Colección

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El arte no me interesa. Solo los artistas me interesan.

Marcel Duchamp

Como el ‘Libro de arena’ (1975) de Borges, siempre que abres una nueva página te encuentras con algo que nunca habías visto antes. Y aunque vuelvas atrás no volverás a encontrar nunca más la página que ya habías consultado con anterioridad. Así de increíbles son los estados de ánimo que nos componen. Jamás se repiten.

Como los ‘Libros de Prospero’ (1991) de Peter Greenaway, los hay de todo tipo. Enormes y diminutos. De agua y de viento. Articulados y espejo. Animados y cristalizados. Para siempre atrapados en las vicisitudes de una época particular o totalmente atemporales.

Los hay que aún no sabemos muy bien a qué aspiran y los hay ya totalmente definidos, señores absolutos de sus símbolos de marca garantizada. Todos estos nombres…

Si nos fijamos con atención -para mayor asombro- veremos que cada uno de los nombres pronunciados evoca muchísimos más. Y con ello no queremos ser preciosistas o restar méritos a ninguno de ellos, todo lo contrario. El significado de esta colección se extiende a lo largo del tiempo y del espacio y su eco se perpetúa más allá de los límites del cine, que por antonomasia es ilimitado, tal cual.

En muchos casos nombramos directores consagrados que todo el mundo conoce, como Steven Spielberg o Francis Ford Coppola, por ejemplo. A veces se trata de un director que también es actor, como David Cronenberg o Robert Redford o Mel Gibson.

Los hay provenientes de áreas tan dispares como el vídeo musical -como en el caso de Anton Corbijn, Michel Gondry o Spike Jonze- de las artes plásticas -como Abbas Kiarostami, Julian Schnabel, Takeshi Kitano, Vincent Gallo o David Lynch-. Y también los hay diseñadores de moda -como Tom Ford- o escritores como Paul Auster o Michel Houellebecq. Fotógrafos como Leonard Nimoy y Stanley Kubrick o músicos como Emir Kusturica o David Byrne.

Los hay muy mayores como Clint Eastwood, y muy jovencitos como Xavier Dolan. Los hay ya muertos como Manoel de Oliveira o Michelangelo Antonioni. De todas las nacionalidades, incluso de alguna que dejó de existir y de alguna recién formada (que incluso puede ser el mismo). Los hay de todas las razas, religiones, géneros y posturas políticas. Los hay muy sabios y muy ingenuos (que también podría ser el mismo).

Hay grandes promesas con tan solo una o dos películas realizadas, como en el caso de Miranda July (que ya está tardando en sacar algo nuevo). Muchos con amplias filmografías, como Fritz Lang. Muchos con otras diminutas -como Víctor Erice- que pese a lo que pese, han firmado películas que siguen reluciendo como singulares perlas en la luz de la mañana gris.

Además podemos encontrar muchos más nombres en los entresijos si miramos por las rendijas y si nos adentramos por las fisuras, porque cada uno de los nombres en esta colección nos remite inmediatamente a su propia filmografía -claro está- y como tal, también evocan a todos esos nombres con los cuales trabajaron a lo largo de sus vidas. A veces indirectamente -pero no con menor importancia- constan igualmente todos los demás nombres que hicieron posible el suyo propio. Pero directamente, ¿quién sería Terrence Malick sin su impecable y arrollador director de fotografía, Emmanuel Lubezki? ¿Qué sería de tantos y tantos directores con tantas obras gigantescas sin el arte maravilloso de Ennio Morricone? ¿Almodóvar sin Alberto Iglesias, Bernardo Bonezzi y el antes citado? ¿Qué sería de todos ellos sin ese hombre de confianza que está para todo lo que le metan por delante, que es a veces el productor? ¿Y todo el mundo detrás de los departamentos artísticos haciendo brillar -en ocasiones- obras mínimas que se crecen en sus manos hasta convertirse en lo mejor y más selecto? Y aún, ¿qué nos decís de todos aquellos que operan técnicamente en la más remota sombra y que aparentemente podrían ser sustituidos sin dilaciones porque las chapuzas las hace cualquiera? Probablemente un pésimo análisis en medio de semejante insinuación.

Imaginémonos por momentos a un jovencísimo Harrison Ford rebuscando en los créditos finales, tratando de averiguar si finalmente llegó a constar en la lista correspondiente al equipo de carpinteros… seguro que ni su madre -encantada con el nuevo empleo de su hijito en los mismísimos estudios de la meca del sueño y todas las maravillas- seguro que ni ella le encontró.

Cuántos nombres…

Y sin irnos afuera, no olvidemos al proyeccionista Alfredo en ‘Cinema Paradiso’ (1988) de Giuseppe Tornatore. Ni a Harvey Keitel con su grupo de guionistas escribiendo su testamento fílmico en ‘Youth’ (2015) de Paolo Sorrentino. O su especial búsqueda de la inocencia de la primera mirada en ‘La mirada de Ulises’ (1995) de Theo Angelopoulos. Wim Wenders teniendo que soportar el cese -en pleno rodaje- de la producción de una película de ciencia-ficción en ‘El estado de las cosas’ (1982), perfecto ejemplo del cine dentro del cine. Y sin que nos vayamos por la tangente, no olvidemos tampoco a Anna Magnani haciéndolo todo para que su niña cantante se convierta en estrella, en ‘Bellisima’ (1951) de Roberto Rossellini. Porque al fin al cabo, todos tenemos un papel importantísimo en este cielo tan estrellado.

