece seguir su curso inviolable. Y es esta creencia que forma parte de nuestra existencia y de la forma en que conocemos el mundo, la cual deberíamos mirar con los ojos bien abiertos.

Ciego es quién no quiere ver cuando se trata de amor verdadero.

Sin dicha creencia, ni tan siquiera hubiese nacido Ingmar. Bille jamás nos hubiese regalado esta bellísima prueba de su existencia, de la existencia del amor.

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4 thoughts on “Las mejores intenciones

    1. Muchísimas gracias por tu reconocimiento. Sabemos que no lo dices tan solo con tus mejores intenciones… Hay verdad en tus palabras y nos halagas. Ahora eso sí, aún no recibimos tu trabajo para participar en el concurso de Andy Warhol. Nos haría ilusión tener al menos un texto, por ejemplo… algo tuyo para tenerte también de participante. No hace falta que sea nada muy elaborado, es tan solo por hecho de estrechar lazos, ya sabes…
      Un fuerte abrazo de Los Carlos, desde el cine que llevamos dentro.

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  1. Apreciados Carlos: Para corresponder a vuestro simpático y campestre video-saludo, y ante la dificultad que supone para mí hacerlo a través de una cámara, me permito dedicaros este pequeño fragmento perteneciente a un librito que empecé a escribir en Italia el pasado verano. Espero que os guste. Un fuerte abrazo.

    Venecia me construye. Un día y otro día sintiendo el giro del universo en su movimiento calmo mientras la embarcación desprende del agua un rumor como de gozo. Un día y otro día en un tiempo que se detiene en un espacio que no existe: abrir los ojos o cerrarlos es la misma cosa: es tan sólo el mecerse del laúd lo que aviva la conciencia del estar y así la vida se convierte en un mecimiento continuo, un dejarse llevar por la calle del agua a la sombra de un palacio de nube.

    El gondolero, siempre el mismo, hinca su percha en la amanecida para que en las aguas pueda observar el agua y sus reflejos iridiscentes sobre lo que queda de oscuro: así, la palidez de leche de la piedra desprende en un instante colores imposibles y el agua macilenta refleja las gamas de Kandinski no bien salidos de un callejón donde aún la noche resguardaba su luz.

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