¿Compartimos nuestro vals?

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Este es el peor título que podría habérsenos ocurrido para hablar de la romántica propuesta que es ‘Take this watz’ (2011) de Sarah Polley, y es que precisamente queríamos referirnos a lo que no está en la película pero hacia dónde ella nos empuja. El título por eso, en lugar de ilustrar, desilustra, aunque -esperamos- no deslustre.

Es que es tan romántica que precisamente lo que se nos queda destellando después de verla es este meme -que casi gen- nos fija en la monogamia y que en casos como el presente, desearíamos transformar en poligamia, al menos en trigamia, o como se diga…

Palabras como ‘tripeja’ en lugar de pareja nos vienen a la mente como si fuese tan fácil acuñar términos tan lejos de nuestra realidad más inmediata. Pero vayamos por partes a ver si logramos hacer algo al respecto, por lo menos intentemos explicar nuestro título tan ambiguo.

66ème Festival de Venise (Mostra)

Sarah Polley es mayormente conocida en España por protagonizar la desgarradora película de Isabel Coixet, ‘Mi vida sin mí’ (2003). Es muy famosa en su Canadá natal por haber sido una habitual en la tele desde pequeñita. Con tan solo 4 años debutó en el cine en una película de Disney pero fue en la tele pública, trabajando en varias series que se hizo inmensamente popular. Rebelde e inconformista, participó en protestas de izquierdas que no la dejaron muy bien parada. En una ocasión llegó incluso a romperse varios dientes. Después, se enamoró de un hombre 20 años mayor que ella que llevó a vivir a su propia casa -sobre esto, dice que su padre debería haber tratado de detenerla-.

Sin nunca abandonar su profesión de actriz y cantante, empezó dirigiendo unos cortos muy especiales en 1999, sin embargo fue con ‘Lejos de ella’ (2006) que nos fijamos con mayor atención y descubrimos la gran creadora que es.

‘Lejos de ella’ es un drama romántico corroído por el alzhéimer. Adaptación del cuento corto de Alice Munro “The Bear Came Over the Mountain” (2001), autora recientemente adaptada también por Pedro Almodóvar para ‘Julieta’ (2016) (ver entrada anterior:

https://elcinequellevamosdentro.wordpress.com/2016/10/28/carta-de-amor-a-pedro/).

Con una inmejorable Julie Christie, ‘Lejos de ella’ cuenta la historia de una pareja que ha superado un montón de adversidades pero que vive su apacible madurez hasta que ella empieza a perder la memoria y le insiste a su marido que le ingrese en un centro. Con mucho dolor, él termina accediendo, resultando con ello un cambio radical en las vidas de ambos. Naturalmente ella está enferma y lamentablemente no va a mejorar. Y él por su lado, es quién se va a ver en la situación de tener que asistir a la transferencia del amor que antes le profesaba su mujer, a otro paciente del centro.

Es una historia contada con mucha ternura y nos da pistas sobre lo grande que puede ser el máximo sentimiento si aplicado en su total ausencia de ego. Es realmente una película a subrayar.

La última película que nos regaló Polley, se trata de un documental muy especial por contar uno de los episodios más asombrosos ocurridos en su propia vida.

Sarah Polley es hija de la también actriz Diane Polley, a quién un cáncer arrebató la vida cuando Sarah tenía tan sólo 10 añitos. Pese a las sospechas que graciosamente iban dejando caer sus hermanos sobre su verdadero origen al ser tan diferente de ellos -tan pelirroja y con esas encías tan pronunciadas, etc.- Sarah nunca puso realmente la hipótesis de haber sido adoptada ni nada por el estilo. No fue hasta ser ya adulta que descubrió que el que siempre había considerado su padre biológico en realidad no lo era.

Este documental es puro cine de palomitas (que no entretenimiento fácil de rápido consumo) ojos abiertos, boca abierta y una sorpresa constante.

Sarah entrevista a sus hermanos y a su papá, y luego también a su verdadero papá -el biológico- de quien se hace muy amiga. Además se acerca a las amistades de sus padres, y hasta llega a conocer a la hermana de su padre biológico para constatar la similitud de una sonrisa tan peculiar -la suya, en la de su tía original-.

Explica la necesidad de llevar a cabo el documental exponiendo toda esa intimidad que se respira por doquier. Los motivos de unos y de otros y todos los puntos de vista. De propios y no extraños, pero no solamente de protagonistas en primera persona. Y ojo, que para el ojo más avispado hay sorpresas como catedrales… nosotros al respecto no podemos decir más…

Durante el documental se nos llenan los ojos de lágrimas pero logramos hacernos el loco con la gallardía fraternal que se percibe entre risas -Sarah y sus cómplices hermanos- y esa típica pose que nos hace aguantar el tipo delante de nuestra propia familia. No romperse delante de los tuyos puede ser difícil cuando los lazos son estrechos, sin embargo, si tu propia esbeltez habla de tu integridad todo se puede hacer mucho más llevadero. Y de hecho, mucho más natural que ponerse a llorar a cada esquina.

El maravilloso documental del que hablamos se llama ‘Las historias que contamos’ (2012).

Pero todo lo anterior no importa cuando lo que aquí nos trae de verdad es el clásico problema del triángulo amoroso. Aquí, protagonizado por unos estupendísimos y maravillosos abrazables, Michelle Williams, Seth Rogen y Luke Kirby.

Michelle está felizmente casada con Seth, o sea, con el pollero [Carlos y yo -Carlos- le llamamos así porque no podíamos parar de discutir la peli la primera vez que la vimos y teníamos urgencia de identificar los dos amores de Margot, además, nuestro propio pollero también se llama Carlos].