Fulgurante también, el más sano de todos los juicios que se puedan llegar a hacer alrededor del séptimo arte y que es el del inconfundible Jay Sherman, ‘El crítico’ (1994-1995) que nos defiende y nos protege y quién mejor criterio tiene de todos cuántos nos dedicamos a esto… porque confesemos, que aunque a nosotros no nos llame hacer crítica como tal, nos resultaría insoportable hacer lo que hacemos sin -de vez en cuando- decir alguna barbaridad, lanzar alguna pulla, o encontrarnos cara a cara con una opinión demasiado lacerante que proviene de nuestra propia boquita. Encima, cuando lo hacemos, lo hacemos con la certeza absoluta de que nos aplaudirán mucho por ello y que incluso nos gritarán –Valientes-.

Porque la sinceridad es el bien más preciado, incluso por encima del criterio personal (demasiado sobrevalorado).

Nuestra lista no es suficientemente extensa para hablar de la verdadera dimensión de lo que aquí pretendemos recalcar. Nuestra lista cuenta tan solo con los directores de cine que de una u otra manera sentimos más cercanos, unos más a Carlos, otros más a mí. El cine que llevamos dentro.

Incluidos por los dos por los más diversos motivos, en nuestra lista además caben algunos nombres que añadimos precisamente por no ser nuestros predilectos, para una mayor y más expansiva hola de totalidad, porque pese a todo, también llevamos dentro.

Decía Marcel Duchamp -quien en el más alto pedestal encabeza esta nuestra colección- que se obligaba a contradecirse precisamente para evitar estar de acuerdo con su propio gusto personal.

Por eso, entre otros motivos, le tenemos como lo más sagrado. Porque si todo fuese cuestión de gusto, hace mucho que el arte hubiese muerto. Porque cuando nos introducimos a nosotros mismos en la ecuación que nos proponen los artistas, les clavamos directamente un puñal en el pecho… y no obstante ¿dónde andas Jay? Socorro…

El problema de nuestra colección radica en que, hablar de forma general de su verdadera grandeza se vuelve uróboros, con lo cual terminamos no diciendo nada realmente significativo. Porque si no hay nada específico al punto del entendimiento más llano, toda abstracción solo puede desembocar en pura falacia o en la mera masturbación mental.

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No obstante, entendemos que el holismo es el camino más adecuado para entender las partes que venimos comentando -por separado- con mejor o peor acierto, a lo largo de todo este tiempo (14 capítulos, que son tres meses ya). Entender todas estas partes que pertenecen a un todo mucho más rico y plural tal vez no sea tarea simple, pero quizás la solución pase exactamente por la universalidad de su lata extensión. Y para tratar de concretar, el cine con tendencias directamente universales podría dar cuenta de ello.

La universalidad del cine se declara en su variedad de aproximaciones, en algunos de sus dejes experimentales y sobre todo en sus plurales realidades manifiestas.

  1. Hay algo particularmente importante en el cine que quiere abarcar la totalidad que lidia directamente con lo humano a niveles cada vez más profundos, íntimos y particulares. El cine que trata de ser intencionalmente innovador e ir más allá de todos los convencionalismos y fórmulas registradas, es aquel que se lleva todos los honores de universalidad puesto que en lo más personal estamos todos incluidos -sin excepción- por tanto, universal.
  2. También tiene mucho de universal el cine que navega a través de las fronteras acercándonos a inhóspitos parajes -por ventura incluso vírgenes- de cuya existencia carecía antes nuestro conocimiento, nuestra cultura. Convengamos además que hasta el tipo más normal del mundo tiene sus rarezas, y si las exportamos estaremos siendo universales.
  3. Pero el más universal de todos los cines se trata exactamente de aquel que aún no ha sido tan siquiera concebido, porque en el porvenir está todo lo que aún no logramos soñar y esa es la máxima aspiración de todos. Más universal imposible.

Pero demos tiempo al tiempo, y mientras tanto (sin nunca dejar de echarle un vistazo por el rabillo del ojo a todos los posibles futuros) no dejemos de seguir nutriéndonos con todo lo que aún no conocemos suficientemente y que ya existe.

Ojo, que quien construye realmente la obra es siempre el que la consume.

-Démonos tiempo para bucear profundamente en el descubrimiento que es el poder evocador en la sencillez de Tarkovsky esculpiendo el tiempo. Por ejemplo en ‘Nostalgia’ (1983), tema altamente universal.

