El cine maravilloso de Rodrigo García

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‘Mother and child’ (2009) -Madre y niña- no sería una traducción muy adecuada porque desvelaría el sexo del bebé, un spoiler a voces. También perdería la ambigüedad de un título que en su inglés original puede ser entendido como algo mucho más lato al ser mucho más genérico. En http://www.filmaffinity.com aparece traducido como ‘Madres e Hijas’. Acercándose así a la única posibilidad que vertiginosamente se destituye de sentido en castellano, porque una vez más: se tratan las hijas, sí, claro… pero a lo que el título original se refiere es a las ‘niñas’ que no tienen madre. Si lo queremos percibir desde otra perspectiva -con los ojos de la que se nos antoja protagonista casi absoluta- la magistral Annette Bening -en su papel de señora de sesenta que tras haber tenido un bebé a los catorce y haberlo dado en adopción, y que luego se queda en casa cuidando a su madre toda la vida- ella sí es la hija, pero sobretodo es la madre a quien no dejaron ser. La madre que no es, aunque siga escribiéndole cartas a una hija que teme buscar. Aunque haya desarrollado una serie de comportamientos sociópatas que la dejan al borde de la locura y asomada al precipicio de la soledad.

Luego viene la niña que había sido dada en adopción, quien se habría desconectado de sus padres adoptivos a temprana edad, decidiendo vivir su vida como bien quiso. Naomi Watts, una abogada de éxito con las ideas muy claras, hasta que deja que se le tuerzan. O hasta que se le enderezan, vamos. Yo aún estoy en shock. Acabo de verla y me tiembla todo el cuerpo. Carlos no pudo verla hoy pero mañana cuando llegue se la tengo preparada. Mientras yo termine de escribir esta entrada, escucharé sus llantos en el salón y luego tendré que exigirle que friegue la cubierta del sofá llena de ronchones de sal.

No teníamos ni idea, pero el otro día descubrimos este autor de casualidad. Como casi todo lo bueno de esta vida, llega sin avisar. Resulta que hace tiempo habíamos visto el tráiler de la de Cristo en el desierto con Ewan McGregor haciendo de hijo de Dios ¿Cómo se llamaba? ‘Últimos días en el desierto’ (2015). Nos llamó la atención y como el desierto siempre nos fascinó no teníamos otra opción más que verla. Pues bien, la vimos de sopetón. El sopapo que nos pegó este hombre, madre del amor hermoso… Sopapo por lo inesperado, por la sutileza, por lo subterráneo de hacer contártelo a ti mismo. Ewan hace de Cristo pero también de Lucifer [tenemos ya unas ganas de ver la nueva Fargo en la que tendrá también doble papel] y la película quizá se vuelca más hacia otros derroteros que a los propios de las sagradas escrituras. Parece sumergirse en aguas apócrifas, esas que tanto detesta la iglesia. Esas que cuentan como Jesús de pequeño le tiraba piedras a los gorriones y les cortaba la cola a las lagartijas. Un niño igual a los demás. En la peli es un hombre que duda, y cuyas reflexiones le hacen madurar.

Pero el hombre que aquí importa se llama Rodrigo García -enseguida nos pusimos a investigar. Y resulta que habíamos visto ya otra película suya, Albert Nobbs, la cual nos había gustado pero tampoco nada así como para tirar cohetes -seguro que si la volvemos a ver será con otros ojos- hombre, si lo pensamos bien, Glenn Close travestida de hombre está soberbia-. Una delicadeza de personaje que se te queda grabada, pero bueno, seguro que no habríamos tenido un buen día y no nos fijamos tanto como pudiéramos haber hecho.

Esclarecidos nos quedamos respecto al intensísimo cine de mujeres de este portento de apellido García. Sobretodo respecto a su sensibilidad tan femenina, feminista incluso. Sus recursos tan añejos como intemporales: Oler el aliento dulce como para inspeccionar el interior del otro. Los cuadros en las paredes, siempre de temas florales. Porque es siempre lo interior lo que se cuece aunque exista un exterior que luego sale en la foto también, eso es lo natural. Siempre su búsqueda religiosa tal y como indica el término –religare– volver a unir lo antes separado. Porque las historias se hacen de pedazos que a veces dios conecta, pero muchas veces se quedan por atar. ¿Habrá dios? Se pregunta. La ceguera y otras cuestiones físicas que ayudan a acercarnos a nuestra humanidad intrínseca. Sus mujeres que son modernas y que a veces de tan modernas se pasan a tontas o por ello pierden el rumbo. Su forma de escribir tan simple y descarnada, siempre tan desde el corazón. Y luego las estructuras de esas primeras películas suyas.

Él se pone a contar historias pequeñas, que a lo mejor pueden durar tan solo diez minutos, y luego cuenta otra segunda historia un poco más larguilla. Como a medio de la película hay un ligero enlace con otra de las historias -porque todos estamos conectados, claro- y las historias se cruzan… pero no siempre. Porque a lo mejor simplemente dios no existe.