Como el personaje del pollero se dedica a escribir libros de cocina sobre como cocinar pollo de mil formas, así se quedó. Y le pega, puesto que Rogen básicamente se ha hecho muy conocido por sus personajes cómicos y por los chistes que hace junto a su amigo James Franco. Creemos que estará encantado de ser recordado en esta película como el pollero.

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Pero como decíamos, Margot está felizmente casada con el pollero y seguirá estándolo hasta el infinito… A veces hay amores que son así. Y no es de extrañar puesto que en su relación prima un tipo de humor tan característicamente adolescente, que una vez haya sido pasado por la licuadora se transforma en elixir de juventud y regenerativa fuente de libertad.

Cuando compartes tu vida con alguien al que quieres tanto tienes tendencia a endurecer tu postura. Actitud casi obligatoria para que no parezca que te estés derritiendo constantemente. ¡Sería inaguantable! En esta pareja tan ñoña pero nada cursi, prima el humor negro sano (que algunos remilgados calificarían de mal gusto pero que a nosotros nos parece la dirección a tomar en casos de gran amor, y además, lo recomendamos).

En esta interesante propuesta, es el amor -el romanticismo con este especial toque de humor- el cual entona todo el cuadro, pero no se trata de una comedia, ojo. Nos negamos a calificarla como comedia-romántica porque el humor no es comedia, aunque también la contenga.

Una vez más… Margot está enamorada de su pollero y se dicen cosas crueles el uno al otro para no tener que estar vomitando constantemente como Stan de ‘South Park’ (1997- ) con tan solo pensar en una niña guapa. Aiii los nervios, Stan… y está enamorada de su marido -el pollero- y sigue estándolo infinitamente… y un buen día conoce a un chico que conduce un rickshaw y que es un artista que nunca ha enseñado sus deliciosas ilustraciones y que curiosamente también tiene el mismo tipo de empuje hacia ella que ese humor tan característico y tan sano que solamente comparte con su marido. En este caso se trata de ese punto de sinceridad que de tan mordaz puede llegarte al corazón. Al menos a Margot… y a nosotros, nos llegó…

Total, que se conocen de casualidad en el avión (estando ella a solas, sin su marido queremos decir). Y este chico tan adorablemente sincero, perspicaz y de brillante mirada, le hace tilín. Como a él ella le hace también lo propio, podríamos estar hablando de flechazo si no supiéramos del gran amor que Margot tiene hacia su marido, pero resulta que -casualidades de la vida- el chico del rickshaw vive en su misma calle, justo en frente a la casa de la pareja.

Si tan solo se hubiese cruzado con él en el avión y no le hubiese vuelto a ver, seguramente su percepción del amor se hubiese expandido para luego ir apaciguándose y destiñéndose con el paso del tiempo, pero eso no fue posible. Margot se enamoró profundamente de él sin dejar de seguir profundamente enamorada de su marido, el pollero.

Entre otros acontecimientos, el perdidamente enamorado conductor de rickshaw conoce al pollero -y hasta llega a probar sus iguarias de pollo- para descubrir al hombre afable y adorable que está casado con Margot. Siente que no debe seguir metiéndose en medio de la pareja y se marcha y todo… pero cuando el amor es tan grande y tan complejo como lo somos las personas, nada es tan simple.

Y sobre todo cuando Sarah Polley pone sus mecanismos narrativos en acción, porque por descontado, no hace ninguna falta decirle al pollero lo que le pasa a Margot -él la amará eternamente y ella sigue amándole a él para siempre, pero…- y ya todo es imagen y una música de fondo que todo lo envuelve. Y todo se vuelve tan duro y tan bonito a la vez.

Y todo lo que nos plantea Sarah en esos momentos de puro despilfarro visual, de puro deleite sonoro, es un extremo deslumbre existencial que nos acerca a los límites de nuestra inconmensurable capacidad de amar. Esa abstracción colorista (diríamos incluso proveniente de un expresionismo abstracto reencontrado en la pasión de gestos arrebatados, y tan arrebatadores) esa eterna búsqueda que sería un ‘yo’ puro, neófito, despojado. Totalmente nuevo. Todo ello nos lleva a contemplar incluso un hipotético divorcio ideológico… de la ideología que evidentemente es intrínseca, indisociable del propio ser. La cual portanto, resulta ser una búsqueda absurda, intolerable.

Cuando pedirle a tu pareja compartir el vals con un tercero está totalmente fuera de cuestión, el jarro de agua helada te cala hasta los huesos (y te lo hechas tú a ti mismo encima)… Si tan sólo los seres humanos fuésemos capaces de evolucionar en el sentido menos ególatra posible… quizá… Pero ahora que lo pensamos… Tal vez después de todo, no sea tan malo aquello de que “no se puede tener todo”.

Porque resulta que sin nuestra capacidad de elegir no existiríamos.

Nota: Por cuestiones de calendario y no dejar de presentaros cada semana nuestro nuevo vídeo en YouTube, nos vimos en la tesitura de tener que grabar una enorme cantidad de vídeos casi de golpe. Con lo cual, nuestra referencia a Leonard Cohen en este vídeo -quién de alguna manera habrá dado título a la película de esta semana al ponerle música a un poema de García Lorca- se quedó totalmente desfasada con su muerte abrupta.

Sentimos en el alma su partida y prometemos que un día de estos le haremos un sentido homenaje.

Te dedicamos este vals, Leonard.

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