-O para atrevernos a llevarnos un sopapo existencial de Bergman con sus tremendos tratados morales. Volvamos a ‘Gritos y susurros’ (1972) por un instante y que se nos petrifiquen los ojos. Los vuelcos en el corazón son patrimonio de la humanidad entera, ¿verdad?

-Edgar Reitz y su ‘Heimat’ (1984-2013) que además de durar tres décadas con los mismos personajes -y con los mismos actores- ya era, en su primera temporada, el vivo retrato del infinito en un puñado de gente, símbolo de todo lo existente.

-Otros tantos que con sus historias corales también dan cuenta de la dimensión conexiva que encierra esto de la totalidad, ‘Magnolia’ (1999) de Paul Thomas Anderson, ‘Vidas cruzadas’ (1993) de Robert Altman (y de Altman muchas otras que podrían incluirse en esta categoría). Alejandro González Iñárritu en su ‘Babel’ (2006), un ejemplo más.

-Aronofski y sus visiones de trascendencia, como en ‘Pi’ (1998) o ‘La fuente de la vida’ (2006). Porque la universalidad humana también se encuentra en sus metas y la misma evolución de la especie.

-Las hermanas Wachowski y su trilogía futurista, empezando con ‘Matrix’ (1999) pero también acompañadas de Tom Tykwer en ‘El Atlas de las nubes’ (2012) y ahora con la asombrosa ‘Sense8’ (2015- ) con sus visiones caleidoscópicas y fractales de realidades existencialmente probables.

-Como posible también es -y asustadoramente dehumanizante- ‘El congreso’ (2013) de Ari Folman, en dónde los actores una vez sintetizados en un ordenador pertenecerán a los estudios que podrán hacer con ellos lo que quieran… con los derechos de su imagen previamente cedidos, claro está.

-Todo estos ejemplos hablan de totalidad de alguna manera, pero también lo hacen ancestrales manifestaciones de la realidad que son mucho más simples y cercanas como ‘El limpiabotas’ (1946) o ‘El ladrón de bicicletas’ (1948) de Di Sica. La eterna universalidad de lo cuotidiano.

-Nombres tozudos y altamente comprometidos como en el caso de Lav Díaz con su exigente noción del tiempo. Demostrando que la crueldad solo puede ser percibida si logramos ser crueles con nosotros mismos. Díaz es uno de los grandes investigadores de los límites del cine, tratando de alcanzar casi lo inalcanzable. Algo sin pareja en el cine que conocemos, que pretende hacernos testigos (sorprendentemente directos) de toda la verdad que el cine aún puede llegar a contener.

A través de nuestra propia capacidad de resistencia como espectadores, nuestra propia tolerancia/intolerancia e finalmente, nuestra humanidad renovada y encontrada en fin, las películas de este director contienen imágenes de gran belleza para pura contemplación y sus metrajes kilométricos -que llegan a tener hasta once horas de duración, como en ‘Evolución de una familia filipina’ (2004)- hablan del despotismo que asoló siempre Filipinas. Algo que si no es universal no sabríamos qué calificativo darle.

En medio de este inmenso océano de profundas maravillas e intolerables tormentas, en algunos casos incluso estaremos sacando agua de dónde no hay ni gota… Y probablemente ese sea el ejercicio más recompensado de todos cuantos existan, de todos cuantos hayamos probado con esto del cine que llevamos bien hondo.

En ello se contiene el sello indiscutible del espectador que se deja provocar tratando de ir más allá de sus propios y manidos límites. Más allá de sus gustos personales y siempre tratando de apartar sus criterios de búsqueda objetivo/subjetivos. Haciéndose a sí mismo a un lado para encontrarse con todos sus propios múltiples.

Porque estamos embarcados…

Carlos, uno de estos días -grabando uno de nuestros vídeos- decía que se negaba totalmente a hablar de una película que le traía totalmente sin cuidado. Yo le insistía que ya la habíamos divulgado y que habría quien estuviese esperando nuestra reseña, qué teníamos que cumplir. A ver… él elije unas y yo otras, pero tratamos de hacerlo en consenso y que nos gusten a los dos, claro. En este caso no logramos el consenso y nuestra discusión siguió en aumento hasta crecer más allá de las nubes, y al final terminamos matándonos el uno al otro.

Y si tú te mueres terminaré embalsamándote y seguiré haciendo el programa tal cual, no te creas… Pondré tu voz grabada con el robot de voz de google, y con unos hilillos tiraré de tu barbilla disimuladamente y terminarás diciendo todo lo que yo quiera. Ya verás… Ah no, que no podrás verlo…

Y lo cierto es que tratando de aprovechar todas las metáforas puestas a nuestra disposición -aunque pueda resultarles muy repulsivo a algunos- convengamos que todos bebemos de la boca unos de otros. Y los nombres como las películas son como las cerezas, siempre hay una más cuando menos se espera. Y suele ser gorda, fresca y deliciosa.

Como en esta fabulosa joya más que reluciente que es ‘Swiss Army Man’ (2016) dirigida por los inspiradísimos, Daniel Kwan y Daniel Scheiner.

Porque al final nada hay más universal que beber de la boca de Daniel Radcliffe.

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