Da la impresión de ser un conjunto de cortos pegados con cola pero luego todo encaja, todo consiste dentro de sí mismo. Así son sus tres primeras películas:

‘Nueve vidas’ (2005) que poco se cruzan pero que todas ellas tienen el mismo tipo de empuje. Son contadas desde esos sitios inesperados en los que la acción diaria da paso al pensamiento. Durante las esperas… en los mientras tanto de esta vida. Y cuando la acción va a volver a transcurrir, cuando vamos a obtener nuestras respuestas al fin, corta. Pero sin dejarnos a medias nunca. El placer es colosal siempre. Porque conseguir transmitir esa intimidad tan gigante no está al alcance de cualquiera. Revelaciones que el propio personaje se hace a sí mismo en el transcurso de la acción. Si ya sabemos que al final es el camino el que cuenta, no el final. El trozo que hace la actriz LisaGay Hamilton por ejemplo: desesperada, entra después de muchos años en la casa de su padre dónde sigue viviendo su hermana pequeña (se me pone la carne de gallina solo al acordarme). Está desesperada porque dice querer terminar ya de una vez con las convulsiones que le devoran por dentro. Le pide a su hermana que llame a papá al trabajo y a punto está de marcharse cuando papá responde que tardará como una hora. Luego se presenta en diez minutos… los diez minutos que dura el ‘corto’ en los cuales ella remueve sus entrañas sin desvelar nunca sus motivos. Se trata de un denso amasijo de recuerdos muy crudos que la consumen y que se ven, pero no sabemos nunca qué son exactamente. Le pide a su hermana que vaya a darse una vuelta por la manzana cuando llegue papá. Es demasiado intenso lo que va a ocurrir y no quiere que esté presente. Cuando finalmente llega papá, su hermana se marcha. Muy nerviosa, saca una pistola. Se la apunta a la sien a sí misma. Luego se la apunta a papá. Luego se la mete en boca. Luego termina el corto. Y la película sigue con la vida de otra mujer. Una otra historia. Corta pero igual de intensa e introspectiva. Así nueve veces, como vidas retrata la película.

‘10 pequeñas historias de amor’ (2011) es aún más estilizada a nivel formal. Las diez mujeres que cuentan sus pequeñas historias de amor están simplemente sentadas frente a la cámara y van relatando esos episodios amorosos de sus vidas. Una vez más la que cuenta LisaGay Hamilton es simplemente soberbia. Pero aquí hay quizá aún más actrices destacables. Es una película tan simple que no sabes muy bien como al final pudo haberte dejado tan saciado. Vamos, que tan solo son mujeres contando sus historias.

La primera película que hizo García, ‘Cosas que puedes decir con tan solo mirarla’ (2000) qué bonita! Uff. Calista Flockhart, qué bien me cayó -sigue casada con Harrison, ¿no?- pues esta actriz la hemos visto más bien poco y nunca tuvimos gran afinidad hacia ella, pero aquí sí, está magnífica. Como también lo está Cameron Diaz haciendo de ciega, medio detective medio escritora, con la sensibilidad a flor de piel. Es una gran película… pero claro, se trata de una película americana en toda regla, es decir, con actores americanos, con producción americana y si os fijáis, el director es de origen colombiano. Nosotros solo antes de ponernos con este texto descubrimos en Wikipedia que este hombre tan maravilloso -que me tiene los pelos como escarpias- es hijo del célebre premio nobel, Gabriel García Márquez. Bueno, lo mejor de esto es que se supo valer por si mismo y labró su propio nombre sin depender de papá. Su cine es personalísimo. Una sensibilidad muy alejada del universo mágico del escritor, pero algo que en la sangre quizás hable de quien sabe narrar -en este caso, a través de este lenguaje que a veces el cine permite- si sabes rodearte de las personas que realmente hacen por explorar sus adentros, si coincides o si el destino te lo ha brindado.

Rodrigo García también ha hecho algunos telefilms y participado en series de televisión como aquella maravilla que fue ‘A dos metros bajo tierra’ 2001-2005. La película Passengers (2008) con Patrick Wilson y Anne Hathaway, también es suya, pero quizá no sea tan personal y se aleje ligeramente de su línea, aunque termines llorando igualmente. Inevitablemente se te cruzan ‘Pedro Páramo’ (1955) de Juan Rulfo, ‘Los otros’ (2001), o el ‘Sexto sentido’ (1999) y el fuelle se desinfla un poco. De todas formas, Rodrigo sigue explorando su religiosidad. Se sigue haciendo las preguntas eternas y claramente le hace varios guiños a su restante filmografía.

Pero si realmente os gusta explorar el interior de vuestros corazones en plena floración, si os apetece echar un vistazo a vuestro pulso cardiaco, no olvidéis ver ‘Mother and child’ (2009). Os revolucionará las turbinas. Tiene todos los ingredientes para provocaros un ataque y luego una mejora tan grande que no sabréis en qué país nacisteis.

Os sentiréis embarcados.

Carlos terminó ahora mismo de verla. Hasta ahora solo pudo preguntarme si cuando la comentemos en el video podría quedarse así… en silencio. Y simplemente no decir nada. Y es que el pobre se rompe… dice que no quiere volverse viral.

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